Aleardo Aleardi

Nacido en Verona el 4 de noviembre de 1812 y m. en la misma ciudad el 17 de julio de 1878. Hijo de no­ble familia condal, cambió por Aleardo su nombre de pila Gaetano, que repugnaba a sus gustos.

Estudió en Padua jurispruden­cia, siendo condiscípulo de Prati, y con él participó activamente en las revueltas de aquella célebre generación universitaria, entonces empeñada en clamorosas manifes­taciones antiaustríacas.

En el 44 compuso un poemita histórico, Arnalda di Roca, clara­mente derivado de los módulos patrióticos del romanticismo anterior al «Risorgimento», y prosiguiendo en esta línea político– nacionalista se hizo amigo íntimo de Niccoló Tommaseo y de Daniele Manin: en el 48 llevó a cabo sin éxito una misión secreta en París, tratando de reunir armas y ayuda para los insurrectos de Venecia.

Encarce­lado en el 52, fue absuelto; arrestado de nuevo en el 59, sufrió algunos meses de cárcel en Josephstadt, recobrando la liber­tad en el 60. La Italia unificada lo colmó de honores, haciéndolo diputado y senador y nombrándolo profesor de Estética en la Academia de Bellas Artes de Florencia.

Su fama poética, que había comenzado en 1846 con las Lettere a María, creció rápidamente; pero tras la recopilación definitiva de los Cantos (1846, v.) se produjo un rápido y acaso injusto descenso. La crítica actual, aun sin llegar a una revalorización total, va atenuando la extremosidad de los jui­cios de finales del siglo XIX.

F. Giannessi

Taddeo Alderotti

Nacido en Florencia en 1223, m. en fecha no precisada (1295 ó 1300). Procedente de familia humilde, se dice que fue obtuso de mente hasta cumplir los trein­ta años, momento en que su inteligencia despertó de modo imprevisto.

En Bolonia, adonde se había trasladado, y en cuya ciu­dad existía ya la enseñanza de la medicina, aunque con mucha menor importancia que la Facultad de Leyes, estudió aquélla, lle­gando a ser tan docto que abrió escuela pública en 1260.

Debido a su mérito, la Facultad de los artistas, en la que también estaba comprendida la medicina, ascendió al mismo rango que la de los juristas, gra­cias al método de comentarios que él intro­dujo en la enseñanza.

A su actividad didác­tica unió la de la práctica, en la que ganó grandes sumas, teniendo como clientes a ilustres personajes como Honorio IV. Co­mentador a la usanza de la época, fue también clínico, y a él se debe la primera forma literaria de los «consilia» (consultas por escrito), amén de maneras análogas de enseñanza.

Su fama fue grandísima en vida: Benvenuto de Imola, Riccobaldo Ferrarese y hasta el Dante (Paradiso, XII, 83, y Con­vivio, I, X, 10) lo nombran. De él han que­dado: los Consilia últimamente publicados (Turín, 1937), comentarios sobre Hipócra­tes y Galeno, y el Sobre la conservación de la salud (v.) escrito para su amigo Cor­so Donati, llamado «el Barón».

A. Pazzini

Bernardo de Alderete

Erudito espa­ñol n. en Málaga en 1565 y m. en 1645. Fue canónigo de la catedral de Córdoba y uno de los hombres más doctos de su tiem­po.

Era buen conocedor de las lenguas cal­dea, arábiga, hebrea, griega, latina, fran­cesa e italiana. Aplicó su saber erudito a investigaciones arqueológicas y lingüísticas. Su obra capital es Del origen y principio de la lengua castellana (v.), publicada en Roma en 1606 con el título Del origen y principio de la lengua castellana o romance que hoy se usa en España.

Se trata de un ensayo científico sobre los orígenes de nues­tra lengua en el que el autor subraya los de carácter latino. A. escribió además: Va­rias antigüedades de España, África y otras provincias (1614) y una colección de Car­tas sobre la Eucaristía.

Giovanni Aldini

Nacido en Bolonia el 16 de abril de 1762, m. en Milán el 17 de enero de 1834. Sobrino de Galvani, estudió en Bolonia, y desde muy joven contribuyó a vulgarizar y difundir la obra de su tío so­bre electricidad animal.

En 1798 sucedió a su maestro Canterzani en la cátedra de Fí­sica de la Universidad de Bolonia. Fue en esta ciudad uno de los fundadores del Ins­tituto Nacional, surgido en 1802 por volun­tad de Napoleón; en dicho Instituto, fundó Aldini una sociedad científica que tenía la fina­lidad más o menos manifiesta de combatir las ideas de Volta: surgió de ello una fuerte hostilidad entre la sociedad de Aldini y la que existía en la Universidad de Pa­vía, donde enseñaba Volta, y que apoyaba su obra.

