Vittorio Alfieri

Nacido el 16 de enero de 1749 en Asti, m. el 8 de octubre de 1803 en Florencia. Es el primer poeta italiano en el que se manifiesta la inquietud román­tica, separándose del mundo dieciochesco.

Preocupado desde los primeros años de noviciado literario de analizar las inten­ciones humanas sobre un plano moralista (su primera obrita es satírica: el Esquisse du Jugement universel, de 1773), e influido por la lectura de escritores franceses, como Helvetius, Duelos, d’Argens, Montaigne, al término de la composición de sus trage­dias, en 1790, despliega un vivísimo retrato de sí mismo en la Vida (v.), completado en 1803.

Así, a través de su autobiografía, de las numerosas Rimas (v.) que la acom­pañan como un diario interior, y de las cartas, podemos seguir exactamente las jor­nadas de su vida, aparte las inmediatas con­fesiones de los Giornali (1774-75 y 1777): de la infancia, en la casa solariega de Asti, rica en presentimientos, entre los que so­bresalen el anhelo de lo bello, la melanco­lía, la soledad y un oscuro sentido de la muerte (nos recuerda la «tristesse, douleur, mélancolie» de Prévost), junto con su ter­nura por su madre, Monica Maillard de Tournon, y por su hermana Giulia (el pa­dre murió antes de que Vittorio cumpliera el primer año de su vida).

Desde 1758 a 1766 es «enjaulado» en la Academia mili­tar de Turín, uno de los mejores colegios de Europa, en donde se le manifiesta de un modo cada vez más claro la dificultad de encontrar un acuerdo con la realidad cotidiana, y en donde se ve orientado ha­cia una cultura superficial, clásica y fran­cesa.

Cuando salió de la Academia, un sentimiento de inquietud y rebelión, que estalla a veces en actos desconsiderados, revela su naturaleza prerromántica, ani­mada, no obstante, por un ímpetu nuevo, sin blanduras ni languideces.

Emprende un apresurado viaje a través de Italia, impul­sado por un «frenesí» enemigo de la tranquilidad: en todas partes experimenta «sa­ciedad, aburrimiento, dolor». Después de Italia, quiere conocer Europa: en París, en Viena, en Prusia, en Rusia, en Londres, su espíritu antiabsolutista desemboca en una versión personal y libertaria después de haber conocido a Luis XV y a Fede­rico II, Prusia y Rusia.

La humanidad se le aparece dividida en dos grandes grupos igualmente despreciables: los esclavos y los tiranos. Sólo Inglaterra le ofrece un asilo de libertad. Viaja después, animoso e iras­cible, disipado y violento, desde la ho­rrenda Suecia hasta la desierta España, experimentando vividas sensaciones de poe­sía en contacto con la naturaleza triste y solitaria, entre aventuras amorosas que culminan en una atroz desilusión en Lon­dres; hasta que, vuelto a Turín (1773), al­terna la vida mundana con las lecturas, la inagotable pasión por los caballos con el gusto por los clásicos latinos e italia­nos. Escribió una primera tragedia, Cleopatra, representada en 1775.

El éxito le estimuló a abandonar la sociedad elegante y a encerrarse en sí mismo: Plutarco y Maquiavelo son sus maestros y se dibuja en él la figura del literato como desper­tador de conciencias.Nos encontramos en el período heroico de su vida, hasta 1790, año en que termina de imprimir en Fran­cia las diecinueve tragedias: Felipe (v.), Polinices (v.), Antígona (v.), Virginia (v.), Agamenón (v.), Orestes (v.), Rosmunda (v.), Octavia (v.), Timoleón (v.), Mérope (v.), Saúl (v.), Bruto primero (v.), Bruto segundo (v.), María Estuardo (v.), La con­juración de los Pazzi (v.), Don Garzia (v.), Agides (v.), Sofonisba (v.) y Mirra (v.); y los escritos políticos: De la tira­nía (v.), Etruria vengada (v.), Del prín­cipe y de las letras (v.), Panegírico de Plinio a Trajano (v.), La virtü sconosciuta y Paris sbastigliato.

En estas obras el autor se refleja enteramente a sí mismo, consti­tuyen el drama de quien no puede apagar los conocimientos adquiridos, que siente un «invencible y desconocido poder», que rebasa el límite de la humana naturaleza, siempre infeliz ante una suerte adversa común al hombre. Tiranos y héroes, ven­cidos unos y otros, son siempre los perso­najes de su drama.

Para aprender a expre­sarse estudió con ahínco: Dante, Petrarca, Ariosto, Tasso, son los nombres más im­portantes para la formación de un len­guaje original que hace de él el único gran poeta trágico de Italia.

