Carmen, Prosper Mérimée

Novela de Prosper Mérimée (1803-1870), publicada en 1845. Don José (v.), brigadier de un regimiento de drago­nes, vasco ardiente e ingenuo, se encuen­tra en Sevilla con la gitana Carmen (v.> y queda fascinado. La deja huir cuando ha­bía de llevarla a la cárcel y es castigado y degradado; sigue buscándola, hiere por celos a un oficial, deserta, lo pierde todo y se hace contrabandista con ella. Vida dura, contraria a su ánimo honrado, pero casi alegre, porque piensa que tiene a la mujer sólo para él, alejada de los demás hombres. De contrabandista, por ella pasa a ladrón y a bandolero; pero Carmen, que al principio le amó, está cansada de su amor, de sus celos. Tiene un marido, al es­tilo gitano, que vuelve de galeras; José le mata, es ya el marido de Carmen, le pro­pone irse con él a América y vivir honra­damente. Ella no quiere saber nada. Se ha encaprichado de un picador, Lucas, y en una corrida de toros José tiene la certi­dumbre de que se aman. Ahora la amena­za, le impone seguirle, pero ella se niega, no porque ame a Lucas, sino porque quiere su libertad. Y arroja el anillo: José la mata. La novela está narrada en estilo clásico: el narrador, en viaje arqueológico por Es­paña, encuentra al bandido José, luego a Carmen, vuelve a ver al fin al hombre que espera el suplicio y escucha su miserable historia. Una ojeada sobre los gitanos, su civilización e idioma, termina curiosamente la novela, indicando la indiferencia del es­critor. Así parece advertirse cierta frialdad artística, en la ejecución cuidadísima, en las reminiscencias eruditas y literarias. También el ambiente gitano y la natura­leza particular de la protagonista quitan carácter universal a la historia, que es muy inferior a Manon Lescaut (v.). Sin la lo­zana pasión ni el amplio significado de ésta, queda, sin embargo, como una de las más típicas y sugestivas historias de amor y de muerte. Domina sobre todo la muerte, des­de el principio presentida por Carmen, su­persticiosa, fiera, salvaje, con cierta extra­ña honradez. Advierte al hombre que es un diablo, que trae desgracia, y le ha ama­do por reconocimiento; cuando ya no le ama, no lo oculta. Pero José es el hombre de una sola mujer. Carmen es su destino, y él lo acepta; por ella lo ha dado todo y mientras se sume en el mal, se eleva en el amor, solo, exigente, terrible. La mujer lo advierte, advierte su ambiciosa resolu­ción, le desafía, pero tiene miedo, al fin resignada, habiendo encontrado aquella os­cura fuerza superior a su libre energía.

V. Lugli

*   De la novela de Mérimée se extrajo el libreto de Carmen, de Georges Bizet (1838- 1875), ópera en cuatro actos, representada en París en 1875, una de las más perfectas y completas expresiones del teatro musical francés del siglo pasado. Entre la novela y el libreto de Meilhac y Halévy las diferen­cias no son substanciales, pero merecen^ ser notadas, porque, precisamente en una ópe­ra que ha sido el estandarte de la llamada escuela «naturalista», el libreto evita con cuidado gran parte de los elementos más específicamente naturalistas. Así se introdu­ce el personaje de Micaela, para atenuar y compensar la decidida violencia del carác­ter de Carmen; pero dicho personaje es dramáticamente inútil, aunque represente una especie de exigencia espectacular y dé ocasión a Bizet para escribir algunas de sus más hermosas páginas musicales (el dúo entre Micaela y don José del acto primero: el aria «lo dico no, non son paurosa» del segundo). La muerte de Carmen se produce en el festivo y colorido cuadro brillante de una corrida en lugar de la atmósfera deso­lada de un paisaje ardiente y desierto; es decir, que la ópera ha quitado a la novela la dramática truculencia miserable, que Mé­rimée había intuido tan bien en la España de su novela, y la ha sustituido por un superficial gusto colorista que incluso llega a la cita de una romanza de Iradier. Car­men no es ya una endemoniada pordiosera con las medias rotas, sino una elegante se­ñorita que desde el escenario se agita tra­tando de conciliar, para diversión del pú­blico, las ligeras gracias procaces de las «variétés» con las siempre respetables di­mensiones de la «prima donna» (basten en el acto primero las arias «É l’amore strano augello» y «Presso il bastión di Siviglia»). La atmósfera, el paisaje de la ópera no tienen, pues, gran proximidad con los de la novela; casi representan una moderación de su carácter más crudamente realista.

