El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde

[The Picture of Dorian Gray]. Es la única no­vela del poeta inglés Oscar Wilde (1854- 1900), publicada en 1890 en el diario ame­ricano «Lippincott’s Monthly Magazine» y en volumen en el año 1891. El Dorian Gray, en el que por su núcleo fantástico pueden hallarse analogías con Piel de zapa de Balzac y con «El retrato oval» (v. Histo­rias extraordinarias) de Poe, no es una verdadera novela, sino una extensa fábula con significado profundamente humano.

Do­rian Gray es un joven bellísimo y que man­tiene un culto a la belleza y al placer, no sereno como era el de los paganos, sino apasionado y turbado como conviene al he­redero del último romanticismo. Cuando Basilio Hallward, un pintor amigo suyo, le regala un retrato que le reproduce en el cénit de la juventud y de la belleza, siente con mayor violencia Dorian el dolor por la rapidez con que transcurren estos bienes tan castigados por el tiempo. En virtud de cierto voto mágico todas las huellas de la vida y de los años no deformarán el rostro vivo y perfecto de Dorian, quien a través de vicios y delitos se mantendrá joven y puro, pero sí el del retrato. Así Dorian, en unión de Henry Wotton, un elegante cínico cuyas máximas han terminado por corromperlo, arrastra una existencia diso­luta, desprecia el amor de Sibilla Vane, fi­gura delicadísima de mujer que pasa fu­gazmente por su vida y cuyo amor hubiera podido salvarle, y llega hasta matar a Ba­silio cuando éste, hombre sincero e ínte­gro, le reprocha su vergonzosa conducta.

Pero mejor que cualquier palabra, el re­trato recuerda a Dorian el engaño de su doble vida, poniéndole ante sus ojos el ver­dadero rostro, por todos desconocido con su real y atroz elocuencia. Hasta que abruma­do por la angustia, Dorian apuñala el retrato y cae muerto, como si se hubiese apuñalado él mismo. Los criados cuando lle­gan ven un retrato de su amo, bellísimo y joven, como siempre lo habían visto, y so­bre el pavimento un muerto «en batín, con un puñal en el corazón, rugoso y con rostro desagradable. Solamente gracias a los ani­llos reconocen quién es». La vida, roto el encanto, ha vencido a Dorian, que quiso oponer a su dolor necesario una vida ficti­cia y monstruosa. El retrato de Dorian Gray tuvo una gran resonancia, sea por la origi­nalidad de la idea, sea porque despertó la morbosa curiosidad del público, que pre­tendió ver reflejada en la viciosa vida de Dorian, la de Wilde. El preciosismo deco­rativo constante en cada página atenúa la fuerza dramática de esta obra, la cual, sin embargo, es la más completa y típica de la escuela decadente inglesa; asimismo seña­la la audaz y violenta reacción, de toda la época victoriana, contra la moral timo­rata de la burguesía que pretendía conver­tir el arte en un instrumento didáctico.

En su novela, donde la riqueza fantástica halla su expresión más adecuada en un estilo luminoso y refinado, y la paradoja gobierna y regula la materia y la palabra, Wilde tra­ta de mostrar la ión que el arte opera sobre la realidad, aboliendo por sí solo las fronteras entre el bien y el mal. [Trad. española de Julio Gómez de la Ser­na en Obras de Oscar Wilde, 1, Novelas (Madrid, 1941)].

B. Schick

Imaginad la lascivia de Swinburne confi­tada con los azúcares del último decaden­tismo francés. Tendréis a Oscar Wilde. (E. Cecchi)