Vittoria Aganoor

Nacido en Padua el 26 de mayo de 1855, de familia de origen ar­menio y noble; m. en Roma el 7 de mayo de 1910. En su ciudad natal transcurrieron sus primeros años.

Alrededor de 1876 se trasladó su familia a Nápoles, donde la poe­tisa profundizó sus estudios con intensas lecturas de poetas italianos y extranjeros, bajo la guía de Enrico Nencioni, el cual la ayudó a adquirir aquella expresión equi­librada y armoniosa que constituye su más preciado valor. Una grave desilusión amo­rosa, de la que se ignora la causa, acre­centó su tendencia a la soledad y a la re­serva; y sólo en 1900, después de la muerte de sus padres, consintió en la publicación de Leyenda eterna (v.), documento de su secreto e infeliz amor, obra que obtuvo un gran éxito.

Al año siguiente se casó con el diputado y literato umbrío Guido Pompili, y con él se trasladó a Perusa, donde encontró al fin la paz, y Nuove liriche (Roma, 1908) es la prueba de ello; esta colección es, sin embargo, inferior a la anterior, precisamente porque constituye el reflejo de un estado de ánimo ya tranquilo, privado del tormento que inflamara su obra precedente.

Murió en una casa de salud y, pocas horas después, su marido («el fuerte soldado del bien», como lo había definido ella) se quitó la vida sobre su cadáver.

P. Raimondi

Endre Ady

Nacido en Ermindszent el 22 de noviembre de 1877 y m. el 27 de enero de 1919; es el más alto poeta lírico hún­garo del siglo XX.

Realizados los estudios medios en el colegio calvinista de Zilah, se matriculó en la Academia de Jurispru­dencia de Debreczen e inició en aquella ciudad la carrera de periodista. En 1900 se trasladó a Nagyvarad, y bajo la influencia de la prensa y de la burguesía progresistas se fue formando su radicalismo político y social.

Las primeras colecciones de poesías líricas (1899 y 1903) no revelan todavía nada sobre el futuro renovador de la poesía ma­giar. Llegó a la madurez a raíz de una estancia en París (1904), en contacto con la poesía simbolista e inspirado por el amor hacia Adela Brüll, una mujer de extraordinaria cultura.

Su personalísimo mundo poético y un lenguaje prodigiosamente nue­vo hicieron su aparición en las Nuevas poe­sías (v.), un acontecimiento que trastornó no sólo la vida literaria, sino toda la socie­dad húngara.

La parte progresista acogió al poeta revolucionario con manifiesto en­tusiasmo, en tanto que la mayoría de los lectores sólo vieron en él a un peligroso elemento subversivo. La lucha se hizo toda­vía más encarnizada en torno al volumen Sangre y oro (v.).

A. fue acusado de in­comprensión, de inmoralidad y de ultraje a la nación. Consciente de su genio y ofen­dido en su amor propio, optó por eludir la lucha retirándose a la casa paterna o haciendo largos viajes al extranjero, siem­pre acompañado de la mujer, por la cual iba, sin embargo, perdiendo entusiasmo.

Permaneció siempre juez severo y «flage­lador» de su «adorada, hermosa, armoniosa raza»; pero ya en los volúmenes El carro de Elías y Quisiera que me amases (v.) comenzaba a desprenderse de sus afliccio­nes individuales, reconociendo en ellas el común destino magiar e identificándose cada vez más con su pueblo.

Noble de nacimien­to, se crio en condiciones casi campesinas; hijo de la aldea, no por ello era menos representante del ciudadano burgués; edu­cado en el calvinismo, se sentía atraído también por el hechizo del catolicismo; de la Transilvania que le vio nacer heredó el espíritu siempre tenso hacia el Occidente, aun llevando en su alma más patrimonio oriental que los húngaros de la llanura o del citraDanubio.

Aplacada la pasión polí­tica en el poeta, atormentado por las con­secuencias de una enfermedad de la sangre mal curada, desaparecieron las poesías revo­lucionarias en los volúmenes sucesivos (La vida que huye, El amor de nosotros mis­mos, ¿Quién me ha visto?), mientras se le aparecía cada vez más oscuro el destino de Hungría.

Previo con horror la catástrofe de 1 18, tuvo la sensación de que iba precipi­tando hacia la muerte con él a todo el pue­blo magiar y tituló su último libro A la cabeza de los muertos. En la primavera de 1915 se casó con una joven admiradora; pero no encontró consuelo en la vida con­yugal. La enfermedad progresaba de un modo incontenible y, después de grandes sufrimientos, acabó con él cuando sólo tenía cuarenta años, en una clínica de Budapest.

E. Várady

Abū Muhammad Ŷābir ibn Aflah

As­trónomo arabigoespañol, de Sevilla, que flo­reció en el siglo XII y a quien un tiempo se confundió con el inventor del Álgebra a causa del parecido de los nombres.

Hom­bre de vastos conocimientos, estudió las obras de Tolomeo, Menelao, Teodosio, Autólico, Aristarco y otros. En su Líber de sphaeris determina los equinoccios y sols­ticios según cálculos personales. Su prin­cipal obra es el Libro de Astronomía (v.), traducida al latín por Gerardo de Cremona (Nuremberg, 1574), que va precedido de un verdadero tratado de Trigonometría. Como astrónomo señaló que el Sol se encuentra entre Mercurio y Venus.

J. R. Manent

Afraate

(Llamado el Sabio Persa). En el estado actual de conocimientos, es consi­derado como el escritor sirio más antiguo en el campo de los escritos teológicos.

Nacido de familia pagana, de origen persa, se con­virtió al cristianismo y se hizo monje; es probable que más tarde fuera consagrado obispo. En el año 337 terminó las diez pri­meras de sus Demostraciones (v.) o discur­sos, y en el 344 las restantes doce. Algunos de estos discursos van dirigidos contra los judíos, cuya exégesis demuestra conocer.

El estilo de los discursos es correcto, pero falto de la elegancia que distingue los es­critos de Efrem Siró, y el pensamiento no siempre aparece claro. Aun manteniendo su teología dentro del campo de la ortodo­xia, admite el principio de la composición del hombre de cuerpo, alma y espíritu, y profesa la doctrina de la duración del mun­do durante seis mil años.

G. Furlani

Giovambattista Adriani

Nacido en 1513 en Florencia y m. en la misma ciudad en 1579. Era hijo del humanista Marcelo Virgilio, y, opuesto a los Médicis, cooperó en la defensa de la República florentina en 1530.

Caída Florencia, marchó a Padua a realizar sus estudios y volvió después a su patria, don­de fue muy apreciado por Cosme I y des­empeñó durante treinta años la cátedra de elocuencia de aquella Universidad.

Después de la muerte del historiógrafo Benedetto Varchi, le sucedió A. en el cargo de éste y compuso, secundando los propósitos del gran duque, la Historia de sus tiempos (v.), correspondiente a su principado (1537-74). Desde 1540 perteneció a la Academia Flo­rentina y mostró también ser buen cono­cedor de arte en la Lettera a Giorgio Va- sari sui pittori dell’antichità (1567).

P. Onnis