Capitán Chimista, Pío Baroja

Las siete partes de que está formada La estrella del capitán Chimista, del buen novelista español Pío Baroja (1872-1956), son una serie de aventuras más o menos afortunadas, más o menos verosímiles, del capitán Embil y, en menor parte, o, si se quiere, de manera esporádica de Chimista. La novela carece de unidad, porque no se puede considerar como tal la narración en primera persona de Embil, esto es, la versión de Cincúnegui. La novela data de 1931: para esas calen­das, Baroja ya había definido qué cosa era un «hombre de acción» y había dado a la literatura española una riquísima galería de tipos. Genuinamente barojiana — de uno de los posibles Barojas, al menos— es esta novelesca narración desarrollada en Cuba, en Tahití, en las Filipinas, en el mar de la China, por los mares del Pacífico y terminada en Inglaterra, con incursiones al Perú y a España. Todas estas peregrina­ciones de los dos capitanes vascongados son pretexto para urdir una variadísima serie de descripciones que afectan a países, tipos, costumbres, y en las que el novelista reúne una rica información de lo que era la vida en sitios tan distantes y tan dispares como Lima, Manila, Cantón o el condado de Devonshire en el siglo XIX. Seguir los pasos de los capitanes, Chimista y Embil, sería interminable; en la carta de Hermann Schwarzenacker, fingido sabio alemán que abre las páginas de la novela, hay unas lí­neas que podrían suscribirse como punto de partida: «los dos tipos de su obra están bien: el uno es un jefe que sabe mandar; el otro, un escudero fiel, de la raza de los hombres leales, de confianza».

Las dos primeras par­tes están centradas por Chimista, por su heterogénea personalidad de pirata, médico homeópata, y combatiente contra el Viz­conde y el doctor Mackra, sus antiguos aliados. En Cuba, Embil se va con Chimista abandonando a Panchita, su mujer, y mue­re el Vizconde. El tercer libro son una serie de correrías por el Pacífico y por el Atlán­tico Sur (Tahití, Rio de Janeiro, las Filipi­nas), aprovechadas para presentarnos la gran variedad de motivos: logias masónicas, la vida en Lima, la historia del barco fan­tasma… La quinta parte es la historia de Embil por el mar de la China y la narración de usos y costumbres de aquellos puertos; aún se prolongan estas andanzas — entre­mezcladas con nuevas singladuras — en una sexta parte dedicada a gambusinos y pira­tas amarillos, con peregrinas historias como la de la estatuilla de Buda. La séptima par­te viene a ser el desenlace —cansino ya — de tanta .andanza. En un tifón, se pierde La Sampaquita; Embil es envuelto en un proceso como responsable; cuando va a ser condenado, Chimista le salva. Juntos em­prenden un viaje, encuentran al doctor Mackra que muere en manos de Chimista. Éste — enriquecido por una herencia en In­glaterra— se retira de toda actividad y se dedica — sólo — a su vida familiar; Embil redacta un Diario que en manos de Cincúnegui fue el pretexto retórico de la novela.

M. Alvar