Sobre el Rin, el Main y el Neckar. 1814- 1815, Wolfgang Goethe

[Am Rhein, Main, und Neckar. 1814-1815]. Recuerdos de viaje en tres partes, de Wolfgang Goethe (1749-1832), publicados separadamente entre 1816 y 1817 en el primer año de la revista Arte y an­tigüedad (v.), y publicados de nuevo pos­tumamente en 1833 en orden cronológico y con el título equivocado de Un viaje sobre el Rin, el Main y el Neckar en los años 1814 y 1815.

En realidad se trata de dos viajes, el de 1814 que trata de «La fiesta de San Roque en Bingen» y «Jornadas otoñales en Renania», y el otro de «Arte y antigüedad en el Rin, el Main y el Neckar». Establecen un lazo ideal entre estas tres partes los contactos que tuvo Goethe en aquella época con el mundo medieval católico alemán. Si bien un primer contacto directo con la Iglesia católica, sólo exterior y pintoresco, había tenido ya Jugar en Roma (v. Viaje a Italia), y el personaje de Otilia en las Afinidades electivas (v.) había sido descri­to casi como una imagen de santa católica, en esta obra el Cristianismo está visto en su concreto desarrollo histórico y en la contribución que sirvió de base a la cul­tura alemana. En la descripción de la pro­cesión de San Roque, que ocupa, con la historia del santo, la primera parte, Goethe aparece casi emocionado por la expresión popular de la fe; tanto, que esbozó un cu­rioso San Roque del que Meyer dibujó un estudio y Louise Schodler pintó el cuadro al óleo.

La segunda parte, dedicada a es­tos amigos, es una descripción festiva de la ubérrima Renania, paisaje que tan bien rimaba con el espíritu sereno de Goethe. La tercera parte, la más importante en el pensamiento del autor, es la historia de las obras de arte medieval alemán, que en esos años se estaban principalmente exhu­mando gracias a los hermanos Boissérée. En Colonia, Goethe se puso en relación con algunos insignes coleccionistas, cuya obra en aquella época tuvo gran importan­cia y que fueron verdaderos fundadores de pinacotecas; vio también la catedral, en aquel tiempo incompleta, y tuvo una im­presión tan dolorosa de esta visión que escribió: «…sólo podía atenuarla la espe­ranza de verla un día terminada». De rea­lizar tal esperanza se ocupaba Boissérée, que ya en 1811 se había presentado a Goethe con un proyecto de reconstrucción. En Francfort, la pinacoteca del suegro de Franz Brentano, el vienés Birkenstock, le ofre­ció abundante campo de observaciones y le sugirió el ideal de una Academia en donde los jóvenes artistas encontrasen facilidades y contactos con los maestros y con el es­tudio de las obras de arte. En Heidelberg, en casa de Sulpiz y de Melchor Boissérée, las observaciones de Goethe no se tradujeron sólo en notas y expresiones, sino que se ordenaron en una visión totalitaria y cro­nológica que casi es el comienzo de una historia del arte alemán y en la que reco­noce a la Iglesia el mérito de haber sido «custodio del arte» tras la decadencia de los últimos siglos del Imperio romano, con­servando en la historicidad religiosa «tanta buena semilla» que debía naturalmente fructificar.

El arte así nacido tuvo sobre el arte griego la ventaja de «partir de una infinidad de individuos y elevarse poco a poco hacia lo universal»; Bizancio, que ha­bía sido la primera y directa heredera, sólo había conservado de ella el esqueleto. El arte bizantino, al pasar luego a Italia, se vivificó, con el color veneciano y, haciéndose más complejo en los Países Bajos y en Renania, comenzó a separarse de lo con­vencional, desenvolviéndose en contacto con las fuentes mismas de la narración evangé­lica. La Natividad de Jesús, la Adoración de los Magos, se convierten en los asuntos elegidos por les primitivos holandeses y alemanes, hasta que el maestro Guillermo de Colonia colocó por primera vez, con gran sentido naturalista, figuras completamente humanas en un ambiente arquitectónico y paisajista. El tríptico de Van Eyck, que representa la Anunciación, la Natividad y la Presentación, impresionó particularmente a Goethe, que lo consideró como la expre­sión más completa y original del arte ale­mán. No es necesario supervalorar el signi­ficado de este viaje en la vida de Goethe, ni ver en él un alejamiento del mundo clá­sico de los Propileos (v.) o una especie de conversión al Romanticismo de tenden­cias católicas, como esperaron inútilmente los hermanos Boissérée y otros románticos. Este estudio parte de un punto de vista netamente histórico y no es un juicio de valor ni un repudio del pasado, sino la comprensión del Cristianismo que, recha­zado un tiempo, entra en la visión univer­sal de Goethe guiándole a la conclusión poética expresada en el tan discutido úl­timo acto de Fausto (v.).

G. F. Ajroldi