Dión o el examen de si mismo, Sinesio de Cirene

Obra histórico literaria escrita alrededor del año 405 por el que era alumno de la célebre neoplatónica Hipatia y obispo de Cirene desde 411. El Dión, para el cual Sinesio se inspira en la Vida que Filostrato de Lemnos había escrito de este personaje, aunque tratando sólo de su acti­vidad de sofista, es quizás el más importan­te y acabado de los escritos de carácter fi­losófico de Sinesio; está dedicado a su pri­mer hijo, cuyo nacimiento le había sido anunciado en un sueño, y se divide en tres partes: la primera trata de Dión de Prusa y de sus obras, la segunda contiene una de­fensa de la poesía y de la sabiduría contra sus detractores, y la tercera traza el ideal del filósofo.

Dión, según el autor, personi­fica este ideal, porque en él se unían a la profundidad del talento y la capacidad de especulación, necesarias al filósofo, las vir­tudes del retor, o sea la elocuencia y en general el arte de expresar los propios pen­samientos y hacer partícipes de ellos a los demás. Al filósofo también, que debe ser hombre en el sentido más elevado y com­pleto de la palabra, le son indispensables las virtudes morales que le hacen digno de ser escuchado y respetado por todos. Como ejemplo de esta fusión de la filosofía con la elocuencia y la virtud, Sinesio pone a Sócrates, del cual traza sin embargo una imagen mucho más próxima a la interpre­tación que de él habían dado los cínicos que a la verdad.

El Dión, más que por las noticias que nos da acerca del personaje a que está dedicado, es importante porque expresa muchas ideas personales del autor y nos permite conocer muchas cosas no sólo de la cultura y de la vida intelectual del mismo Sinesio, sino, a través del ideal que traza, de los demás hombres cultos de su tiempo. Las fuentes de que, según él, debe partir el filósofo, son Platón (de cuya obra encontramos continuas referencias en el Dión, aun a través de la interpretación neoplatónica y los cínicos; es decir, las mismas fuentes que influyeron predominan­temente en la cultura de este último perío­do del helenismo.

C. Schick