Jean-Marie André

(Padre André). N. en Cháteaulin, en la Baja Bretaña, en 1675; m. en Caen en 1764. Entró en la Compañía de Jesús y muy pronto se distinguió por su excepcional talento oratorio.

En 1726 fue nombrado «professeur royal de mathématiques» en Caen, donde enseñó hasta 1759. Ingenio fino y versátil, de ánimo sencillo, partidario del galicanismo, se atrevió a sos­tener el pensamiento de Descartes y de Malebranche, al que estaba unido por sen­timientos de admiración y afecto, frente a la filosofía escolástica profesada por la or­den jesuítica.

Esta actitud rebelde le obligó a sostener encarnizadas luchas, en las que contó con la solidaridad de jesuitas ilustres. En especial el obispo de Caen, monseñor Luynes, ganado por el profundo espíritu religioso y por el gran talento del padre André, se empeñó en «le défendre envers et contre tous».

La obra más importante del padre André es el Ensayo sobre lo bello (v.), publicada en 1741, la cual, pese a su estilo fastidiosamente declamatorio, es apreciada todavía por la finura de determinados aná­lisis y por la coherencia de sus argumentos.

Escribió, además, un Traité sur l’homme, en el que examina las relaciones del alma con el cuerpo, sin llegar, por lo demás, a conclusiones originales. L’Essai sur le Beau, aun teniendo escaso valor especulativo, ejer­ció una duradera influencia en la cultura europea.

G. Costa

Salomon August Andrée

Nacido el 18 de octubre de 1854 en Gränna (Jönköping), desaparecido en el Ártico en julio de 1897.

Ingeniero y explorador polar, estudió en el Politécnico de Estocolmo. Participó en la expedición meteorológica a las Spitzberg en 1882-83, dirigiendo las observaciones aeroeléctricas.

Después de estudiar aeronáutica, realizó con el globo «Svea», que le había vendido el francés G. Yon, nueve logrados viajes aéreos, entre otros la travesía del Báltico, desde Estocolmo hasta el archipié­lago finés (19-X-1893) y de Göteborg a la isla de Gotland (19-XI-1894).

El 15 de fe­brero de 1895 propuso a la Academia sueca de Ciencias un plan de exploración de la región polar ártica en globo dirigible. Con la ayuda de 130.000 coronas que obtuvo del rey Oscar, de A. Nobel y de otros, mandó construir en París (Officine Lachambre) un aeróstato de 4.500 m.3, que bautizó con el nombre de «ornen» (El águila). Vientos contrarios le impidieron partir en 1896.

Re­novó la tentativa en 1897 con A. Strind­berg y K. Fraenkel. La cañonera sueca «Svenskund» trasladó el material a la isla de los Daneses y el 11 de julio de 1897 se levantó el «Örnen», se dirigió hacia el NE. y desapareció para siempre.

Las últimas no­ticias de la expedición, traídas por una pa­loma mensajera, anunciaban que el 13 de julio a las 12’30 horas el «Örnen» se encon­traba a 82° 2′ de lat. N. y a 15° 5′ de long. E. Fue vana toda tentativa de búsqueda del aparato y de los exploradores.

Se supone que el «Örnen» cayó entre las Spitzberg, la Tierra de Francisco José y Nueva Zembla. Su Diario de viaje, anotado hasta poco an­tes de su muerte, fue publicado en la obra Con el «Águila» hacia el Polo (v.).

C. Picchio

Olegario Víctor Andrade

Poeta y pe­riodista argentino n. en Alegrete (Brasil) en 1839 y m. en 1882. Era hijo de emigrados políticos.

Hiperbólicamente, podríamos lla­marlo «el verbo de la elocuencia poética», por la sonoridad, ampulosidad y grandilo­cuencia de un poeta que no era, paradóji­camente, orador. Estudió en el Colegio Na­cional de Concepción, del Uruguay, pero no terminó sus estudios y se entregó al periodismo en diversos periódicos de Entrerríos y en su Tribuna Nacional de Buenos Aires.

Fue secretario de Derqui y diputado nacio­nal, y defendió la política de Urquiza y de Roca, quien pronunció la oración fúnebre ante su tumba y dispuso que se publicaran sus Obras poéticas (1887).

Éstas fueron ree­ditadas en 1943 por la Academia Argentina de Letras, con prólogo de Eleuterio F. Tiscornia. Discípulo romántico de Víctor Hugo, a quien canta con apasionado fervor en una de sus composiciones, habría que pre­guntarse si leía también con frecuencia a Manuel José Quintana.

Su poesía más cele­brada es la que se titula El nido de cón­dores (v.), pero son también muy conoci­dos los poemas Atlántida, canto a la raza latina, y Prometeo, verdadero canto a la humanidad: estos dos poemas gustaron mu­cho a Menéndez Pelayo y fueron causa principal de que Juan Valera calificara su poesía de «sublimemente didáctica».

Otras composiciones suyas son: San Martín, La noche de Mendoza, El arpa perdida (elegía con motivo de la muerte en naufragio del poeta Esteban Luca), Paisandú (himno al heroísmo uruguayo frente a los brasileños) y La vuelta al hogar, más lírica e íntima que sus demás composiciones.

Más épico que lírico, más retórico y elocuente que profundo, Andrade es un poeta de lenguaje meta­fórico, patriota, liberal, culto, romántico y altisonante.

J. Sapiña

Pero de Andrade Caminha

Nacido alre­dedor de 1520, no se sabe si en Oporto o en Lisboa; m. en 1589 en Vila Vicosa. Fue seguidor de la escuela italiana, juntamente con Sá de Miranda, Antonio Ferreira, Diogo Bernardes, Luis de Camoes.

Hijo de Joáo Caminha, camarero de doña Isabel, duquesa de Braganza, pasó la vida sin episodios de interés particular. Realizó sus estudios en la Universidad, no se sabe si antes o des­pués de que fuera trasladada (1537) de Lis­boa a Coimbra.

Entró después a formar parte, como camarero mayor, en la casa del infante don Duarte, hijo del rey Ma­nuel, permaneciendo en tal cargo largos años. En 1576, cansado evidentemente de la vida de corte, se retiró al palacio ducal de Vila Vigosa, aceptando el modesto cargo de alcalde de Celorico de Basto y atendiendo con gran cuidado a la composición de sus Poesías (v.), publicadas después de su muer­te, mientras una buena pensión le quitaba toda preocupación económica.

G. C. Rossi

Francisco de Andrade

(F. de Paiva de Andrada). Historiador y poeta portugués, n. en Lisboa hacia 1540; m. en la misma ciudad en 1614.

Hermano del anterior, suce­dió a Castillo en el cargo de cronista mayor del reino y de guardián de los archivos de la Torre do Tombo de Lisboa. Dejó nume­rosas obras históricas y poéticas,, algunas de las cuales permanecen inéditas: entre las principales, Filomena de S. Bonaventura, poemita en tercetos, traducción de un texto latino (Lisboa, 1561); Crónica do valeroso principe… Jorge Castrioto, senhor dos Epirenses ou Albaneses… (Lisboa, 1567); O primeiro cerco que os turcos puseram a forta­leza de Diu (Coimbra, 1589) (v. El primer cerco de Diu), poema épico en veinte can­tos, en que se basa su fama como poeta, y la Crónica do muito alto D. Joao III (Lis­boa, 1613), que es quizá su obra más valiosa.

A él se debería, según afirma el conde de Ericeira, la primera edición de la Peregrinaçao (v. Peregrinaciones) de F. Mendes- Pinto.

L. Stegagno Picchio