La explicación que Galvani había dado, a raíz de sus observaciones, sobre las contracciones musculares de la rana, fue­ron refutadas, en efecto, por Volta; Aldini fue uno de los más decididos partidarios de las ideas de su tío, es decir, que las contrac­ciones eran provocadas por la electricidad animal.

Viajó mucho, y en París y en Lon­dres fundó academias galvanistas. Durante cinco años, todos los científicos de Europa estuvieron divididos en dos bandos. En 1802 y en 1803 realizó en París y en Londres numerosos experimentos sobre las aplica­ciones médicas de la electricidad.

Aldini escri­bió en inglés y en francés, además de ita­liano; los informes sobre los experimentos realizados en las dos capitales se encuen­tran en Précis d’experienceg galvaniques (París, 1803) y especialmente en el Ensayo teorético y experimental sobre el galva­nismo, 1804, v.). Pero Aldini se ocupó también de problemas técnicos.

En su Compendio de galvanismo [Accout of Galvanism], im­preso en Londres en 1803, informa que «el 27 de febrero de 1803 transmitió una co­rriente generada por una batería de ochenta placas de plata y cinc desde el muelle oeste de Calais hasta Fort-Rouge, mediante un hilo tendido sobre los mástiles de los navíos y que retomaba a través de doscientos pies de agua».

Se ocupó también del pro­blema de los faros, como escribe en Saggio di osservazioni sui mezzi atti a migliorare la construzione e illuminazione dei fari (Milán, 1823), y de la protección contra los daños causados por los incendios: L’art de se préserver de la flamme (París, 1830). Para esta última finalidad, ideó un traje incom­bustible y una lámpara de seguridad.

In­ventó, además, una palanca hidráulica. Aldini fue también superintendente de bibliotecas y consejero del municipio de Milán. Aquí murió, legando una considerable cantidad a la Escuela de Ciencias Físicas y Químicas para artesanos de Bolonia.

R. Fedriani

Alcuino de York

Generalmente se le considera n. en algún lugar del Northum­berland (Inglaterra), alrededor del 735, y m. en Tours (Francia) hacia el 804.

Su per­sonalidad histórica está vinculada al breve período de renacimiento cultural sobreve­nido en Europa durante el imperio de Carlomagno, que es conocido con el nombre de «Renacimiento carolingio».

Pasó su ado­lescencia en el monasterio de York, donde realizó también sus primeros estudios. A este tiempo se remonta probablemente su primer viaje a Roma, con su maestro Al­berto, que se dirigía allí en busca de libros religiosos y clásicos para llevar a Inglaterra.

Su vida pública comienza, sin embargo, a principios del 781, después de una entre­vista realizada en Parma (Italia) con Carlomagno, en la que probablemente sugirió al gran rey franco un vasto plan de restau­ración cultural del Occidente cristiano so­bre bases clásico-religiosas, «tales que renovarían el esplendor de Atenas y del im­perio de Augusto».

Del 782 al 796 (salvo un breve paréntesis entre el 790 y el 792, en que realizó una embajada de Carlo- magno al rey Offa de Mercia, en Ingla­terra), lo vemos en la corte franca, entre­gado no sólo a elevar el espíritu de los dignatarios con su vasta cultura, sino tam­bién a actuar en aquel plan de restaura­ción de los estudios para el que había sido llamado.

Además de las famosas capitula­res para la difusión de la cultura que esta­blecían escuelas en todas partes, en las se­des episcopales y abaciales, fundó la Aca­demia palatina para los nobles y dignatarios de la corte y una Escuela palatina a la que asistían los jóvenes más dotados del Imperio.

En la corte, donde era llamado Albino Flaco, continuó su obra de «grammaticus», por lo que bien puede llamársele el maestro de la cultura latina en el Occi­dente germánico. Fue una columna de la Iglesia en el Concilio de Francfort del 794 contra los adopcionistas y los adoradores de las imágenes.

En 796 se retiró de la corte para dirigir la abadía de San Martín de Tours, donde fundó un «scriptorium» que inició la reforma de la escritura de los códices, pasando de la merovingia a la semiuncial y dando origen a la clara minúscula carolingia.

Escribió mucho en prosa latina (v. Obras didácticas) y en poesía (v. Poe­mas, Reyes y santos de la Iglesia Eboracense, El saqueo del monasterio de Lindisfam). La «opera omnia» fue recopilada por K. Froeben y después por E. Jaffé y repro­ducida posteriormente en la Patrología la­tina de Migne.

G. Fantelli