Decisivos fue­ron los estudios sobre la Tebaida (v.) de Estacio, traducida por Selvaggio Porpora, y sobre el endecasílabo de los Poemas de Ossián. Mientras tanto, estalla la Revolu­ción Francesa; Alfieri se encuentra en París con la condesa de Albany, casada ya con Carlos Eduardo Stuart, a quien había cono­cido en Florencia en 1777 y constituía el «digno amor» encontrado al fin. Observa con disgusto las manifestaciones plebeyas, porque aquél no era el pueblo soñado en las tragedias y en los tratados.

Tiene que marcharse por fuerza y escoge Florencia como morada, la ciudad que ama por sus bellezas artísticas, por la naturaleza y por el idioma que habla. Encerrado en sí mis­mo, vestido de luto, resurge en él la incli­nación a la sátira, cada vez más amarga e indulgente: compone las diecisiete Sáti­ras (v.), El Misógalo (v.), intenta un nue­vo género con la «tramelogedia» Abel (v.), escribe las seis comedias L’Uno, I Pocini, I Troppi, L’Antidoto (v. Tetralogía polí­tica), El divorcio (v.), La ventanilla (v.), redacta un Alceste II (v.) a imitación de Eurípides, traduce del latín y especialmente del griego, que estudia con particular ahin­co, hasta el punto de instituirse «caballero de Homero».

La iglesia de Santa Cruz, dentro de la cual, ante la tumba de Miguel Ángel, se había detenido algunas ve­ces cuando era muy joven y que había amparado las meditaciones de sus últimos años, acogió sus restos.

P. Cazzani

Willibald Alexis

Seudónimo de Wil­helm Georg Häring, n. el 29 de junio de 1798 en Breslau, m. en Arnstadt el 16 de diciembre de 1871.

Era hijo de un funcio­nario del Estado, descendiente de una fami­lia de emigrados hugonotes llamada Hä­rene. Después de la muerte del padre, su familia se trasladó a Berlín, donde Wil­helm recibió la primera formación cul­tural en el Wed ersehen Gymnasium.

Du­rante dos años (1815-1817) participó como voluntario en las operaciones de guerra contra los franceses y después estudió dere­cho e historia en las Universidades de Berlín y Breslau. Entre sus maestros figu­raron Savigny y Raumer. Comenzó también la carrera de magistrado, pero la abandonó pronto, atraído por la literatura.

Con Förs­ter dirigió, de 1827 a 1830, la revista ber­linesa Konversationsblatt y después, solo, hasta 1835, los Freimütingen. Interrumpida la actividad periodística por no poder so­portar las nuevas restricciones de la liber­tad de imprenta, se lanzó a todo género de empresas, encarnando bien el espíritu prusiano — de una Prusia en vísperas de la unificación alemana —, dinámico, activo, emprendedor.

Actuó de amigable compo­nedor, fundó librerías y gabinetes de lectura y, en fin, una estación balnearia en el Báltico, que todavía lleva su nombre: Häringsdorf. Volvió otra vez, por último, al periodismo. Con todas estas ocupaciones, encontró siempre tiempo para escribir.

Sus primeros trabajos consistieron en estudios críticos, un idilio, La gran cacería [Die Treibjagd], y algunas novelas escritas imi­tando a Walter Scott, que durante poco tiempo circularon a nombre del escritor inglés. Después, una gran cantidad de na­rraciones cortas de evidente inspiración tieckiana, y de nuevo novelas, ahora ins­piradas por los escritores de la «Joven alemania».

Una muestra más completa y original de su talento la dio en las ocho novelas compuestas entre 1832 y 1856, deno­minadas con el título genérico de Novelas brandeburguesas (v.). Juntamente con el jurista Hitzig, publicó también una recopi­lación, en treinta volúmenes, de historias y procesos criminales con el título El nue­vo Pitaval [Der neue Pitaval]. En 1852 se trasladó de Berlín a Anstadt, y en esta ciudad, en 1860, una apoplejía le privó de la memoria, obligándole a la inactivi­dad hasta su muerte.

M. Spagnol

Alfano de Salerno

Nacido entre 1015 y 1020 en Salerno, m. en la misma ciudad el 9 de octubre de 1085; es una de las más briosas y complejas figuras eclesiásticas que ilustraron el siglo XI.

Hijo menor de una noble familia, y destinado por ello al sacerdocio, pudo recibir en su ciudad natal — entonces muy floreciente bajo el prin­cipado de Guaimario V — una formación cultural de primer orden y frecuentar la célebre escuela de medicina. Habiendo co­nocido a Desiderio (el futuro papa Víc­tor III), en 1054 lo siguió a Benevento, en el convento de Santa Sofía, y dos años después a Montecassino.

Llamado a Salerno para desempeñar el cargo de abad en el convento local benedictino, en 1058 fue nombrado arzobispo de la ciudad. Con su intervención en diversos concilios, participó activamente en el movimiento de reforma eclesiástica promovido por Hildebrando.

