Lupercio Leonardo de Argensola

Nacido en Barbastro el 14 de diciembre de 1559, m. en Nápoles el 28 de febrero de 1613. Estudió en la Universidad de Huesca y des­pués en la de Zaragoza, junto con su her­mano Bartolomé Argensola, y allí vivió durante algún tiempo, a partir de 1585, al servicio de don Hernando de Aragón, duque de Villahermosa.

Habiéndose trasladado a Ma­drid, formó parte de la Academia Imitato­ria (con el seudónimo de Bárbaro, en ho­menaje a su amada Bárbara de Albión, con la que se casó en 1593) y fue secretario de la emperatriz María de Austria, y luego cronista del reino de Aragón, elegido pri­mero por los diputados de Zaragoza y por nombramiento real de Felipe III, después.

Muerta la emperatriz (1602), pasó a Nápo­les en el séquito del virrey conde de Lemos, y fue superintendente de la secretaría del virreinato. En Nápoles fundó la Acade­mia de los Ociosos, y allí continuó su acti­vidad poética; pero los hermanos Argensola atri­buían mayor importancia al secretariado y a la actividad historiográfica que a la poé­tica y desdeñaban la imprenta.

Lupercio, antes de morir en brazos del conde de Lemos, quemó la mayor parte de sus manuscritos poéticos. Su hijo, Gabriel Leonardo de Albión, se valió de algunas copias e imprimió en 1634 las Rimas (v.), agregando a ellas las de su tío Bartolomé.

Son sonetos, odas, cancio­nes, epístolas, sátiras; expresión de un arte más sugestivo que ilustrativo en el que se advierten las influencias de Horacio, Juvenal, Séneca, Virgilio . y, parcialmente, de Bembo y de Garcilaso. Lupercio tradujo seis odas de Horacio.

Tradujo también, al parecer, los Anales de Tácito. En la Información de los sucesos de Aragón en los años de 1590 y 1591, defendió los fueros aragoneses, aun sosteniendo la lealtad de Aragón a Felipe II y el respeto a las prerrogativas reales. Lupercio escribió también algunas tragedias, elogia­das por Cervantes, pero de escaso valor en realidad: la Filis, hoy perdida, Isabela (v.) y Alejandra (v.). Se adaptan al gusto del teatro italiano del tiempo, que mostraba pre­ferencia por el horror de las situaciones, de tipo senequista; para nosotros, constituyen un cúmulo de episodios novelescos.

G. Savelli