Carlota en Weimar, Thomas Mann

[Lotte in Weimar]. Es una especie de novela histórica publicada por el escritor alemán Thomas Mann (1875-1955). Pertenecía, éste, a un medio burgués, de origen judío. Sin em­bargo, Thomas, con su hermano Heinrich (v.), renunció a las tradicionales activida­des de la familia para dedicarse a la lite­ratura, en la que logró un lugar destacado. Su obra, Los Buddenbrook (v.), en la que describe el curso vital de una prestigiosa firma mercantil que tras algunas genera­ciones de opulencia y de alta consideración social inicia una era de decadencia y rui­na, lo consagró como uno de los grandes maestros de la novela de nuestro tiempo, título que confirmaría con otra narración prodigiosa, La montaña mágica (v.). Es de observar en la producción de Mann la con­fluencia de dos corrientes, la germánica (severidad moral, profundidad filosófica) y la latina (pasión vital, exaltación artís­tica), conjugación que llevó al genio de Goethe a la inmortalidad. La atracción de Mann por el gran modelo es notoria. Car­lota en Weimar fue escrita en 1939, duran­te su destierro voluntario de alemania en el período nazi (las primeras entregas apa­recieron en la revista anti nazi dirigida por él, “Mass und Wert”); es evidente su in­tención de dolorosa protesta al contraponer la barbarie moral de la época hitleriana con la elevada cultura espiritual de la era goethiana, que penetraba hasta las capas inferiores de la sociedad.

La base histórica está dada por la visita de Char­lotte Buff, viuda de Kestner (la famosa Lotte, heroína de la novela goethiana Las cuitas del joven Werther, véase) a su her­mana residente en Weimar, en 1816, acom­pañada de su hija (un tipo algo agrio y sarcástico, solícita enfermera de un her­mano paralítico), en cuya ocasión volvió a ver a su célebre adorador de otros tiempos, Goethe, que ya tiene sesenta y siete años, y es su invitado en un banquete, y luego en el teatro de la Corte, cortejada y festejada por la sociedad de Weimar. El relato empie­za con la llegada de Lotte al Hotel del Elefante, donde el factótum Mager, apenas lee en el registro de los huéspedes el nombre de la recién llegada, se abandona a una espe­cie de conmovedor éxtasis cómico por el honor de recibir a un personaje goethiano tan gloriosamente famoso. Lotte es des­crita por el autor con la minuciosidad qui­zás excesivamente analítica que distingue su estilo, con todos los pequeños defectos aportados por la edad, con un leve tic ner­vioso de la cabeza, pero simpática en su graciosa seriedad y en su humorismo bo­nachón, con una puntita de resentimiento contra el gran hombre que la entregó, a ella y a su difunto esposo, a la pública cu­riosidad para no volverle a dar, en 44 años, la menor señal de vida. Sin embargo, cier­ta curiosidad femenina, que Goethe llamará “golosa”, le induce a escribir un billete amable al amigo de antaño. Entre tanto la noticia de su llegada se ha difundido por Weimar como un rayo y, antes de que pueda dirigirse a casa de su hermana, el edificio está rodeado por una multitud de todas las clases sociales, que quiere ver a -la Lotte de Werther. Desfilan los ilustres visitantes. Lotte recibe a cuatro, a cada uno de los cuales está dedicado un capitu­lo. Primero una joven dibujante inglesa, Rosa Cuzzle, una especie de precursora de los actuales reporteros que, siempre de via­je, consigue de las maneras más inesperadas obligar a los personajes más ilustres, desde Napoleón prisionero hasta Nelson, a dejarse retratar por ella.

El segundo visitante es el Dr. Federico Guillermo Riemer, secreta-rio de Goethe, un pozo de ciencia, bizco y pedante, que prefiere una vida anónima de modesto profesor de liceo en Weimar a la sombra del titán, a lanzarse a la carrera universitaria en otro lugar; uno de esos cazadores y anotadores de todos los detalles de la vida de Goethe, según el tipo del fa­moso secretario Eckermann. Viene luego la joven y divertida literata Adela Schopenhauer, hermana del filósofo, introducida en todas partes por su madre, Johanna Schopenhauer, novelista, llegada precisamente de Dantzig a Weimar para abrir un salón lite­rario, frecuentado por Goethe y la mejor sociedad. Adela, con su lenguaje florido, quisiera persuadir a la ilustre amiga de Goethe para que usase de su influencia ob­teniendo que el hijo del genio, Augusto, no se casase con su amiga predilecta, Otilia von Pogwisch; sigue la descripción y la historia de la futura nuera de Goethe, gra­ciosa y aristocrática, de alma prusiana, con­trapuesta al infeliz hijo de Goethe, pedante y alcoholizado, y a su madre, la «Mamsell» Cristina Vulpius. Pero ahora aparece el pro­pio Augusto en persona que, como emba­jador de su padre, lleva a Lotte y a los suyos la invitación a una comida íntima. Es particularmente conseguida la descrip­ción de aquel desgraciado «hijo del amor», cuidada por el autor con amorosa simpatía: su pedantería profesional, junto con un sen­timiento de venganza contra la buena so­ciedad, que ha amargado su vida así como la de su madre recién muerta; su conmo­vedora esperanza de una rehabilitación en su matrimonio con Otilia. Todo ello es co­ronado por el séptimo capítulo, especie de monólogo de Goethe en su despertar matu­tino — el estilo imita a maravilla la termi­nología del poeta — donde la muerte re­ciente de Cristina y la aventura con Mariana-Suleika (v. Diván occidental-oriental) se combinan en el espíritu del gran hom­bre, ya en el umbral de la vejez, con la actual reaparición de Lotte. No parece que ésta le aporte gran alegría: ¿quién gusta de compararse con lo que era de joven?

Sigue la famosa comida (con verdadera complacencia burguesa, el autor nos des­cribe manjares y bebidas), en la que Lotte aparece con un vestido blanco con flecos rosa, como antaño en Wetzlar; y falta un fleco, el que regaló como despedida al jo­ven Goethe. Pero ahora éste, perfecto an­fitrión, aparece frío y lejano a la amiga de juventud. Más tarde la invita en su palco al teatro, excusándose de no acompañarla por encontrarse indispuesto; y ella, envi­diada por todos, asiste sola a la represen­tación; pero al volver, en el coche enviado por Goethe, encuentra inesperadamente al antiguo amigo. La escena, que termina la. novela, oscila entre la visión y al realidad: ambos cambian palabras sinceras, y el poe­ta, con sereno y conciliatorio adiós, se jus­tifica a sí mismo con las eternas razones supremas del genio. La novela es quizá demasiado local y larga para conseguir atraer el interés del gran público, pero tie­ne, incluso estilísticamente, una singular fascinación para los conocedores de la cul­tura alemana en la época de Goethe. [Tra­ducción española de Francisco Ayala (Bue­nos Aires, 1941, 2.a ed., 1946)].

C. Baseggio-E. Rosenfeld