Sobre la Ética Protestante y sobre el Espíritu Del Capitalismo, Max Weber

[über die protestantische Ethik und den Geist des Kapitalismus]. Obra fundamental del filósofo alemán aparecida en 1920-1921.

Característica de Weber, que fue también un hombre polí­tico y que en sus investigaciones históricas halló siempre un punto de apoyo en las cuestiones más urgentes y actuales de la vida política alemana anterior y posterior a la guerra, es su crítica de la concepción materialista de la historia; no sólo los inte­reses económicos determinan el devenir his­tórico, el movimiento de las clases y las grandes corrientes sociales, sino también, y principalmente, lo determinan motivos de carácter psicológico y religioso. De esta posición general, Weber pasó a buscar en la historia de las religiones los orígenes del capitalismo, llegando a la conclusión de que el capitalismo es el heredero del calvinis­mo y del puritanismo, del impulso que transformó el trabajo en oración. Para los calvinistas, impulsados especialmente por su rigidez a dar a todas las cosas huma­nas un significado sagrado y a obtener de este significado la confirmación de su fe en ser elegidos y predestinados, el trabajo y su organización racional, se convierten ‘en un orden que ha de instaurarse en la realidad y en la vida, orden que, para el calvinista, es una fe y una misión, es la eje­cución de la voluntad divina.

Significado análogo tiene también el provecho del ca­pital, que se convierte así en la meta de toda la organización de la vida, a la que el espíritu religioso puritano se obliga a sí mismo, no tanto porque esa meta es un fin en sí misma, cuanto porque el provecho del trabajo puede transformarse en trabajo productor y en organizador. El verdadero capitalista, en otras palabras, no acumula el capital por la satisfacción y alegría que el capital puede proporcionar, sino que organiza, racionaliza el trabajo y la pro­ducción, enriquece la vida humana, inter­preta la propia victoria comercial como signo de la elección de Dios, como prueba de predestinación, para sí, para su familia y para su estirpe. La obra del moderno hombre de negocios tiene, pues, así, un fundamento religioso, la organización y la lucha comercial están estrechamente liga­das a una visión del mundo según la cual los más activos, los mejores, en suma, los elegidos desde todos los puntos de vista, organizan, producen, enriquecen, en tanto los otros, los no elegidos, pierden fatalmen­te sus batallas, declinan y decaen.

Con estas conclusiones, la filosofía de Weber se impuso a los intelectuales de todo el mundo; la vida social y económica se revela en ella como determinada por elementos irra­cionales e imprevisibles y la historia se revela mucho más complicada de lo que la presentaba el esquema materialista y cla­sista de Carlos Marx; en el seno mismo de los hechos económicos más típicos, tales como el capitalismo, la visión de la vida y los factores psicológicos tienen una impor­tancia predominante. Hasta el mismo capi­talismo se revela como una religión, la reli­gión de la actividad y de la victoria, típi­camente ligada a la concepción occidental de la vida; su opuesto no tanto es el espíritu proletario y comunista, cuanto el espíritu aristocrático de la renuncia y de la contem­plación. En estos contrastes, la obra de Weber adquiere un significado que sobre­pasa los límites netamente sociológicos y económicos. La historia se revela como una lucha entre un momento negativo y otro positivo y el porvenir de la civilización está basado en la forma activa, aunque limita­da e injusta, de la vida moderna.

De esta manera Weber, a pesar de haber vivido en plena democracia, condena en realidad el parlamentarismo democrático y en algunas atrevidas concepciones políticas anuncia una organización politicosocial en la que se reconoce como fundamental el principio del jefe, del «Führer», al que la masa se confía reconociendo en él al exaltador y realizador de sus propios instintos de fuer­za. Sin embargo, esta visión no excluye una clase política dirigente, de la misma manera que no admite una política impe­rialista si no después de alcanzar unidad social y nacional. Por ello fue Weber, du­rante la guerra europea, uno de los críti­cos más clarividentes de la política alema­na en general y de la política de Guiller­mo II en particular. Demócrata y crítico de la democracia, absolutista pero crítico de los aspectos inmaturos del absolutismo, so­ciólogo y político, historiador imparcial y al mismo tiempo apasionado, Max Weber no sólo es importante por la armonía de sus múltiples intereses, sino también por la fuerza con que ha sabido dar forma y ex­presión a posiciones antes opuestas.

No es un filósofo abstracto que reduce las con­tradicciones en nombre de la humanidad y de la claridad de la ciencia, sino un hom­bre que ha vivido sus contradicciones expe­rimentando los límites y la imposibilidad de considerarlas, tomadas aisladamente, desde un punto de vista unilateral y dog­mático. Su filosofía — como dice Karl Jaspers — fue su vida.

E. Paci