El Parásito, Jules Renard

[L’Ecornifleur]. Novela de Jules Renard (1864-1910) publicada en París en 1892. El protagonista, Henri, joven literato a quien nadie conoce todavía, se gana las simpatías de una honrada familia burguesa: el señor Vernet, su esposa Blanca y su sobrina Margarita.

Se introduce en la casa, es su huésped durante un prolongado veraneo y los fascina con sus aires de artista que viene de un mundo que les es comple­tamente desconocido.

Para hacer algo, para mantener su papel, corteja a la señora, la lleva hasta el borde de la culpa; se acerca al corazón ingenuo de Margarita, la turba y casi la violenta; luego de pronto se mar­cha, huye asustado de su grave responsa­bilidad, dejándolos a todos tristes y desilu­sionados, y más que a nadie al honrado se­ñor Vernet.

A cada página Henri se analiza y examina: es un parásito, enfermo de lite­ratura que, incapaz de otra cosa, intenta vivir la literatura, la del momento, entre natu­ralista y decadente; de aquí su aventura con los Vernet.

Aquel fondo de incurable mal literario que se advierte en su Diario (v.), Renard lo ha recogido aquí en una persona que no carece de vida, dentro de su amarga tristeza.

La expresión es perfecta, aguda hasta el epigrama, manifestada en breves notas, breves soplos líricos que re­cuerdan las Historias naturales (v.). Junto a la miseria de Henri está el mundo ingenuo y bueno de los Vernet, a duras penas ironizado; de la burla antiburguesa surge irreprimible la simpatía por el honrado y confiado anfitrión.

Cuando del libro hizo una comedia en dos actos, El señor Vernet [Monsieur Vernet], estrenada el año 1903, el autor puso en ella en primer plano al buen burgués con su sana bondad y su verdad amplia y humana.

V. Lugli

Parangón Entre Málaga y Salé, Abū ‘Abd Allāh Muhammad ibn al-Jatīb

[Mufājarat Mālaqa wa-Salā]. Opúsculo en prosa rimada del polígrafo arabigoespañol Abū ‘Abd Allāh Muhammad ibn al-Jatīb (1313-1374), que ejerció cargos oficiales en la corte de los sultanes granadinos.

El Pa­rangón viene a demostrar la persistencia, en el siglo XIV y entre los musulmanes de al-Andalus, de un sentimiento antibereber que ya había expuesto, más o menos veladamente según los casos, Ibn ‘Abd Rabbihi (v. ‘Iqd al-farīd), Abū Faraŷ de Jaén (v. Kitāb al-hadā’iq) y al-Šaqundīl (cf. Elogio del Islam español).

En este opúsculo, notable por el valor de los datos geográficos e his­tóricos que contiene, Ibn al-Jatīb enfrenta y compara las dos ciudades: la española Málaga y Salé (Marruecos), aunque él mis­mo señala desde el principio que no existe posibilidad de parangón entre dos cosas tan distintas.

La comparación se establece sobre varios puntos, que el autor expone con bas­tante concisión; estos puntos son: la inexpugnabilidad, las industrias que en ellas florecen, la fertilidad del suelo, la fama de que gozan, la prosperidad de la ciudad, ocu­pándose luego de la población, de la vida económica, del esplendor que alcanzaron, así como de sus edificios destacados y de su hijos ilustres, todo ello para acabar di­ciendo que Málaga «lleva ventaja por su hermosura y perfección, por la belleza de su aspecto y la copia de su riqueza, por sus trémulas umbrías y sus hijos ilustres y, en fin, por la exquisitez de sus industrias y labores». [Traducción de Emilio García Gó­mez, publicada en la revista «Al-Andalus».

D. Romano

Paralipómenos o Crónicas

[En hebreo Dibhréré hay yamim: «palabras de los días»; en griego: «cosas -omi­tidas»]. Son dos libros del Antiguo Testa­mento (v. Biblia) reconocidos en el canon hebreo y en el católico.

Reunidos en uno solo en las biblias hebreas, suplen en cierto modo a las omisiones de los libros de los Reyes. En efecto, muchos episodios son con­tados solamente en estos libros, que según dice San Jerónimo podrían perfectamente llevar el nombre de «Resumen histórico de la Antigua Alianza», porque comenzando por el primer hombre y revisando después las genealogías hasta la época de Esdras y de Nehemías, resumen verdaderamente la his­toria sagrada, además de conceder muchí­simo espacio a la historia eclesiástica de los reyes de Judá.

Se pueden distinguir en ellos tres partes. La primera se compone de genealogías con atención especial a las tri­bus que se enlazan con la casa de David y el templo (I Paralip. 1-9, 34); la segunda nos habla de David como promotor del ver­dadero culto (I Paralip. IX, 34-XXIX, 30); la tercera traza la historia de los reyes davídicos poniendo en mayor relieve los que mostraron mucho celo por el culto y el templo de Dios (II Paralip. XXX-1, XXXVI, 21).

