Escuchad la Voz, Franz Werfel

[Hóret die Stimme). Novela de argumento bíblico-histórico del escritor austríaco publicada en 1938. Entre un prólogo y un epílogo de ambiente moderno se de­sarrolla bajo forma de visión la historia del profeta Jeremías.

El prólogo, en tres capí­tulos, presenta a un grupo de turistas en animada conversación en una terraza de hotel a orillas del mar Muerto; a conti­nuación hay un viaje a Jerusalén y una visita al templo. El interés del escritor y también del lector se centra en la figura enigmática, por su silencio pensativo, de Clayton Jeeves, inglés de origen hebreo que, por la muerte de su joven espo­sa, atraviesa una crisis espiritual debido a la cual su vena de escritor parece haberse agotado. En dicho período se ha sumido en el estudio de la Biblia, reviviendo con toda el alma la vida de su pueblo. Este trabajo interior se revela de repente en un rayo de inspiración producido por la visión inmediata del templo.

En una especie de extática «ausencia» de la realidad, en la que sus vicisitudes personales se mezclan con las reminiscencias bíblicas, toda la historia de la decadencia del pueblo hebreo ligada con la vida y obra del profeta Jere­mías, penetra en su espíritu. De los esplen­dores de los tiempos felices del rey Josías hasta la caída de Jerusalén por obra de Nabucodonosor, la destrucción del Templo, el destierro de los hebreos a Babilonia y la marcha de los últimos supervivientes de la casa de Jacob hacia Egipto, junto con Jeremías, los hechos históricos se suceden en una serie de cuadros, cuya grandiosi­dad subyuga y desconcierta al mismo tiem­po. Josías, Joacaz, Joaquín, Jeconías; los últimos reyes de Judea desfilan ante nos­otros, en la magnificencia del triunfo y en la trágica ruina de la derrota, del trono a la cárcel, de la gloriosa muerte en campa­ña del primero, hasta el humillante destie­rro egipcio del segundo, anormal e inepto, y hasta la ignominiosa muerte en la em­briaguez de perfumes del tercero, afemina­do y vil, o la cruel prisión entre cadenas del cuarto, orgulloso jovencito inocente deportado a Babilonia, y la ceguera ante los cadáveres de sus hijos despedazados del último, que, caballeresco pero ambicioso, también prisionero en Babilonia, consi­dera con su completa catástrofe, la de su familia y de su pueblo, el error de no haber obedecido a la voz del profeta.

Y la voz del profeta Jeremías es la voz de Dios que en vano se eleva para disuadir primero a Josías vie que haga frente al faraón Necao en batalla abierta, luego a Sedecias para que no se enfrente al poder fatalmente triunfador de Nabucodonosor y de Babilo­nia. «Escuchad la voz…»: pero ni rey ni pueblo la escuchan, ni en los grandes su­cesos políticos que trastornan los destinos de las naciones, ni en la conducta moral, que desdeña los preceptos divinos y atrae el castigo inexorable de la justicia suprema. Escogido por Dios y «profeta de la desgra­cia» pese a su índole humilde y esquiva, Jeremías sufre la trágica suerte de quie­nes tienen el valor de proclamar la verdad frente a príncipes y pueblos que no la quie­ren escuchar. Werfel narra y escruta su vida, desde la primera juventud en la casa paterna de Anatot, donde le alcanza la voz de Dios, a través de todos los sucesos famulares y públicos, externos e internos, en perpetua lucha con el mundo, ya bus­cado como revelador del futuro, ya escar­necido, torturado, desterrado, perseguido, ya amigo y compañero del rey en el trono y en el destierro, ya en la oscuridad de una cárcel o en la hediondez de un estercole­ro.

Siempre fiel a su ineludible vocación, pese a las debilidades y rebeliones, renun­cia a la dulce vecindad de la madre, a las alegrías de la vida conyugal (la poética figura de la i oven egipcia Zenua, herida de muerte por una enfermedad misteriosa la víspera de las bodas, es una advertencia aleccionadora); ora oculto, dicta a su discí­pulo Baruc las palabras reveladas por Dios, en la obra que, destruida la primera vez y redactada de nuevo, vivirá inmortal; ora desafía en público las burlas de la plebe, el odio de sacerdotes y generales, la cólera del rey. Y acompaña a su pueblo hasta la extrema ruina, que es también el inicio de una nueva vida: entre las ruinas del templo todavía llameante, Jeremías pide a Dios una señal de consuelo, una promesa de salvación; y encuentra, en efecto, un fragmento de las destruidas Tablas de la Ley, en el que se leen aún las palabras del Decálogo: «con el fin de que vivas».

Con este mensaje de redención, la novela bí­blica acabada con un epílogo que se titu­la: «Incipit vita nova». La fulgurante vi­sión de Clayton Jeeves se ha desvanecido, dejando el germen de una inspiración fe­cunda, que en la vuelta a la realidad pre­sente dará al escritor fuerzas para el tra­bajo y la creación artística. Así Werfel en­laza simbólicamente el pasado con el pre­sente y a los perseguidos de hoy repite las palabras de fe en la renovación a través de la lucha, el sufrimiento y la muerte. La novela, ya poderosa en la evocación, ya desconcertante con sus farragosas abstrac­ciones, con desigualdades de valor artísti­co, abunda sin embargo en espíritu profético y, como muchas obras de Werfel, es expresión de su profundo sentimiento re­ligioso de la vida. [Trad. española de H. Fernández (Buenos Aires, 1946)].

C. Baseggio