El Morgante, Luigi Pulci

[II Morgante]. Poema caballeresco de Luigi Pulci (1432-1484), compuesto entre 1460 y 1470 a instancias de Lucrecia Tornabuoni, madre de Lorenzo el Magnífico.

El poeta tomó su materia de un tosco e incompleto Cantar de Roldan (v.) de un anónimo autor del siglo XIV, y escribió El Morgante en 23 cantos que, leí­dos ante los Médicis, fueron publicados lue­go no se sabe dónde ni cuándo, pero sí antes de 1478. En efecto,, entre 1478 y 1480 existían de la obra copias impresas, como lo de­muestra una carta del duque Hércules I de Este, quien en 1478 deseaba procurarse un «libro llamado Morgante». En 1480 fue im­preso aparte el episodio de Morgante y Margutte con el título El pequeño Mor­gante. Pero de estas ediciones no ha que­dado copia alguna. La edición más antigua que ha llegado hasta nosotros, y de la que existe un ejemplar’ único en la Biblioteca Nacional de París, fue impresa en Venecia en 1482; el mismo año se hizo otra edición en Florencia. Un año después, Pulci corrigió y aumentó esta edición con cinco cantos más, sacando la nueva materia de otro texto anónimo, el poema La España (v.), y fue esta edición la que circuló con el título de Gran Morgante con respecto al Pequeño Morgante. De ella se han ser­vido los eruditos «para la restauración del texto» que de 1500 en adelante había ex­perimentado varias «revisiones» eclesiásti­cas y amputaciones.

Figuran en este poema algunos de los héroes principales del ciclo carolingio: Carlomagno (v.), Gano de Ma­ganza (v. Ganelón), Orlando (v. Roldán), Ulivieri (v. Oliveros), el rey Marsilio, Rinaldo (v. Reinaldos de Montalbán), Ricciardetto, etc. Son invención de Pulci el gigan­te Morgante (v.) y el semigigante Mar­gutte (v.); y actúan también en el poema dos diablos, Astarotte (v.) y Farfarello, quienes, por magia de Malagigi, incorpo­rados en los caballos Baiardo y Rabicano, tienen el cometido de traer de Egipto en volandas a Rinaldo y Ricciardetto. Orlando, ofendido porque Carlomagno confía en Ga­no sin advertir sus traiciones, abandona la Corte; y otro tanto hará Rinaldo, su primo. Poco después Orlando topa con el gigante Morgante, que molestaba a los monjes de una abadía; lo convierte a la fe cristiana, y después de haberle obligado a servir a los religiosos, lo hace su escudero. Unas veces solo, otras con Rinaldo, los dos pa­ladines deshacen encantamientos, combaten contra reyes, reinas y monstruos, convierten a la fe a los vencidos. Pero cuando los mo­ros amenazan a Francia, los paladines vuel­ven a defender a Carlos, y los derrotan. Pero Gano, secretamente de acuerdo con Marsilio, rey de España, urde una traición y mientras el rey Carlos vuelve a cruzar vic­toriosamente los Pirineos y los paladines, con Orlando a la cabeza, protegen la reta­guardia de su ejército, los moros caen so­bre ellos en el paso de Roncesvalles. Orlando toca el cuerno, Carlomagno vuelve atrás* desbarata a los moros y, convencido de la traición de Gano, manda descuartizarlo atándolo a la cola de un caballo y hace ahorcar al rey Marsilio. El poema se cierra con la muerte serena de Carlomagno. El Morgante es, sobre todo, creación de la Corte del Magnífico, el cual a menudo se complacía con la expresión popular, y para el pueblo componía con sabor de parodia.

Juzgar por sí mismo este poema — aparte de un gusto folklórico que tendía a vol­verse motivo dominante en el círculo de Lorenzo y había de continuar luego duran­te buena parte del Renacimiento — sería imposible o injusto. Parece que Pulci se encuentra, frente al mundo caballeresco, en una posición similar a la que se habría encontrado Pascarella ante el Descubri­miento de América (v.) narrado por un hombre del pueblo; él no hace parodia de su asunto por cuanto lo revive directamen­te. Esta mentalidad es la del rapsoda po­pular, que en cierto sentido pasa a ser el verdadero protagonista del poema. Pulci no tiene ninguna intención de burlarse de la caballería ni de la religión, pero se di­vierte en remedar a los juglares y en cantar a la manera de ellos, con su lengua, con su infantil psicología, con su misma inventiva estereotipada que se reaviva con un ligero sabor de parodia. Desde este punto de vista, nada más equivocado que ver en el Mor­gante un mundo épico contemplado por un espíritu naturalmente jovial. Sabemos que la vida de Pulci fue tristísima («I’ ó mal quand’i’ rido», dice él mismo en una com­posición), y que su espíritu se inclinaba naturalmente a la tristeza y a la melanco­lía.

Más bien es verdad, como dice Cesá­reo, que el Morgante es la «materia caba­lleresca infusa en un alma plebeya»; y en el bonachón gigante y en Margutte, el pue­blo se mira como en el espejo de su gro­sero y sincero naturalismo. Este pueblo sigue admirando las extravagantes aventu­ras de los paladines de Francia y participa en ellas como puede. Pulci no quiso repre­sentar otra cosa en sil parodia. De aquí proviene también aquel entremezclarse de lo cómico y lo serio que no es nunca inten­cionado, sino espontánea alternancia de as­pectos serios y ridículos, reducidos a los límites de lo humano; ya en los cantares se daba esta alternancia sin transición entre las risas y las emociones, olvidándose infantilmente unas de otras. En esta falta de subjetividad — que, sin embargo, mu­chos no han querido reconocer —, en este sumergirse el poeta en el alma de su pue­blo participando de su ingenuidad, está la razón de que el Morgante permanezca ale­jado de un verdadero humorismo, o Verda­dero humorista hubiera sido Pulci si hu­biese conseguido transfundir sus dolores, sus miserias, en alguno de los personajes, y se hubiese burlado de ellos; si su ironía hubiese logrado en algún punto dramatizar aquel pueril mundo caballeresco a través de su sentimiento de lo cómico. Pero él no sólo no ve ni puede verse a sí mismo en el drama, sino que ni siquiera consigue ver el drama en el objeto representado. Solamente le queda un sentido general de comicidad, que no es humorismo, sino carcajada plebe­ya que brota hasta de temas convencionales o repetidos.

L. Pirandello

El espíritu de la narración es lo cómico bajo, lo cómico vacío y despreocupado que se pudre en las aguas muertas de una ima­ginación vulgar y no se eleva a fantasía. (De Sanctis)