El autor, en quien la tradición uná­nime quiere reconocer a Esdras, ha dejado muchos hechos ya narrados en los Reyes, contando otros que faltan en estos últimos. Las omisiones, como las adiciones, indican claramente el fin que se propuso: subrayar las relaciones de Dios con su pueblo, la bondad del Señor para los fieles observado­res de su ley; los castigos con que Él ful­minó a los idólatras y a los pecadores.

Y así como la observación de las prescripcio­nes del culto mosaico era el signo tangible de la devoción de Israel a Jahveh, él autor de los Paralipómenos pone de relieve este aspecto de su tema, queriendo de este modo inculcar en el ánimo de sus connacionales una profunda aversión por la apostasía reli­giosa. Si tiene predilección por las genea­logías, es porque nos hallamos después del destierro y, por lo tanto, en un tiempo en que eran necesarias y de todo interés como pruebas de verdaderos derechos.

El estilo del inspirado autor es de los más caracte­rísticos. Su vocabulario y su sintaxis pre­sentan expresiones o fórmulas que no se encuentran en ningún otro libro del Anti­guo Testamento y que se leen sólo en los escritos bíblicos más recientes. Hay en él arameísmos y vocablos hebreos de nuevo cuño.

El autor ha sacado muchas de sus nociones del Génesis (v.), del Esdras (v.), de los Números (v.) y del libro de Josué (v.). Además, ha utilizado abundantemente los libros de Samuel, (v.) y de los Reyes (v.). La inclusión de los Paralipómenos entre los libros sagrados procede de la circunstancia de que este resumen de historia he­brea es esencialmente religioso. El autor ha puesto en perspectiva especialmente los he­chos que demuestran la protección de Dios cada vez que el pueblo se muestra fiel a Jahveh.

G. Boson

Paralelamente, Paul-Marie Verlaine

[Parallèlement]. Co­lección de poesías del poeta francés Paul- Marie Verlaine (1844-1896), publicada en 1889 y en una nueva edición, con adicio­nes, en 1894.

Compuesta incluso con poesías de su primera juventud, representa una concepción de la vida verdaderamente libre y desenfrenada: aun después de su exalta­ción de la fe en Sagesse, el poeta se funde en cantar amores y embriagueces; a exaltar en la realidad cotidiana todo lo que más se aproxima al placer.

En cierta manera, según su propia confesión «ha fingido comu­nicar con el diablo», y en efecto se percibe en este libro como una reanudación vio­lenta y desordenada de los motivos de los Poemas saturnianos (v.); mas para un tono a lo Baudelaire, privado del gran anhelo de las Flores del Mal (v.), Verlaine se encierra en figuraciones ficticias y morbosas que no contienen del vicio sino la pintura más cruda.

Así, en Las amigas [Les amies] hace sentir con cínica desenvoltura la abe­rración de una sensualidad que no conoce límites y que sólo halla un paralelo, aunque bajo la máscara de un místico signo, en algunas de sus confesiones biográficas. Por otra parte es insistente un motivo colorista que se expresa en descripciones amables y musicales, en un recuerdo de paisaje, en un suspiro, en una lánguida admiración de la belleza.

Este es el carácter menos fatuo de Verlaine, el que lo vuelve a la finura de las Fiestas Galantes (v.) y lo aleja de las complicaciones y los atractivos de los vicios y del desorden moral, para sugerirle en cambio la ilusión de una gracia setecentista que se vale de todo para expresar un estado de espíritu cambiable, pero delicadísimo.

Pequeñas canciones («Seguidilla» [«Seguidille], «Falsa impresión» [«Impression fausse»]), bromas amargas («El impudente» [«L’impudent»]) y efusiones ricas en viva­cidad psicológica, muestran en esta colec­ción una exuberancia artística que se disipa en lo precario de mil y mil inspiraciones, pero que alcanza de cuando en cuando la gracia poética.

Y tal vez ningún libro de Verlaine como Paralelamente (al exaltar el vicio y el bien, esto es, toda la vida) queda como documento de una desigual experien­cia de artista.

C. Cordié

Él mismo ha fundido en una colección las dos tendencias de su ensueño: erotismo y misticismo. (Gourmont)

Poesía de efusión personal, sin duda, pero que intenta crear un mundo más leve, má­gico, transparente, el mundo del perdón, del término de las lamentaciones. El canto de Verlaine responde a esta íntima nece­sidad, brota de esta fuente viva, y por esto es el primer gran lírico de la época mo­derna. (A. Béguin)

Para la Historia de la Religión y de la Filosofía en alemania, Heinrich Heine

[Zur Geschichte der Religion und Philosophie in Deutschland]. Heinrich Heine (1797-1856) publicó por primera vez las tres partes de esta obra con el título De L’Allemagne, en los fascículos de 1.° de marzo, 15 de no­viembre y 15 de diciembre de 1834, de la «Revue des deux Mondes», casi un año después de la publicación de la primera parte de la Escuela romántica (v.). En 1835 se publicó la edición francesa en vo­lumen con el mismo título, dedicada a Prosper Enfantin, sansimonista y amigo de Heine.

