Andrés de Creta

Conocido también con el nombre de Andrés de Jerusalén, n. en Da­masco en 660, m. en Lesbos en 740. Su in­fancia está marcada por hechos prodigio­sos. Se cuenta, en efecto, que siendo mudo hasta la edad de siete años, le vino el habla durante su primera comunión.

Des­pués de una instrucción primaria, fue en­viado por sus padres a Jerusalén, donde, a la edad de quince años, vistió el hábito monacal en la iglesia del Santo Sepulcro. A continuación, fue enviado por el pa­triarca de Jerusalén a Constantinopla, jun­to al emperador bizantino Constantino IV Pogonato.

Hecho diácono de la iglesia de Santa Sofía, se distinguió por su doctrina y por su actividad, tanto que le fue dada la dirección del hospicio para viejos y del orfelinato. En algún momento había sido partidario del monotelismo; pero pronto cambió de opinión y volvió a la ortodoxia, distinguiéndose entre los defensores de la conservación de las imágenes durante la disputa iconoclasta que apareció por pri­mera vez bajo el reinado de León III el Isáurico, en 726.

En 712 fue nombrado ar­zobispo de Creta, y mostró gran celo en el desempeño de sus funciones. Sobresalió como orador sagrado en panegíricos inspi­rados en las victorias del helenismo bizan­tino contra sarracenos y búlgaros, y en las homilías dominicales; pero alcanzó su ma­yor fama como himnógrafo, y fue consi­derado inventor de la poesía de los «cáno­nes», himnos eclesiásticos formados general­mente por un número de odas que varía de tres a nueve, cada una de las cuales comprende trece o catorce troparios.

En 713 compuso el denominado Gran canon (v.), formado por 280 troparios y conside­rado como el más edificante de sus himnos, que aún es cantado hoy en las funciones de cuaresma por la Iglesia ortodoxa.

En 740, cuando su diócesis se veía afligida por las incursiones de los sarracenos y abru­mada por la carestía y la peste, Andrés deci­dió dirigirse a la capital para pedir socorro. Durante el viaje de regreso, en aguas de Lesbos, le sorprendió la muerte en la nave que lo conducía de nuevo a Creta.

B. Lavagnini

Leonid Nikolaevich Andreiev

Nacido el 9 de agosto de 1871 en Orel, m. el 12 de sep­tiembre de 1919 en Kuokkala (Finlandia); fue, bien como narrador, bien como drama­turgo, uno de los más característicos escri­tores rusos de finales del siglo XIX y co­mienzos del XX.

Licenciado en Derecho (1897) en Moscú, se pasó al campo literario, precisamente en el momento en que se dibujaba el éxito de Gorki y fue, a pesar de su amistad personal, el rival más califi­cado de éste, manteniéndose durante algún tiempo en un extraño equilibrio entre las dos corrientes predominantes, la del rea­lismo, de la que Gorki era el máximo expo­nente, y la más compleja y confusa del simbolismo.

Su vida es pobre en aconteci­mientos, si se exceptúan, por una parte, las reuniones en que tomó parte y que organizó en su propia casa de Petrogrado, de adhe­ridos al movimiento revolucionario, y, por otra, su participación en grupos editoriales importantes de su tiempo.

La actividad lite­raria lo absorbió por completo, y dadas las múltiples experiencias psicológicas y artísticas de que ella es muestra, se podría decir que su vida se hallaba concentrada en la de sus personajes, a los que, sin embargo, poco pudo dar de sus propias experiencias si se exceptúa la juvenil de una tentativa de suicidio por desilusión amorosa.

La aten­ción del público y de la crítica empezó a centrarse en sus relatos entre los años 1898 y 1901, cuando apareció la narración Había una vez, que continúa siendo una de sus mejores obras, aunque el favor del público se inclinó, al parecer, hacia sus nuevas obras El abismo (v.) y En la niebla, de 1902, en las que se afronta atrevidamente el proble­ma sexual —una de las famosas «cuestio­nes malditas» de la «intelligentzia» rusa—, y en Los siete ahorcados (v.), de 1908, en la que se presenta el problema político en sus aspectos sociales y morales, mientras aparece el problema de la guerra en Risa roja, en una atmósfera de pesadilla y de horror de excepcional eficacia.

Durante este período, que fue el de mayor auge en su actividad literaria, Andreiev empezó a escribir también para el teatro. Su primer drama, En las estrellas, apareció en 1906, y fue seguido a poca distancia de otros varios hasta El que recibe las bofetadas (v.), de 1914.

Más que en el género narrativo es en el dramático donde se revela la duplicidad artística y espiritual del escritor. El drama más característicamente simbólico, La vida del hombre (v.), de 1906. que afirmó su fama, especialmente en el extranjero, hu­biera querido ser también una toma de po­sición del pesimismo andreieviano; pero hoy se nos aparece más como un hábil juego dialéctico que como creación artística de una concepción filosófica.

Lo mismo puede decirse de Anatema, de El océano (v.), de Las máscaras negras. No, en cambio, de los dramas de fondo realista, por ejemplo, Savva y Anfisa (v.), en los que la dirección simbolista cobra su verdadero significado. Escritor que tendió siempre a «límites ex­tremos», Andreiev, a pesar de su gran capacidad, falló en buena medida, precisamente por esta tendencia suya que le hizo caer en el artificio, bien sintetizado por Tolstoi en la frase: «Andreiev quiere hacerme miedo, pero yo no tiemblo».

