El emperador Adriano, a sus sesenta y dos años y sintiendo próximo su fin, escribe una larga carta al joven Marco Aurelio para rememorar para él toda su existencia. En primer lugar evoca su juventud, los viajes, las conquistas. No obstante la gloria, permanece lúcido: es consciente de que Roma terminará un día por declinar y, sin embargo, su sentido de lo humano, heredado de los griegos, le hace comprender la importancia de pensar y de servir hasta el fin.
El encuentro con un joven griego, Antinoo, ilumina la vida del emperador con una singular pasión: «no fui dueño absoluto más que una vez y de un solo ser». Desgraciadamente Antinoo se suicida y Adriano no se siente ya más que un sobreviviente para el que todo tiene «un rostro deforme». Mas en el conflicto entre el hombre y el emperador, este último aventaja al primero y Adriano vive dedicado a su «tarea» con un discernimiento más grande que el mero fervor de otros tiempos.
Las fuerzas, mientras tanto, comienzan a abandonarlo, su cuerpo no actúa ya en sincronía con su voluntad y luego, paulatinamente, se manifiesta la enfermedad que habrá de llevarlo a la muerte. Y este emperador que, hasta el último momento, será amado con amor humano por haber sabido adaptar toda grandeza a una dimensión humana, acaba así su carta a Marco Aurelio: «Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos…».