La edición alemana publicada por Campe como segunda parte del «Salon» fue mutilada por la censura y por el editor; sólo en 1852, y en su segunda edición, pudo el editor completarla en parte, volviendo a traducir del francés buen número de las partes omitidas.

Sin embargo, quedó como «un fragmento», y como tal debía perma­necer, como dice el propio autor en sus prefacios a la primera y a la segunda edi­ción; en realidad, debería haber servido de introducción general a una historia de la literatura alemana desde la muerte de Goethe, y cuya primera parte estaba cons­tituida por la Escuela romántica.

Como en aquella obra, también en ésta el propósito de Heine consiste en contraponer a la alemania quimérica representada por Madame de Staël una alemania más real. Para co­nocer el pensamiento alemán — dice él —- no basta conocer las obras maestras del arte; es menester conocer la religión y la filosofía; porque sólo por medio de la re­forma religiosa se puede comprender la filo­sofía que se desarrolló después, y sólo por medio de la filosofía se puede valorar el gran movimiento literario que produjo el Romanticismo.

Nos da, pues —casi a la vez que la historia de la escuela romántica—, una historia de la religión y de la filosofía, de Lutero a Hegel. Mientras para Madame de Staël la historia espiritual de alemania era una evolución progresiva hacia el idealismo, para Heine lo es hacia el natu­ralismo. De Lutero a Kant no hay más que etapas sucesivas hacia la liberación de los antiguos dogmas y de la tiranía del espiritualismo.

Lutero restituyó a la carne sus derechos naturales, Kant destruyó el deís­mo: es el Robespierre de la nueva revolu­ción; Fichte presentó el Yo soberano, ideal, creador de lo real: es el Napoleón; pero este Yo se ha derrumbado, y Schelling ha reconstruido lo ideal con lo real; esto re­presenta la restauración. Hay un neto para­lelo entre la revolución filosófica alemana y la revolución social francesa: una contra el deísmo, la otra contra la realeza.

Derro­tado el deísmo, triunfa el panteísmo de Spi­noza, que, en el fondo, «ha sido siempre la religión oculta de los alemanes». Final­mente, Hegel aplica la filosofía a la histo­ria, a la política, a la religión; con él cesa el divorcio entre carne y espíritu y se cierra el círculo de la revolución filosófica, de la que saldrá la gran revolución polí­tica y social de alemania.

De este des­arrollo, interpretado por Heine con evi­dente unilateralidad, aunque no carezca de intuiciones profundas, se origina una concepción de la raza alemana opuesta à la de madame de Staël; no es ya el pueblo idílico, soñador, moral, especulativo, sino un pueblo realista, militante y activo, for­midable por tradiciones y autoridad, des­tinado a una misión liberadora del mundo en el transcurso de los siglos.

Llevada a sus extremas consecuencias, esta concep­ción producirá el pangermanismo, con sus ideales de fuerza y de conquista; Heine la adivinó más tarde y se retractó renegando de la doctrina hegeliana y rechazando como error todo lo que había escrito en este libro respecto a la religión.

Pero en el momento en que escribió la obra estaba bajo la in­fluencia del sansimonismo, cuyos ideales parecían satisfacer al mismo tiempo sus exigencias de romántico y de racionalista. Este libro señala también un momento im­portante en la evolución política de Heine; aquel en que, después de apartarse del na­cionalismo idealista y del liberalismo, se acercó al partido de la «revolución», más tarde por él renegado junto con la filosofía hegeliana, por su conversión a las ideas moderadas.

Pero hasta en medio de su en­tusiasmo por las ideas revolucionarias, Heine seguía siendo un poeta, como se ve en su breve poema alemania, cuento de invier­no (v.), muy importante también para co­nocer la verdadera naturaleza de su tan discutido patriotismo. Él consideró misión patriótica «trabajar para la inteligencia cor­dial entre Francia y alemania», dándolas a conocer una a otra; y tal es el objeto de este libro, que aun echando luz viva y verdadera sobre la vida espiritual de Ale­mania en ciertos momentos de su historia, tiene sobre todo importancia para el cono­cimiento de la personalidad del autor.

Obra más artística que filosófica, rica en elemen­tos pintorescos y chispeante de brío, tiene los méritos y defectos de un estilo periodís­tico, aplicado genialmente al ensayo crítico y a la profesión de fe metafísica y política.

C. Baseggio