El Mágico prodigioso, Pedro Calderón de la Barca

Drama en tres actos

Cipriano, joven estu­dioso de Antioquía, leyendo un pasaje de Plinio el Vie­jo, está a punto de intuir el Dios cristiano. El diablo, en forma de extranjero extraviado, intenta ofuscar la fe que se abre paso en la mente de Cipriano; dado que sus con­sejos no logran el efecto deseado, intenta perderlo poniéndose en contacto con la turbadora belleza de Jus­tina.

Dos jóvenes antioqueños se disputan el amor de Justina, joven y esquiva cristiana, y Cipriano, para im­pedir que su rivalidad pueda tener efectos funestos, se ofrece a hacer de mediador cerca de la muchacha. La be­lleza de ésta produce una rápida transformación en el jo­ven estudiante, quien en lugar de defender la causa de sus amigos, balbucea una confusa declaración de amor. Justina le rechaza como ha rechazado a los otros, lo que motiva que Cipriano comience el cortejo de Justina, has­ta que dándose cuenta de lo vano de su intento acepta el pacto que le propone el diablo.

La magia le procurará la posesión de Justina, y si firma un documento con su pro­pia sangre entregando su alma, el demonio le iniciará en todas las artes mágicas en el plazo de un año. Cipriano acepta cegado por la pasión; Justina, en cambio, se man­tiene inquebrantable ante el coro de voces lascivas de que la rodea el demonio. El diablo, entonces, vencido por la fe de la joven, engaña a Cipriano presentándole una más­cara infernal con los rasgos de Justina, que se convierte en esqueleto cuando el joven intenta besarla.

La desilu­sión y la declaración del demonio sobre la existencia de un ser más poderoso que él vuelve súbitamente a Cipria­no a la intuición que tuvo al leer el pasaje de Plinio. Des­pués de haber intentado en vano romper el pacto, Cipria­no recorre las calles de Antioquía gritando la verdad que ha descubierto y, detenido como cristiano, sufre el mar­tirio juntamente con Justina.

El diablo, que aparece mon­tado en un dragón en el escenario del suplicio, revela a la multitud que los dos mártires han subido al cielo, pues la bondad divina ha anulado el pacto infernal de Ci­priano.