[Die Kronenwáchter]. Novela histórica, la mayor obra narrativa de Ludwig Achim von Arnim (1781-1831) que quedó inacabada y fue publicada en dos partes: la primera en 1817 y la segunda, póstuma, en 1854. El motivo dominante es la idea imperial, la defensa de la corona de los Hohenstaufen. La acción se inicia en 1512, cuando el reino del emperador Maximiliano toca a su fin. Los «custodios de la corona», Bartolo y Antonio, los protagonistas, respectivamente, de las dos partes de que se compone la novela, convencidos del imperecedero poder de la corona imperial y rígidos defensores de las instituciones establecidas, velan sobre el último descendiente de la estirpe imperial, que vive ignorado e ignorante él mismo de la dignidad de su origen. Necesidades de orden práctico les ponen en contacto con las fuerzas nuevas del Estado, con el elemento burgués de la ciudad; y del contacto surgen las diferencias, porque éstos representan la nobleza apegada a las tradiciones, a las formas de vida de una generación que declina, sordos a la llamada de la vida que les rodea.
Bartolo y Antonio se ven envueltos en una serie interminable de aventuras ora cómicas (como la aventura del ingenuo Antonio, engañado por tres muchachas que lo eran todo menos ingenuas), ora fantásticas (como el episodio del sastre Fingerling que hace el vestido nuevo a Bartolo), ora maravillosas (como la transfusión de sangre llevada a cabo por el doctor Fausto), ora patéticas (como la obra redentora de Susana para con Antonio), que demuestran cómo en su contacto con la realidad éstos están condenados a fracasar y, es más, a menudo de idealistas soñadores se convierten en odiados opresores del pueblo y toda su actuación pierde así eficacia. Se consumen sin beneficiar a la corona que custodian, porque están cerrados (y ésta es, históricamente, su equivocación) a las corrientes nuevas que irrumpen por todas partes. La novela nos revela al autor como el atento observador de la realidad que ya dejaban entrever sus historias a pesar de que su hegemonía reside en un espíritu fantástico, que ama la aventura en un mundo de cosas inusitadas y maravillosas. Es notable en toda la novela, además de la vena humorística que anima muy a menudo los episodios y las situaciones, la inagotable fantasía y el intenso sentimiento religioso que colocan a Arnim en el centro del romanticismo alemán.
No se podría silenciar el admirable prefacio titulado Poesía e Historia (fechado en 1817), que Achim von Arnim juzgó necesario colocar al principio de su libro, y que es, sin duda alguna, en breves páginas, uno de los textos más lúcidos y más representativos de la escuela romántica. El autor resume en él, con absoluta libertad y rigor de pensamiento, su experiencia poética. Reemprendiendo en cierto, modo la cuestión crucial que se halla en el centro de toda su obra: «Aquello que creamos, ¿es para nosotros?», plantea su interrogación hasta el extremo de poner en duda la necesidad misma del acto de pensar. Desde las primeras palabras, puede captarse toda la gravedad de la interrogación, toda la sinceridad con que ella está señalada: « ¡Todavía una jornada pasada en la soledad de la poesía!» Luego prosigue el autor evocando el trabajo del labrador, que ve desde su ventana, y cuyo rasgo esencial es el estar en acuerdo perfecto con la tierra y el sol. Frente a esto, la «actividad que se aparta de la tierra y que aún cree comprenderla», dicho de otro modo, el trabajo del espíritu, ¿no engendra la destrucción? ¿No está volcado hacia la destrucción? «Al llegar a la noche de su larga jornada, el trabajador de los campos del espíritu no comprueba otra cosa que su propia fragilidad».
En este punto extremo de la duda, se podría llegar a creer que el poeta va a renunciar, y a callarse. Pero, por un movimiento de un rigor dialéctico absoluto, «esta prueba, la más severa de todas, abre (al poeta) la puerta de un universo nuevo». Puesto que no es verdad que en el instante mismo en que el espíritu quiere renunciar, experimente el hombre que fuera del espíritu no existe nada, todo se desencarna: «el espíritu ama sus obras perecederas», testimonios ciertos de esa eternidad hacia la que precisamente tendemos. En efecto, «si la escuela de la tierra era inútil para el espíritu, ¿por qué éste se encarnó en ella?». Pero — nos hace notar inmediatamente el poeta, apreciando así las cosas en su más justa medida —, si jamás lo espiritual pudiera llegar a ser enteramente terreno, « ¿quién abandonaría la tierra sin desesperación?» Planteadas estas cuestiones, ¿cómo definir la poesía? A diferencia de la historia, la poesía no pertenece enteramente a esta tierra, pues los hombres no iban a elevar a la cumbre la realidad temporal, en la que ellos permanecen provisionalmente. Ciertamente, la historia debe ser: «claridad, pureza, ausencia de color», y quienquiera que vaya contra cualquiera de estas cualidades, corrompe necesariamente «la poesía que debe nacer de allí».
Pero sólo la poesía es conocimiento total, y el poeta es un «vidente» (ésta es la palabra que emplea Arnim). Tras haber definido las delicadas relaciones que deben guardar la historia y la poesía, empleando palabras que no dejan de recordar la idea que Paul Valéry se hizo del poeta, el autor concluye: «La pasión permite simplemente percibir… lo que podría llamarse el canto salvaje de la humanidad; y es así porque ella no ha tenido jamás poetas sin pasión. Pero no es la pasión la que hace al poeta… Ningún poeta hizo jamás su obra perdurable en el instante mismo en que estaba bajo el imperio de la pasión». Y así, por nuestra parte, es preciso concluir, recordando simplemente que el texto fundamental de esta obra está fechado en 1817.
El misterio en el que nos introduce Arnim es simultáneamente tan fuerte y tan sutil, que en él todo aparece posible y natural, parece que sea nuestro mundo — tal como nosotros lo concebimos — que se hace pequeño, triste y poco real, cuando hemos cerrado las páginas del libro. (J. Jaloux)

