Historia de la Pintura en Italia, Stendhal

[Histoire de la peinture en Italie]. Obra de Stendhal (Henri Beyle, 1783-1842), escrita entre los años 1811 y 1817 y publicada en París en 1817 con el nombre del autor ocul­to bajo las iniciales M. B. A. A.: «Monsieur Beyle ancien auditeur».

Volvió a publicarse en 1854, en la edición de las obras completas de dicho escritor, así como en edición crítica de P. Arbelet, formando parte de la colección «Champion» (1924) y, posteriormente, en 1929, en la colección más completa del «Diván», dirigida por H. Mar- neau. Consta de siete libros, de los cuales el IV y el V contienen, junto a informacio­nes históricas variadísimas, divagaciones teórico literarias reunidas bajo el título «El ideal de lo bello entre los antiguos»; el VI, de carácter semejante, se titula «El moder­no ideal de lo bello». Los libros restantes tratan del desenvolvimiento de la pintura italiana por este orden: el I, desde los pre­cursores de Giotto a Giotto; el II, de Giotto a Leonardo; el III está consagrado a la vida de Leonardo; el VII, a la de Miguel Ángel. Sigue un epílogo en el cual se indica al lector «que posea la facultad de pensar con su propia cabeza», el modo de llegar a ser «casi artista» en cincuenta horas. Sabido es que Stendhal, para esta obra, se aprovechó mucho de la Historia pictórica de Italia (v.) de Lanzi, originando uno de los más extraordinarios ejemplos de plagio en los tiempos modernos.

De ello se tuvo pronto conocimiento en Italia, cuando Vieusseux, desentonando en el coro de alabanzas, es­cribía en la «Antología» (1823): «Cualquiera que sea el valor de esta obra, juzgamos que no llegará a ser de utilidad para los italia­nos que ya posean la Historia de la pintura del Padre Lanzi». Pero a lo que tradujo, casi al pie de la letra, del escritor setecentista, aportó Stendhal una amplísima selec­ción de observaciones, apuntes, anécdotas, recuerdos, dudas y, todo ello, en forma tan inesperada, que el efecto es tanto más nue­vo y sorprendente y la curiosidad del lector se mantiene alerta, en tensión y vibración continuas. La vivacidad y la riqueza inte­lectual de Beyle, que incluso aquí se nos muestra sagaz e ingenuo, diligente y pere­zoso, apasionado y escéptico, y su estilo expresivo, nervioso, chispeante, confieren un carácter inconfundible a la obra, la cual, desde el punto de vista de la historia del arte, encierra en cambio escaso valor. Ca­rece, ante todo, de coherencia en las ideas generales: mientras, informándose en Lanzi, Stendhal recoge juicios inspirados en la orientación clasicista-académica que, aun­que en forma moderada, domina todavía la concepción del escritor italiano, polemiza, por otra parte, de un modo vivaz, contra el concepto del ideal de lo bello en la An­tigüedad, premisa imprescindible de aquella orientación.

Además, en aquellas páginas todo indica una falta de preparación res­pecto al tema, improvisación y carencia ab­soluta de sentido crítico. Sin embargo, es notable que el autor aspire, aunque confusamente, a elevarse hasta la persona­lidad del artista para comprender su po­sición sentimental respecto del mundo. Tal aspiración, de naturaleza romántica, se pre­cisa particularmente a propósito de Leo­nardo, en el cual, y a través de muchos errores estimativos y de atribución, Stendhal llega a una idea que será recogida por la crítica más reciente: la intuición del fun­damento melancólico del espíritu leonardesco, que halló su medio expresivo con el predominio de la penumbra («difuminado»). La parte inédita de la obra — Escuelas ita­lianas de pintura — fue publicada por Martineau (París, 1932).

M. Pittaluga