Etimologías de San Isidoro

[Etymologiae]. Obra de San Isidoro de Sevilla (570-636), conocida también con el título de Originum sive Etymologiarum libri XX, última de las enciclopedias clásicas. Publi­cada por su amigo San Braulio, la encon­traremos, en el florecimiento cultural carolingio, en casi todas las bibliotecas, sir­viendo de preparación a los maestros de la Escolástica.

Es perceptible en ella el in­flujo de las Instituciones (v.) de Casiodoro, no sólo por los escasos momentos en que coinciden, sino también por la sistematiza­ción total de la materia y de los libros: gramática en el primero, retórica y dialéc­tica en el segundo, aritmética, geometría, música y astronomía en el tercero, en el que, sin embargo, la geometría, en lugar de seguir, precede a la música, dado que exis­te una mayor claridad entre la aritmética y la geometría. Con el libro tercero terminan las artes liberales, ya que el cuarto es un tratado de medicina que no representa una vuelta a las Disciplinas (v.) de Varrón, si bien suena como una nota de aquella enci­clopedia práctica y lexicográfica que no llegó a extinguirse i amas en la cultura romana; también el libro quinto, dividido en un tratado jurídico y otro cronográfico, responde al tipo de la preceptística de Catón, ejemplo de enciclopedia nacional romana.

En todo el resto, excepción hecha de los libros del sexto y parte del octavo, que con­tienen nociones de cultura puramente cris­tiana, ya no se trata de capítulos de una enciclopedia, sino de un repertorio lexico­gráfico del género que estuvo de moda en el siglo II d. de C. con los Prados (v.) de Suetonio y las Noches Áticas (v.) de Aulo Gelio, y que halla, precisamente por su carácter arcaizante, singular afini­dad con los libros 13.°-20.° de la Doctrina compendiosa (v.) de Nonio. El mismo tra­tado sobre la arquitectura se reduce a un repertorio de vocablos referentes al arte de edificar (libros 15.° y 19.°), y de esta suerte hay libros sobre los vestidos, los juegos, la geografía y la cosmografía. Así, pues, en San Isidoro la original búsqueda enciclopédica pierde toda su vivacidad. El punto de partida, que implícito ya en el título, era la etimología, se agota en la investigación anticuada y en las inquisicio­nes de tipo lingüístico; la definición era para él, como lo había sido para Varrón y Suetonio, la formación conceptualista de la palabra misma.

Esta seudociencia del len­guaje, en los tiempos de Varrón, había te­nido su razón de ser, porque, encuadrada en la dialéctica, formaba parte integrante del sistema lógico de los estoicos, pero en los tiempos de San Isidoro no era ya más que una vana presunción de gnoseología, a la que ya no iba unida, como lo fue en los tiempos de Varrón y de Suetonio, el adecuado conocimiento de la Antigüedad. La falta de una auténtica investigación en los archivos hizo, de él, más un autor de epítomes que un intelectual con originalidad propia. Un siglo después, cuando España fue invadida por los árabes, en esta remota provincia romana terminará la cultura clá­sica, no sin haber dejado con las Etimolo­gías la huella de una duradera latinización de la península ibérica.

F. Della Corte

Colocado entre una sociedad agonizante y moribunda y otra todavía infantil y semisalvaje, pobre de artes y de toda cien­cia, y afeada además con toda suerte de escorias y herrumbres bárbaras, su grande empresa debía ser transmitir a la segunda de estas sociedades, la herencia de la pri­mera. (Menéndez Pelayo)