Presumible Inicio de la Historia Humana, Immanuel Kant

[Muthmasslicher Anfang der Menschengeschichte]. Breve escrito de Immanuel Kant (1724-1804), publicado en la «Berlinische Monatschrift» en 1786.

Re­construye la génesis de la civilización, la separación primitiva del hombre de la Na­turaleza, y estudia el contraste entre Natu­raleza y, Civilización ya afirmado por Rous­seau, explicando sus causas y su sentido y resolviendo la antítesis en la que el escritor francés había quedado envuelto. Para su reconstrucción, Kant encuentra que el texto bíblico (1 Moisés, II-VI), interpre­tado de un modo alegórico, le ofrece una base, y se vale de él como de una traduc­ción sensible de sus ideas.

Al principio el hombre, como todos los animales, era do­minado por el instinto, verdadera «voz de Dios», que le sugería directamente sus necesidades y la manera de satisfacerlas. Pero al desarrollarse junto con el lenguaje la razón, el hombre «descubrió que tenía la facultad de elegir por su cuenta una manera de vivir, sin quedar vinculado, como los otros animales, a una únicamente». Fue éste su primer acto de libertad. El hombre aprendió no a suprimir sus instin­tos, sino a concederles satisfacción sola­mente cuando y como le placía: así los transformó y complicó; descubrió la belle­za, el pudor y empezó a convertirse en un ser moral. Las bestias le parecieron un mero instrumento que la Naturaleza le había concedido, y en cambio empezó a concebir de una manera oscura un respeto por el hombre en general, «preparación re­mota de los límites que la Razón debía imponer a su voluntad respecto a los otros hombres». Este acto originario de libertad tiene un doble valor: respecto a la especie humana representa un progreso, el inicio de un providencial desarrollo de las apti­tudes del hombre; pero constituye, para el individuo, una caída, que Kant identifica con el pecado original de la Biblia (v.).

Del paraíso terrestre, es decir, del seno de la Naturaleza, el hombre pasó al reino de la Razón, de la responsabilidad y de la ley moral. Aquí le esperan innumerables sufri­mientos físicos; y ellos son solamente el castigo de la culpa, del pecado en el que cae inevitablemente y tendrá que caer du­rante largos siglos, antes de que la civiliza­ción consiga construir un orden artificial tan perfecto que señale una perfecta re­conciliación con la Naturaleza; mientras esto no ocurra, nuestros instintos naturales serán siempre obstaculizados por las exi­gencias de la vida civil, y serán causa de vicios, ya que no podrán tener su plena satisfacción. El pecado original no fue cometido solamente por la primera pareja de seres humanos, sino que también es come­tido por nosotros, ya que cada uno elige voluntariamente la vida según razón, y no quiere, una vez viciada la libertad, volver a la bestialidad del puro instinto.

Toda la historia de la humanidad es el drama deplo­rable de un contraste que anteriormente no existía y que dejará de existir algún día. En este estado intermedio se. explican y tienen valor providencial también los males, y el mayor de todos, la guerra. Ésta nació al principio de la incompatibilidad entre los intereses de los pueblos pastores y los de los pueblos campesinos, y ella, obligan­do a los campesinos a defenderse, los indujo a construir aldeas y a vivir socialmente, por lo que se desarrolló la civilización. Es ella todavía la que defiende a los pueblos contra los abusos de la tiranía, ya que su sombra amenazadora hace desear a todo el mundo que el pueblo sea fuerte y* di­choso, para que, de ser necesario, pueda defenderse. Nuestra civilización es un mal («ya que — dice Kant — la civilización con­forme a los verdaderos principios de la educación del hombre y del ciudadano acaso ni siquiera ha empezado a brotar»), como quiere Rousseau, pero es un mal que, en primer lugar, el hombre ha de achacarse a sí mismo, a su voluntad (pecado original), y, en segundo lugar, es aceptado por Dios, ya que abre el camino a la futura civiliza­ción perfecta, en la que se realizará el fin ético de la especie humana.

A. Galimberti