Comentarios sobre los Acontecimientos del Concilio De Basilea, Enea Silvio Piccolomini

[Commentarii de gestis Basiliensis Concilii]. Fueron probablemente escritos por Enea Silvio Piccolomini (1405-1464), hacia 1440, poco después de la elección del antipapa Félix V (Amadeo VIII de Saboya). Escritos origi­nariamente en tres libros, de los que se ha perdido el III, están por completo de­dicados a la defensa del concilio y del anti­papa. Más tarde el autor, elevado al pon­tificado con el nombre de Pío II, compuso, como retractación, el De rebus Basileae ges­tis stante vel dissoluto concilio (editado en Roma, en 1823, por C. Fea); pero es obra fría y pesada. El primer libro de los Com­mentarii se abre con la gran cuestión, que agitó a los concilios de Constanza y de Basilea, convocados respectivamente en 1414 y en 1431: ¿la autoridad del pontífice es superior al concilio o le es inferior? ¿La organización de la Iglesia ha de ser monár­quica o republicana? La discusión era anti­gua; remontábase a los primeros siglos del Cristianismo, cuando la autoridad del obis­po de Roma no estaba aún claramente afianzada y los concilios, regionales y ecuméni­cos, decidían sobre las más relevantes cues­tiones. Piccolomini que, una vez elevado a la cátedra de San Pedro, habría de defen­der firmemente la superioridad pontificia, sostuvo, por el contrario, la superioridad conciliar cuando todavía era Enea y no era aún Pío. Llegado a Basilea en 1432 en el séquito del cardenal Domenico Capranica, se reveló de repente enemigo del papa Eu­genio IV, obrando como tal en toda oca­sión hasta el punto de conspirar junto con el obispo de Ferrara. Nombrado en 1436 es­critor y abreviador del Concilio, tomó en él la palabra el 16 de noviembre de aquel mis­mo año.

Fue «Clericus ceremoniarum» en el cónclave que eligió al antipapa Félix V (año 1439), de quien llegó a ser secretario y cuyos derechos defendió, junto con la au­toridad del Concilio. Los Comentarios son la expresión elocuente de este proceder de Piccolomini, para cuya justificación fueron precisamente escritos. En el primer libro, esmaltado de recuerdos personales, Picco­lomini no se limita a describir las tumul­tuosas reuniones en las que los prelados se muestran cada vez más inquietamente hos­tiles a Eugenio IV, acabando por deponerle. Afirma solemnemente, apoyándose en la tra­dición, no sólo la superioridad del Concilio sobre el papa («constari iam ómnibus arbitror Romanum pontificem subesse concilio»), sino también el derecho del Concilio a reunirse contra la voluntad del pontífice, que así se convierte en un simple delegado de los más altos dignatarios de la Iglesia. El segundo libro, que narraba la deposición de Eugenio IV, se ha perdido, como queda di­cho. El tercero da comienzo con la descrip­ción de la epidemia de peste en Basilea, epi­demia en la que el mismo Piccolomini cayó gravemente enfermo. El estrago fue terrible: «los ciudadanos iban muriendo sin interrup­ción, y como a los primeros fríos del otoño caen las hojas en el bosque, así iba pere­ciendo la juventud». Pero al drama del co­mienzo corresponde una casi festiva con­clusión. En calidad de «Clericus ceremonia­rum» del cónclave disidente que había de encontrar en Amadeo VIII de Saboya al an­tipapa Félix V, Piccolomini se complace en extenderse sobre la comida de los reclusos, sobre las picardías de los criados, sobre e] rigor de los guardianes y sobre el alborozo de los mendigos que banqueteaban con las viandas que debían llegar, pero no llegaban, a los deliberantes. La vivacidad del estilo de Pío II toma al fin ventaja sobre la se­riedad de las controversias teológicas.

E. Garin