La Comida del León, François de Curel

[Le repas du lion]. Drama en cuatro actos de François de Curel (1854-1928), representado en París en 1897. Este drama, que lleva a la escena el problema de las relaciones entre capital y trabajo, no se puede definir, sin embargo, como drama social; se centra enteramente en la figura del principal intérprete y las varias fases del conflicto sirven solamente de marco para una biografía excepcional. El joven conde Juan de Miremont, enamo­rado de sus viejos bosques, en un arrebato de ira contra los industriales que perturban su paisaje, inunda una mina. Un obrero que había quedado en el fondo del pozo se ahoga y el joven, trastornado, jura delante de su cadáver que dedicará toda su vida al bien­estar de los obreros. Le volvemos a encon­trar al cabo de quince años, cumplidor de su promesa, orador aplaudido y poderoso. Pero un día le impresiona una conversación con un gran industrial, que, sosteniendo que un patrono enérgico y capaz es más útil al bienestar social que cualquier refor­mador, le hace consciente de la propia vo­cación; y entonces Juan vuelve a tomar el puesto de mando que le corresponde en la industria minera, y, como un fuerte león, en una violenta escena, se defiende contra las acusaciones del capataz Roberto Charrier, gritando que la crueldad de los leones es más benéfica que cualquier mansedumbre para los chacales que se alimentan con los restos de sus comidas. La contestación de los chacales no se hace esperar; en un mo­tín los obreros matan a su cuñado y Juan toma decididamente su puesto en la direc­ción de las minas. Al cabo de treinta años le encontramos nuevamente en la cumbre de su poder, y, junto a él, a Roberto Charrier, otro temple de león que, abandonando el antiguo colectivismo ha llegado a ser hoy ministro de Trabajo. Los jefes de los dos partidos, llegando por distintos caminos a la victoria se sonríen: emprendieron el ca­mino para amar y llegaron a conquistar, se­gún la ley de los más fuertes. Al igual que en otras obras suyas, De Curel no busca la solución de un problema, sino que repre­senta con dramática intensidad el choque de sus premisas contrastantes. Por esto, sus dos protagonistas siguen siendo típicas fi­guras de la atormentada intensidad vital, tan querida por el arte «fin de siglo».

E. C. Valla