Endre Ady

Nacido en Ermindszent el 22 de noviembre de 1877 y m. el 27 de enero de 1919; es el más alto poeta lírico hún­garo del siglo XX.

Realizados los estudios medios en el colegio calvinista de Zilah, se matriculó en la Academia de Jurispru­dencia de Debreczen e inició en aquella ciudad la carrera de periodista. En 1900 se trasladó a Nagyvarad, y bajo la influencia de la prensa y de la burguesía progresistas se fue formando su radicalismo político y social.

Las primeras colecciones de poesías líricas (1899 y 1903) no revelan todavía nada sobre el futuro renovador de la poesía ma­giar. Llegó a la madurez a raíz de una estancia en París (1904), en contacto con la poesía simbolista e inspirado por el amor hacia Adela Brüll, una mujer de extraordinaria cultura.

Su personalísimo mundo poético y un lenguaje prodigiosamente nue­vo hicieron su aparición en las Nuevas poe­sías (v.), un acontecimiento que trastornó no sólo la vida literaria, sino toda la socie­dad húngara.

La parte progresista acogió al poeta revolucionario con manifiesto en­tusiasmo, en tanto que la mayoría de los lectores sólo vieron en él a un peligroso elemento subversivo. La lucha se hizo toda­vía más encarnizada en torno al volumen Sangre y oro (v.).

A. fue acusado de in­comprensión, de inmoralidad y de ultraje a la nación. Consciente de su genio y ofen­dido en su amor propio, optó por eludir la lucha retirándose a la casa paterna o haciendo largos viajes al extranjero, siem­pre acompañado de la mujer, por la cual iba, sin embargo, perdiendo entusiasmo.

Permaneció siempre juez severo y «flage­lador» de su «adorada, hermosa, armoniosa raza»; pero ya en los volúmenes El carro de Elías y Quisiera que me amases (v.) comenzaba a desprenderse de sus afliccio­nes individuales, reconociendo en ellas el común destino magiar e identificándose cada vez más con su pueblo.

Noble de nacimien­to, se crio en condiciones casi campesinas; hijo de la aldea, no por ello era menos representante del ciudadano burgués; edu­cado en el calvinismo, se sentía atraído también por el hechizo del catolicismo; de la Transilvania que le vio nacer heredó el espíritu siempre tenso hacia el Occidente, aun llevando en su alma más patrimonio oriental que los húngaros de la llanura o del citraDanubio.

Aplacada la pasión polí­tica en el poeta, atormentado por las con­secuencias de una enfermedad de la sangre mal curada, desaparecieron las poesías revo­lucionarias en los volúmenes sucesivos (La vida que huye, El amor de nosotros mis­mos, ¿Quién me ha visto?), mientras se le aparecía cada vez más oscuro el destino de Hungría.

Previo con horror la catástrofe de 1 18, tuvo la sensación de que iba precipi­tando hacia la muerte con él a todo el pue­blo magiar y tituló su último libro A la cabeza de los muertos. En la primavera de 1915 se casó con una joven admiradora; pero no encontró consuelo en la vida con­yugal. La enfermedad progresaba de un modo incontenible y, después de grandes sufrimientos, acabó con él cuando sólo tenía cuarenta años, en una clínica de Budapest.

E. Várady