Jean-Louis Guez de Balzac

Nacido en 1597 en Angulema y m. en París el 18 de febrero de 1654. En 1618, al regreso de un viaje de estudios a Holanda, entró al servicio del duque de Épernon, y luego al de un hijo suyo, el cardenal De la Valette, de quien fue representante en Roma en los años 1621 y 1622.

Ya en 1624 conoció la celebridad a causa de su primera colección de Cartas; sin embargo, su orgullo le concitó algunas enemistades, y entre ellas la de Richelieu. Retirado a sus posesiones, mantuvo contac­tos epistolares con todos los ingenios de la época, y fue denominado «grand épistolier» de Francia.

En la soledad redactó unas se­tenta Dissertations sobre los principales te­mas de la sabiduría antigua y cristiana, y cuatro tratados: Le Prince (1631), que anti­cipa el retrato ideal del príncipe católico; Le Barbón (1648), Socrate chrétien (1652) y Aristippe ou de la cour (1658).

A ello cabe añadir los veintisiete interesantes volúme­nes de Cartas (v.), con cuya lección de es­tilo fija la prosa clásica su propio carácter oratorio. Mantuvo relaciones constantes con el Hotel de Rambouillet y figuró en la Aca­demia desde su fundación.

S. Morando

Francesco Baldovini

Nacido en 1634 en Florencia, donde m. en 1716. Secretario de un cardenal durante mucho tiempo y amigo de Salvator Rosa, hacia los cuarenta años, y a pesar de una vocación escasa, abrazó el sacerdocio y desempeñó varios cargos eclesiásticos.

Bajo el seudónimo de Fiesolano Branducci publicó la Lamentación de Cecco de Varlungo (v.), pequeño poema erótico-rústico donde muy poco queda del sabor la fragancia de la poesía de este género, propio de los siglos XV y XVI y relacionado con Nencia de Barberino (v.), de Lorenzo de Médicis, y las Agudezas del párroco Arlotto (v.), de Mainardi.

G. T. Rossa

José Agustín Balseiro

Escritor porto­rriqueño n. en Barceloneta (1900). Cursó en los Estados Unidos sus estudios secundarios y obtuvo el título de abogado en la Uni­versidad de Puerto Rico.

Residió en España de 1922 a 1928, y posteriormente, salvo al­gunos breves períodos de estancia en su país (profesó en la Universidad portorri­queña de 1936 a 1938), se ha dedicado a la « enseñanza de materias filosóficas en las uni­versidades de Illinois, Northwestern y Miami.

Miembro correspondiente de la Real Aca­demia Española de la Lengua. Es poeta, no­velista y crítico literario, y su personalidad vigorosa lleva a su isla -los aires de Europa y Norteamérica. Espíritu lírico de raíz ro­mántica (Flores de primavera, 1919), sus bal­buceos modernistas se afianzan pronto (Al rumor de la fuente, 1922; Las palomas de Eros, 1924, y La copa de Anacreonte, 1924), para diluirse en intentos más nuevos con Música cordial (1926) y La pureza cautiva (1946).

Como novelista, se le debe El sueño de Manon (1922), La ruta eterna, La Mal­decida, Cuando el amor nace, En vela mien­tras el mundo duerme y La isla sin alma. Pero Balseiro debe su prestigio esencialmente a su obra de crítica y ensayo, recogida en los tres volúmenes de El Vigía (1925, con pre­mio de la Real Academia Española de la Lengua, 1928 y 1942) y en Novelistas espa­ñoles modernos (1933).

Quizá lo más inte­resante de su trabajo crítico se encuentre en sus estudios de Hostos, Blasco Ibáñez y Unamuno: Vicente Blasco Ibáñez, hombre de acción y letras; El Quijote de la España contemporánea, Miguel de Unamuno; Crítica y estilo literarios en Eugenio María Hostos.

J. Sapiña

Jaime Balmes

Filósofo y publicista es­pañol. N. en Vich (Osona) el 20 de agosto de 1810, m. en la misma ciudad el 9 de julio de 1848. Pertenecía a una modestísima familia de trabajadores; hizo sus primeros estudios en el seminario de su ciudad natal, donde cursó filosofía y teología con excep­cional aprovechamiento.

Pasó luego a la Universidad de Cervera, y allí completó su sólida formación teológica. En 1834 reci­bió las órdenes sagradas, y un año después se doctoró. Enseñó hermenéutica en Cer­vera y en 1837 se encargó de explicar mate­máticas en el seminario de Vich; durante cuatro años desarrolló allí un amplio pro­grama que comprendía aritmética, álgebra, geometría elemental, aplicación del álge­bra a la geometría, trigonometría rectilí­nea y esférica, cálculos diferencial e in­tegral, mecánica racional y astronomía.

Mientras tanto profundizaba sus estudios filosóficos y sorprendía a sus colegas con las muestras de un talento privilegiado y una prodigiosa memoria. Por aquella épo­ca compuso un tratado de Trigonometría rectilínea y esférica para uso de sus alum­nos.

Pero a pesar de algunos triunfos aca­démicos locales y de sus vastísimos cono­cimientos, el nombre de Balmes seguía ignorado incluso en Cataluña. Dedicaba entonces sus ocios a componer versos mediocres en cata­lán y castellano y empezó una novela, pero pronto^ se convenció de que su verdadera vocación era la filosofía, al par que sintió nacer en su espíritu una inquietud política que le llevaba a forjar planes encaminados a la resolución de los problemas de Estado entonces planteados en España.