En 1062 se dirigió, con Gisulfo II, príncipe de Salerno, a Constantinopla, para conven­cer al emperador de la necesidad de fir­mar un pacto antinormando. Pero el prín­cipe lo dejó en la capital bizantina como rehén, y sólo tras una épica fuga logró reaparecer junto al normando Roberto Guiscardo.

Siguió después las cambiantes vicisitudes de la política papal con res­pecto a los normandos: volvió al servicio de Gisulfo, para reunirse con Guiscardo cuando éste puso sitio y tomó la ciudad. Obtuvo del rey normando la erección de la basílica de San Mateo, consagrada por Gregorio VII, y en la que el papa y el arzobispo fueron sepultados.

A pesar de su accidentada vida, Alfano compuso obras sobre diferentes temas, más importantes por la cantidad que por la calidad. Entre las obras teológicas, recordemos: De unione verbi Dei et hominis; entre las hagiográficas, la Vita et passio S. Christinae y la Vita S. Sabinae; dejó escritos, además, traduccio­nes y tratados originales de medicina y, en fin, una recopilación de versos, en parte de tema sacro (v. Himnos Sacros) y en parte profanos, en los que no llama tanto la atención la habilidad técnica como la presencia de rasgos de auténtica poesía.

C. Falconi

Gianni Alfani

Pocas e inciertas son las noticias que poseemos de este poeta flo­rentino: los historiadores han documen­tado la existencia de un G. de Forese de los Alfani a mediados de la segunda mi­tad del siglo XIII, gonfaloniero de justicia en 1311 y declarado rebelde dos años des­pués por Enrique VII de Luxemburgo.

Se ha probado también que otro Gianni Alfani vivió con anterioridad, muriendo en los primeros años del siglo XIV. Pero es difícil identi­ficar al poeta con uno de los dos homó­nimos, y resulta muy improbable que fue­ra una tercera persona. Sus Rimas (v.) — siete composiciones en total — pertene­cen sin reservas a la cultura del «dolce stil nuovo», en la que ocupan un lugar se­cundario.

Nos informan que este poeta amó a una mujer veneciana, conservando un dulce recuerdo de ella, aun después de haber sido empujado por las circunstancias — quizá el destierro — a marchar más allá de los Alpes y del Danubio.

Pero aun con estas noticias queda la duda de si co­rresponden a la realidad o proceden — como es probable — de un repertorio de situacio­nes propias de la poesía de la época.

F. Giannessi

Samuel Alexander

Nacido en 1859 en Sidney (Australia), m. en Manchester en 1938; es el único filósofo contemporáneo de cierto renombre de origen australiano. Estudió primeramente en Melbourne, y más tarde en Oxford.

En 1882 llegó a «Fellow» en Oxford y más tarde fue profesor en la Universidad Victoria de Manchester, donde enseñó durante toda su carrera, es decir, hasta 1924, año en que fue jubilado. La primera obra de Alexander es Orden moral y pro­greso.

En el ambiente anglosajón de la época, recibió sobre todo la influencia de G. E. Moore y en general de las corrientes realistas. Consecuencia de esta orientación suya es el punto de vista expuesto en la obra La base del realismo (1914).

El rea­lismo se combina, sin embargo, en Alexander con una teoría general de la evolución, cuyos principios fundamentales se acercan mucho a los que se expresarán en la obra Evolu­ción emergente (1933) de C. Lloyd Morgan (1852-1937).

Alexander tiene de común con Mor­gan la idea de una evolución no mecanicista, de un proceso que se realiza sola­mente en cuanto tiende a una novedad y actúa la emergencia de nuevas formas. La conciencia, en general, no viene deter­minada por una rígida concatenación cau­sal, sino que se produce en virtud de un proceso temporal con un acto nuevo y li­bre.

Estas premisas se encuentran desarro­lladas en un complicado sistema filosófico expuesto en la gran obra Espacio, tiempo y divinidad (v.). Las formas específicas de la realidad, las cosas, son aquí, para este autor, determinaciones de una sustan­cia espacio-temporal.

El hecho de que la realidad sea un modo de la sustancia, acer­ca este filósofo a Spinoza, mientras, por otra parte, el hecho de que la sustancia sea temporal y espacial no se aviene con el determinismo espinoziano. Se impuso, por lo tanto, a Alexander una confrontación con Spinoza, y a tal exigencia debemos su obra Spinoza y el tiempo (1921).

La con­cepción del universo como temporalidad finalística, dirigida hacia la conciencia, el espíritu y lo divino, permite a Alexander realzar los fines y los valores, estrechamente uni­dos a la armonía y al orden estéticos. Esta posición queda expresada en la última no­table obra que Alexander nos ha dejado: La be­lleza y otras formas del valor (1933). El sistema filosófico de Alexander no ha dejado de influir sobre la filosofía de Alfred North Whitehead. Después de su jubilación, Alexander vivió en Manchester. E. Pací