Los Caprichos del Conde Ottavio, Ugo Ojetti

[I capricci del conte Ottavio]. Bajo este título Ugo Ojetti (1871-1946) recogió y publicó en dos volúmenes (1908-1909) una serie de artículos escritos para la «Illustrazione Italiana» entre 1904 y 1907. Basándose en hechos y anécdotas de la vida política, literaria, artística y mundana, el autor pre­senta interesantes bosquejos, hombres ilus­tres, paisajes y cuadros de ambiente, llegan­do a menudo a sobrias consideraciones ge­nerales. Encontramos aquí el eco de las vi­cisitudes parlamentarias italianas del perío­do de Giolitti, de la lucha entre ortodoxia y modernismo, de la excitación de ideas que agitaba a Europa en el primer decenio del siglo XX. Se recuerdan en páginas crí­ticas o anecdóticas a escritores clásicos, como Petrarca, o modernos, como Goethe, Manzoni, Pellico (de quien recuerda que muy románticamente lloró treinta y dos veces entre el arresto y la liberación), Keats, George Sand, Musset y Víctor Hugo (ob­jeto de un ensayo que se puede definir como una divertida crítica). Se pone de manifiesto el fracaso «del conde Tolstoi, anarco cristiano, pero no de León Tolstoi novelista, pues éste es intangible». Se ha­bla de otros autores contemporáneos de varias literaturas: Taine, France, Barrés, Hérédia, Brunetiére, Malot, Ibsen, Carducci y Pascarella, d’Annunzio y Fogazzaro, y otros de muy diverso valor. También, con agrado, Ojetti se ocupa de teatro, hablándonos por ejemplo de la Ristori, de la Duse, de Sarah Bernhardt.

Pero más a menudo, debido a su competencia en materia de cri­tica artística, evoca a los grandes nombres del pasado (Signorelli, Tintoretto, Rembrandt, Fragonard) y nos ofrece retratos de artistas más recientes o a los que él mismo conoció: Leabach, Boldini, Coreos, Bistol y muchos más. Un encuentro con el gondole­ro de Ruskin le da ocasión para publicar alguna que otra carta desconocida de éste. Frecuentes los recuerdos de ciudades visita­das en Italia, en Francia, en el Oriente y en América; vivaces y llenas de color ciertas descripciones: el belén del Ara Coeli en Roma, el lavado de los pies a doce pobres en San Lorenzo de Florencia y, en la misma ciudad, los caprichos de las palomas del Sábado Santo; los funerales de G. Giacosa y de G. Carducci, la botadura de un aco­razado, el mercado de Scutari; los bazares del Cairo y un ocaso admirado desde el Nilo, los hoteles de Nueva York y los ma­taderos de Chicago. No faltan tampoco anécdotas graciosas. Las reflexiones de Ojetti son, al menos en apariencia, ligeras, casi bosquejadas, y enderezadas con un amable escepticismo, que sin embargo deja vislumbrar un fondo de serenidad. Le acu­saron de verlo todo negro; y él contestó: «Soy optimista… Pero mi optimismo es, como todo lo que es mío, muy limitado». Al igual que en otras obras, también en ésta Ojetti escribe italianamente, con soltura de períodos, con vivacidad, y nunca llega a cansar.

G. Seregni