En 1839 re­mitió a un concurso convocado por un pe­riódico de Madrid, El Madrileño Católico, una monografía sobre El celibato en el cle­ro, que al ser premiada y publicada le abrió las puertas de la notoriedad. En 1841 era elegido miembro de la Academia de Buenas Letras de Barcelona, y al año siguiente hizo un viaje a París.

A su vuelta fundó en la capital catalana, junto con Roca y Cornet y Ferrer y Subirana, la importante revista La Civilización. En 1843 se separó de sus colaboradores para fundar La Sociedad, pu­blicación que redactaba por sí solo y que alcanzó notable éxito.

Pasó a Madrid, donde en 1844 inició El Pensamiento de la Nación (v.), semanario del cual era también único redactor. En sus páginas expuso Balmes sus ideas políticas y sociales, en campañas que le dieron celebridad e influencia; el objetivo político inmediato era lograr la reconcilia­ción de las dos ramas dinásticas de la casa de Borbón con el matrimonio de Carlos, conde de Montemolín, con Isabel de Borbón, futura reina de España.

Cuando por resis­tencias de la corte de Francia y aun de altas presiones españolas, fracasó aquel pro­yecto, Balmes, sinceramente afligido, se retiró de la polémica política. Ya en 1843, durante la revuelta en Barcelona contra el Gobierno de Espartero, había pasado momentos de gran peligro; por fin pudo refugiarse en el pueblo de Prat de Dalt, donde en quince días escribió El criterio (1845, v.), verda­dero manual del buen sentido y de la mo­ral práctica, que tuvo muy favorable aco­gida y del cual se han hecho numerosas ediciones en castellano y catalán.

Le que­daban pocos años de vida, que dedicó a los estudios filosóficos. En 1848, meses antes de su muerte se retiró a su Vich nativo. A par­tir de 1840 su actividad de escritor fue in­tensísima; produjo, además del citado Cri­terio y otras importantes obras, Observa­ciones sobre los bienes del clero (1840), El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la civilización euro­pea (1844, v.), tratado exhaustivo y docu­mentadísimo, que en gran parte es una crí­tica de la Historia de la civilización, de Guizot, y que fue traducido al francés, in­glés, alemán y latín; Consideraciones polí­ticas sobre la situación de España, Filosofía fundamental (1846, v.) y Filosofía elemen­tal (1847), obra esta última que comprende tratados de lógica, metafísica, estética, ideo­logía, gramática general, psicología teórica, ética e historia de la filosofía.

En cuanto a la Filosofía fundamental, es un tratado ambi­cioso que contribuyó, junto con otras obras filosóficas de Balmes, al florecimiento y reafirma­ción de la neoescolástica, hasta el punto de que su influjo se ha ejercido sobre el carde­nal Mercier y la escuela de Lovaina; y Car­tas a un escéptico en materia de religión (1847, v.), en las que el autor intenta resol­ver las dudas y los grandes problemas de la dogmática y la moral católicas, en un estilo ameno y afable, teñido a veces de leve iro­nía.

En cuanto a la filosofía de Balmes puede decirse que, en su parte crítica, se endereza principalmente a la comprensión, análisis y refutación del empirismo inglés, el kantis­mo y el idealismo alemán, sobre todo Hegel. El estilo de nuestro autor es claro y bien trabado, como de un escritor formado en el rigor de las disciplinas matemáticas.

En su prosa polémica no deja de asomar aque­lla manera típicamente clerical entre pro­tectora y burlona, aunque en nuestro autor no alcanza nunca los acentuados tonos que adoptaron muchos de sus imitadores. Sus ideas políticas se basan en el sentido común (el «seny» de los catalanes) y en un cris­tiano y sincero anhelo de paz y concordia entre las fuerzas en pugna; pero le faltó la ambición personal y el marrullero maquia­velismo, sin los cuales era muy difícil im­ponerse en ese terreno: la nobleza y la buena fe siempre han sido armas poco efi­caces en el turbio juego de la política prác­tica.

No podemos adivinar los ulteriores des­pliegues de una inteligencia como la suya, muy superior a la de la inmensa mayoría de sus contemporáneos; murió a los 38 años, cuando su vida de pensador acababa de al­canzar su madurez. El ejemplo de sus cla­ras virtudes, sobre todo de su juicio y su tolerancia han tenido, por desgracia, pocos seguidores.

En el claustro gótico de la cate­dral de Vich se levanta una estatua de Balmes y la ciudad de Barcelona ha dado el nom­bre del filósofo a una de sus calles’ más importantes. Sus obras completas aparecie­ron en 1925, en Barcelona (33 vols.).

Filippo Baldinucci

Nacido en 1624 en Flo­rencia, donde m. el 1.° de enero de 1696. Dibujante y pintor aficionado, alcanzó gran fama como coleccionista y experto, por lo que el cardenal Leopoldo de Médicis le encargó la catalogación de su célebre colec­ción de grabados.

A la muerte de éste (1675) el gran duque Cosme ÍII confirmóle en tal misión, y Baldinucci pudo terminar por entero su labor, a la que añadió un catálogo de artis­tas, Noticias sobre los profesores de dibujo desde Cimabue hasta nuestros tiempos (v.), cuyos tres primeros tomos aparecieron en 1681 y fueron completados por otros tantos publicados con carácter postumo en 1728.

En la primera de estas dos fechas vio tam­bién la luz el Vocabulario toscano del arte del dibujo (v.), y ambas obras elevaron a Baldinucci a la categoría de socio de la Academia de la Crusca. Compuso, además, algunas biografías y algunas comedias en el len­guaje vulgar de Florencia. Como coleccio­nista dejó un millar de grabados, que en 1806 pasaron al Louvre.