E. Lo Gatto

Giovambattista Andreini

Nacido en Flo­rencia entre 1576 y 1579, m. en Keggio Emi­lia (donde se encontraba de paso) el 7 u 8 de junio de 1654.

Hijo primogénito del célebre «capitán Spavento», Francesco Andreini, y de la no menos célebre Isabel, se dedicó él también, después de cursar estu­dios en Bolonia, al arte escénico. Habiendo entrado a los 16 años en la gran «Compagnia dei Gelosi» (en la que representaban sus padres) para desempeñar papeles de galán, tomó el nombre de Lelio, que no dejó nunca.

En 1601 se casó con Virginia Ramponi, que llegó a ser excelente actriz con el nombre de Florinda y virtuosa cantante, y tuvo de ella un hijo a quien sacó de pila el gobernador español del Milanesado.

Des­pués de haber debutado como autor en la tragedia Florinda (1603), y tras la disolu­ción de los «Gelosi», entró con su mujer, en 1604, en la «Compagnia dei Fedeli», or­ganizada por el duque de Mantua, Vincenzo I Gonzaga.

Llegó a ser director de la compañía, y con ella viajó por Italia sep­tentrional y central y por Europa: París, Praga, Viena, etc., obteniendo calurosa aco­gida. Gran parte de los éxitos de la com­pañía fueron suyos personales.

Fallecida su mujer entre 1628 y 1630, casó de nuevo con otra actriz, Virginia Rotari («Belinda»). En­tre 1637 y 1640 se separó Andreini de los Gon­zaga, y tras unos años de vida errabunda se retiró probablemente cerca de Mantua, donde poseía algunos bienes.

A su actividad como actor, unió la de autor dramático y de poeta, que le valió la hiperbólica alabanza de sus contemporáneos italianos y extranjeros. Su producción fue de género muy variado y fluctuante entre tentativas de edificación espiritual y satisfacciones licenciosas.

De su producción edificante se recuerdan los poemitas en octavas La di­vina visione (1604) sobre San Carlos Borromeo, La Maddalena (1610), Santa Tecla vergine e mártire (1623), una colección de sonetos sobre santos actores, el Teatro ce­leste (1625); una meditación en verso, II Cristo sofferente (1651), y sobre todo las representaciones sacras en tres actos, en verso y con música, La Maddalena (1617) y Adamo (1613, v.). Esta última obra, de notable ambición, parece haber influido so­bre Milton para su Paraíso perdido.

Además del poema jocoso L’olivastro ovvero il poe­ta sfortunato (1642) y de composiciones en alabanza de su madre, Andreini escribió también gran número de trabajos teatrales a me­nudo licenciosos y en general caracteriza­dos por una fantasía a veces animada, pero caótica e incontinente: La Turca (1608); Lo schiavetto (1612); La veneciana (1619, v.); El bandido Lelio (1620, v.); Amor en el espejo (1622, v.); Li dúo Lelii simili (1622); La sultana (1622); La centaura (1622, v.); Las dos comedias en comedia (1623, v.); La campanaccia (1627), que figura entre sus mejores obras; La Rosella (1632); Li dúo baci (1634); La Rosa (1638); La Maddalena lasciva e penitente (1652), nueva versión de La Maddalena, etc.

Durante la polémica en torno a la moralidad del teatro, Andreini in­tervino en defensa de éste, atacado por mu­chos lados.

G. C. Castello

Juan Andrés

Nacido en Planes, en el reino de Valencia, en 1740; m. en Roma en 1817. Ingresó en la Compañía de Jesús; expul­sado en 1767, pasó a Nápoles, donde fue bibliotecario del rey.

Además de sus Cartas sobre la música de los árabes, aparecidas en 1787, es autor de la notable obra, tra­ducida inmediatamente a varios idiomas, Origen, progresos y estado actual de toda literatura (ed. italiana, 1782-98; ed. caste­llana, Madrid, 1784-1806; v.), especie de resumen de la historia de la cultura, que contiene numerosos errores y notables acier­tos; si los primeros son achacables a la época, los segundos revelan el excelente sentido crítico del autor, superior al de su tiempo.

Andrea da Barberino

Nacido en Barberino (Valdelsa) hacia 1370, m. después de 1431, año en que redactó su testamento.

Sólo sa­bemos de él que era hijo de un tal Iacopo dei Mangabotto y que fue célebre juglar y maestro de canto. Valiéndose de fuentes toscanas y francovénetas, adaptó a la len­gua vulgar italiana los romances caballe­rescos que procedían de Francia y los cantó por las calles seguido admirativamente por el pueblo que, casi hasta nuestros días, ha continuado leyendo sus textos. De éstos de­rivaron todos los cantares y poemas italia­nos sobre la epopeya carolingia.

Entre sus obras, el Guarino Mezquino (1437, v.); Los reyes de Francia (1491, v.), y las Historias narbonenses (no publicadas hasta 1864, v.), fueron las más famosas. Reciente es la pri­mera edición de su versión del Aspromonte (1951, v.). De las restantes: Ajolfo del Barbicane, Ugone d’Alvemia, Discesa di Fuerino all’Inferno, sólo queda el recuerdo de episodios característicos.

N. Rellini Lerz