Massimo Taparelli D’Azeglio

Nacido el 21 de octubre de 1798 en Turín, m. en la mis­ma ciudad el 15 de enero de 1866. Desterrado por poco tiempo con la familia en Florencia, después de la victoria de Ma­rengo, y durante la ocupación francesa, vol­vió a Turín.

Tras la caída de Napoleón, entró en la Guardia cívica y poco después fue destinado a Roma como agregado: du­rante esta estancia, abandonando los am­bientes aristocráticos y la vida mundana, prefirió frecuentar la compañía de pinto­res, visitar museos y galerías, y sintió na­cer en él la vocación de la pintura.

Vol­vió a Turín y entró como teniente en el Piamonte Real y se entregó a una vida di­sipada; pero cambió de repente de costum­bres, abandonó la carrera militar, volvió en 1820 a Roma y se dedicó por completo a la pintura. La estancia en esta ciudad, du­rante la cual escribió también tragedias, comedias, poemas caballerescos, todo sin importancia, duró diez años y fue decisiva para la formación de Azeglio.

Vuelto a Turín en 1831, mientras pintaba el cuadro El desa­fío de Barletta, se le ocurrió la idea de escribir su historia; estimulado por César Balbo, pasó a Milán, que le parecía un am­biente más adecuado, y así nació el Héctor Fieramosca (1833, v.).

Visitando a Manzoni, conoció a su hija Julia y se casó con ella. El éxito de la primera novela le impulsó a escribir una segunda, y en 1841 publicó Niccolò de Lavi (v.). En 1843 quedó pren­dido en las actividades políticas.

En efecto, por consejo de Balbo recorrió Romaña, las Marcas y Toscana, donde se puso en contacto con carbonarios y mazzinistas, predicando a los patriotas. Las revueltas de Rímini de septiembre de 1845 le inspiraron el opúsculo Degli ultimi casi di Romagna, contra las conspiraciones secretas y el Gobierno papal; el atrevimiento del opúsculo produjo mu­cha impresión, hasta el punto de que el Gobierno toscano obligó a Azeglio a abandonar la región.

La elección de Pío IX le dio nue­vos ánimos y esperanzas; mantuvo una con­ferencia con el papa y expresó en la Pro­posta d’un programma per L’opinione nazio­nale italiana sus ideas de liberal moderado.

Tras la ocupación austríaca de Ferrara, es­cribió con el asenso del papa Sulle condi­zioni dello Stato pontificio e sull’opportu­nità d’una difesa; pero a finales de 1847 empezó a sentir vacilar su confianza en Pío IX. Las noticias de la insurrección de enero de 1848 en Milán le inspiraron I lutti di Lombardia, escrito en pocos días.

Ayudante de campo del general pontificio Durando en la primera guerra de indepen­dencia, fue herido en Monte Berico. Des­pués de Novara, aceptó la presidencia del Consejo y obtuvo el éxito de que se apro­bara el tratado de paz (tras graves dificul­tades resueltas con la Proclama di Moncalieri), de dar impulso a las «leyes Siccardi» contra los privilegios del clero y de llamar a su ministerio a Cavour, a quien dejó la presidencia en 1852, cuando se retiró a la vida privada para volver a sus pinceles.

Aún se ocupó de política y viajó como plenipo­tenciario y para llevar a cabo misiones de confianza; pero no acababa de entrar en la política de Cavour. Demasiado amante de las vías legales, pareció alejado y callado ante la cuestión de Roma capital.

En 1863, con la intención de educar a los italianos y formar en ellos caracteres fuertes y honrados, se dedicó a escribir Mis recuerdos (v.), ya empezados a publicar antes por «II cronista» con el título Bozetti della vita italiana; pero cuando murió la narración había llegado hasta 1845, es decir, al co­mienzo de su actividad política.

El libro fue publicado después de su muerte en Floren­cia (1867). Póstuma es también la recopilación de sus Scritti politici e letterari (1872).

M. Giovaninetti

Abū-l-Mutahhar al-Azdī

Autor árabe de la Abū-l-Qásim de Bagdad (v.), la céle­bre pantomima narrativa, única que nos ha llegado de este género, que refleja la jor­nada de un parásito en el Bagdad del si­glo XI.

