[Sessanta]. Pequeño volumen de Ugo Ojetti (1871-1946), publicado en 1937. «Al acercarme a los sesenta años — dice — he pensado elegir y recoger algunas máximas y pensamientos que desde mucho antes venía anotando». De los 352 párrafos, no pocos podrían, reunidos y ordenados, constituir un útil vademécum para gente avanzada en años. El autor se acerca a la senilidad con el alma serena.
Es viejo el que no desea otra cosa que vivir, del modo que sea. Sólo es viejo quien únicamente es capaz de pensar en sí mismo, quien no tiene curiosidad por aprender, quien cree saberlo ya todo y, si le ofrecen una rosa, no se da cuenta de que es distinta de todas las rosas que hasta entonces ha admirado. A los sesenta años, has de realizar tu programa de trabajo como si sólo tuvieses veinte; la vida es como las mujeres, te quieren bien en tanto que tú creas en ellas. Después de los sesenta, el espíritu se halla más lúcido y agudo, siempre que te cuides de afilarlo cada mañana. No faltan las compensaciones: sólo de viejo se siente la unidad de la vida, sólo para los viejos son vivas las estrellas. «En un canto de la Comedia o en un capítulo de Montaigne o de Maquiavelo, hallo hoy tantas cosas nuevas, sonoras y profundas, que es como si aquellas páginas no las hubiese leído nunca…Y éste es sin duda el verdadero beneficio de los años». No es que el autor desprecie la juventud, pero la cree necesitada de guía. «El gobierno de los jóvenes me gusta, pero en tanto que el maestro está en la clase… La vid se apoya siempre en el olmo, no el olmo en la vid». Otros pensamientos se refieren a la mujer y al amor, a la vida política, a la patria.
Son de notar agudas sentencias sobre el aburrimiento, invención de los holgazanes, sobre la modestia, sobre la ironía, medio defensivo, no tanto contra los demás como contra nosotros mismos, porque permite salvaguardar el entusiasmo para las pocas ideas y los pocos hechos que lo merecen. Pero la ironía es una flor que no puede abrirse en el vendaval de nuestra época. El hombre de hoy es un fragmento de hombre; falto de curiosidad para todo lo que no pertenece a su oficio. En un tiempo se aprendía para saber, hoy se aprende para obrar. En muchas páginas apunta el Ojetti crítico. La crítica de las artes, dice, se hace más sutil y petulante cuando éstas decaen y se deshacen; sentimos nuestras vísceras sólo cuando enferman… El buen gusto excesivo vale menos que el buen gusto… Todo auténtico pintor tiene su propia escala de colores que lo identifica como una huella digital. Leemos también alguna rara confesión: «Mi mayor defecto consiste en no lograr ser intolerante». ,Quien hojea este librito, lleno de sal y con algunos granos de pimienta, conoce a Ojetti mejor que por sus obras mayores.
G. Seregni

