Pintores Modernos, John Ruskin

[Modern Painters]. Tratado de estética, del escritor inglés John Ruskin (1819-1900). Iniciada en de­fensa del gran paisajista Joseph Turner, la obra, a través de investigaciones y conside­raciones, resultó un amplio tratado en cinco volúmenes.

El primero apareció en 1843; el segundo, en 1846, después de un viaje del autor a Italia; los otros tres, escritos después de la muerte de Turner (1851), fue­ron publicados entre 1856 y 1860. La gran pintura y, en general, el gran arte, empieza diciendo Ruskin, es el que sugiere a la mente el mayor número de grandes ideas. Distingue luego ideas de fuerza, de imita­ción, de verdad, de belleza y de relación. A las ideas de verdad está dedicada la se­gunda parte de la obra. Para juzgar si una obra de arte es verdadera, es decir, fiel a la naturaleza, es preciso que nuestros sentidos estén educados.

Las verdades par­ticulares, además, son en arte más impor­tantes que las generales; las raras, más importantes que las habituales; el color, menos importante que la forma, que incluye luces y sombras. Tienen gran valor aquellas verdades que nos revelan la historia del objeto, es decir, su pasado y su futuro. En la tercera parte están consideradas las ideas de belleza y la facultad que las percibe, la cual, por razones etimológicas, Ruskin prefiere llamar teorética a estética («aisthesis»: sensación; «theoria»; contemplación). La belleza despierta sensaciones no sensua­les ni intelectuales, sino morales. No se con­funde con lo verdadero ni con lo útil, no depende de la costumbre ni de la asociación de ideas, sino de ciertas cualidades o tipos, como el infinito, la unidad, el reposo, la simetría, la pureza, la moderación, cuyos orígenes busca Ruskin en atributos divinos.

El pintor, y particularmente el retratista, debe buscar y representar una forma o ca­rácter ideal y hacer intuir lo sobrehumano, ya mediante fenómenos extraños al orden acostumbrado de la naturaleza, ya ele­vando la misma forma a una altura ideal, y esto es el máximo del arte. La cuarta parte trata de temas varios; entre otros son notables los capítulos sobre la grandeza del estilo, sobre los ideales verdaderos y los falsos. Volviendo al tema preferido del paisaje, Ruskin estudia en esta parte la evolución en la pintura, en la escultura y en la poesía a través de los siglos. Observa cómo en la Edad Media, por razones origi­nadas en la vida social, se prefería repre­sentar un jardín a un campo, y cómo las montañas, aunque inspirasen una especie de terror, estaban consideradas como pro­picias para la vida solitaria y la medita­ción.

En el paisaje moderno, como lo en­contramos en los pintores y en Walter Scott, predominan las nubes y la niebla, los montes, los colores sombríos. La quinta parte está completamente dedicada a la belleza de los montes; la sexta y la séptima comprenden interesantísimas observaciones sobre la belleza de las hojas y de las nubes, y finalmente, en las partes octava y novena, el autor se ocupa de las ideas de relación, o sea de la invención. En el aspecto for­mal la invención (composición técnica) es aquella disposición en virtud de la cual todas las partes de una obra son coherentes y se ayudan recíprocamente unas a otras, concurriendo, tanto grandes como pequeñas, a la armonía en que reside la perfección.

En el aspecto espiritual, el arte está en relación con Dios y con el hombre, la obra más alta de la creación, y por ello será por completo falsa toda idea o teoría que im­plícitamente entrañe incomprensión o des­precio del ser humano. La estética de Ruskin está siempre dominada por preocu­paciones idealistas, éticas y místicas; es además profundamente antisistemática; pero son dignas de respeto la nobleza del pen­samiento y de las intenciones del autor, su posición contraria a los prejuicios neoclá­sicos, que en el pasado siglo tenían gran peso, y consiguientemente su revalorización del arte medieval.

E. C. Seregni

No hay ningún escritor Victoriano ante­rior a él a quien se le pueda comparar, desde el punto de vista técnico, como no sea De Quincey, el cual también empleaba la frase larga, rica, ondulada, que como un fuego artificial estalla al fin en innumera­bles estrellas. (Chesterton)