Del autor, cuya época sólo de un modo aproximado se deduce de indicios que suministra la obra, apenas sabemos que ha­bía compuesto otra obra, Hikaya badawiy-ya, farsa de ambiente beduino que se ha perdido.Hay que reconocer en al-Azdī no­tables dotes de artista, aunque limitadas y tal vez ahogadas por la vanidad y por su preocupación erudita; nos recuerda a Ate­neo más que a Petronio.

F. Gabrieli

Abū Ishāq Ibrāhīm ibn Yahyà Azarquiel

Astrónomo hispanoárabe del siglo XI, cuya fama e influencia se extendieron por toda Europa hasta el siglo XVI.

Se ignoran las fechas de su nacimiento y de su muerte, aunque se sabe que ambas ocurrieron en Córdoba, no obstante desarrollar la casi to­talidad de sus trabajos y observaciones en Toledo, por la longitud de cuya ciudad com­puso sus famosas Tablas Toledanas.

No me­nos famosos fueron su astrolabio, y los apa­ratos inventados por él, como la zarca lía y la asafea, amén de sus teorías acerca de las estrellas fijas y el movimiento elíptico de los planetas; todo ello entre los años 435 y 467 de la hégira (1043-1075).

En su obra Alma- gesto (v. Obras astronómicas) combate las teorías de Tolomeo. Sánchez Pérez lo con­sidera el más insigne astrónomo árabe, com­parable con los más célebres de la Antigüe­dad. Alfonso X el Sabio y sus astrónomos se basaron con frecuencia en los cálculos de Azarquiel.

J. R. Manent

Félix de Azara

Naturalista y marino español. N. en Barbuñales (Huesca) en 1746, m. en 1811. Era brigadier de la Armada y en 1781 quedó encargado de establecer los límites de las posesiones españolas y portuguesas de América.

Permaneció veinte años en el Nuevo Mundo. Entre sus obras desta­can Viaje a través de la América Meridio­nal desde 1781 a 1801, que contiene datos de gran valor histórico y científico; varios Ensayos de Historia Natural y un notable tratado sobre las aves del Paraguay.

Manuel Azaña

Escritor y político espa­ñol. Nacido en Alcalá de Henares en 1880, m. en Montauban (Francia) en 1940.

Estudió el bachillerato en el colegio de los agustinos del Escorial y cursó Derecho en Zaragoza; perfeccionó sus estudios en Madrid y en Pa­rís. Secretario del Instituto de Derecho Com­parado y profesor de la Academia de Juris­prudencia.

En el Ateneo de Madrid, centro de actividades culturales y políticas de ten­dencia liberal, encontró Azaña el ambiente ade­cuado para el desarrollo de su personali­dad; de 1913 a 1920 fue secretario y anima­dor de dicho Ateneo, y desde 1930, tras el período de suspensión impuesto por la dic­tadura de Primo de Rivera, presidió la docta casa.

Durante la primera guerra mundial desarrolló activas campañas de prensa en favor de los Aliados y fue corresponsal de guerra en Francia y en Italia. Entre 1920 y 1924 dirigió con Cipriano Rivas Cherif la revista literaria La Pluma y desde 1922 el semanario político España, fundado siete años antes por Ortega y Gasset.

A partir de 1930 tomó parte activa en la vida política y fundó el partido de Acción Republicana. Caída la monarquía, fue ministro de la Guerra y luego presidente del Consejo (1931-33); volvió al poder en febrero de 1936, y poco después fue elegido presidente de la República, cargo que mantuvo du­rante toda la guerra civil.

Después de la ocupación de Cataluña por las tropas fran­quistas, se refugió en Francia, donde mu­rió al poco tiempo. Fue Azaña un escritor so­brio, sagaz, dado a la polémica intelectual y a la crítica fría, precisa, a menudo iró­nica y desdeñosa.

Hombre del ochocientos, formado en gran parte en los pensadores liberales y socialistas franceses, fue en rea­lidad un islote en la literatura de su tiem­po, pero sus estudios sobre Juan Valera, sus ensayos críticos (Ganivet, el Quijote, etc.), las sutiles páginas autobiográficas de El jardín de los frailes (1927), atestiguan su temperamento de escritor refinado y de aus­tero moralista castellano.

Probó fortuna en el teatro con La Corona; y fue orador elo­cuente y docto (En el poder y en la oposi­ción, discursos). Se le debe, además, una notable traducción de La Biblia en España, de Borrow; Los gitanos en España, Plumas y palabras (ensayos), etc. Ya en el des­tierro, publicó en Francia La velada de Benicarló (1940).