También hay que advertir que Bizet no escogía sus libretos, sino que se limitaba a poner música concienzudamente a los textos que le eran indicados por los direc­tores de los teatros que le encargaban las óperas — con la sola excepción notable de La Arlesienne (v.), de Daudet — sin buscar, pues, en el libreto, la solución de ningún nuevo problema de gusto. Bizet evidente­mente no era ni un innovador ni un revo­lucionario, sino un magnífico músico cuya probidad y segura conciencia del oficio per­mitían insertar, con gran libertad formal, la nueva aportación de su mundo senti­mental en las formas consagradas por una tradición ya consolidada. A su primera apa­rición, Carmen fue acusada de inmoralidad, de incoherencia, de. querer romper la tra­dición del gusto, de pertenecer a la llama­da «música del porvenir», es decir, wagneriana, y que significaba carencia de melo­día, traición a la armonía tradicional, falta de sentido teatral, etc.; es decir, las acos­tumbradas observaciones que se oyen re­petir a los sesudos senadores de la música al aparecer cualquier obra nueva por el gusto o por la genialidad del autor. Fue Nietzsche el primero que quiso atribuir a Carmen un significado particular, es decir, el de una reacción al gusto wagneriano, una reivindicación del espíritu mediterrá­neo contra el espíritu alemán; lo cual, en realidad, significa reconocer en Carmen una capacidad de alcanzar una abstracción de pura forma que a menudo falta en la pro­gramática e intelectualista inspiración wagneriana. A continuación vinieron los imi­tadores que, especialmente en Italia, vieron en la obra maestra de Bizet el prototipo de aquel pésimo gusto que tomó el nombre de «naturalismo musical» y que cogió de Car­men lo que había en ella de más reaccio­nario en el fondo, de más sordo a la nueva cultura, al nuevo gusto que en Europa se iba formando bajo la influencia de Wagner. Sin embargo, no es tampoco exacto que Bizet reaccionase conscientemente contra Wagner; en realidad, conoce la música wagneriana, la aprovecha a fondo, pero per­manece extraño a ella como a un mundo lejano que puede admirarse y en el que no ve siquiera la posibilidad de vivir: «Soy alemán convencido, de corazón y de alma — confiesa Bizet —, pero me pierdo algu­nas veces en los prostíbulos artísticos y, dejádmelo decir en voz baja, lo hago con un placer infinito.» Si excluimos por ello toda razón e intención polémica y refor­madora en la ópera de Bizet, hemos de buscar la razón de su imperecedera genia­lidad, de su valor absoluto de obra de arte, sólo en la ión sonora del mun­do lírico sentimental, aceptándola como puro y abstracto hecho musical, fuera de toda consideración intelectualista. Así tam­poco el «españolismo» de Carmen puede relacionarse con el problema de la influen­cia de España en el mundo cultural de los protorrománticos y el sentido colorista de Bizet permanece dentro de los límites que habían establecido Berlioz y David, es de­cir, en los límites de un agradable exotismo descriptivo, no en el sentido de una evasión apasionada como es ya sensible en la no­vela de Mérimée. El centro motor de Car­men es el conflicto dramático que surge entre la fatalidad de la tragedia que pesa sobre sus dos forajidos, Carmen y don José, y las reacciones o la indiferencia del mun­do social. La vulgaridad de este mundo — sencillamente descrito con la música y la ineludible violencia de las pasiones de am­bos protagonistas son la luz y la sombra de un escorzo que algunas veces alcan­za la dramática fuerza expresiva de un cuadro de Goya; los detalles descriptivos, la extraña taberna de Lilas Pastiá, los epi­sodios ilustradores de las gitanas y de los contrabandistas, la festiva corrida, logra­dos con la sabrosa y robusta vulgaridad de la música, son elementos simplificadores y negativos que desarrollan e iluminan el os­curo destino de las dos almas perdidas en el juego caprichoso de las pasiones sin paz.

Y es este sentido de ineludible fatalidad, este sentir la necesidad de la muerte como única fuerza capaz de resolver el nudo de las pasiones, lo que marca esta ópera siem­pre ambiciosa y dramáticamente desesperada; los colores brillantes son el oropel para el público más fácil; la realidad de Carmen está en la omnipresencia de su des­tino de tragedia griega, en la resignación ciega y sin redención, a dicho destino. F. Ballo

*   [Con la música de Bizet, aplicada a un libreto en inglés, donde los personajes de Mérimée son sustituidos por negros norte­americanos, dentro de una acción análoga a la de la ópera famosa, se ha estrenado en los Estados Unidos (1954) una ópera ti­tulada Carmen Jones].