Lun Hêng, Wang Ch’ung

[Balanza de las críticas]. Obra en ochenta y cinco capítulos escrita por Wang Ch’ung (27-100?), filósofo revolu­cionario chino, contrario a las teorías co­rrientes de la profecía, de la superstición, etcétera.

El carácter principal del libro es francamente polémico; sin embargo, nume­rosos detalles repartidos por todos lados per­miten captar los elementos del sistema filo­sófico sobre el cual basa su obra. Nuestro filósofo no considera al Cielo como un Ser dotado de voluntad. El universo se desarro­lla y desaparece sin recurrir a nadie. Si en el universo hubiese una voluntad celeste, tendría que tener deseos y, teniendo deseos, tendría que tener también órganos, por ejemplo ojos, orejas, etc., como tenemos los hombres. La sustancia del cielo, continúa nuestro filósofo, es nubes y niebla, y la de la tierra, tierra. Existe un «Ch’i» (espíritu) que se mueve inconscientemente y se divide en dos «Ch’i», es decir «Yin» y «Yang», que representan las dos fuerzas, femenina y masculina, las cuales, uniéndose, producen los seres (v. I Ching). La naturaleza hu­mana es buena o mala, o bien ni buena ni mala, según los valores que demos a estos términos; los hombres superiores tienen la naturaleza buena, y los hombres inferiores tienen la naturaleza mala, mientras los me­diocres tienen una naturaleza ni buena ni mala.

El hombre ha nacido de la unión de los «Ch’i» (masculino y femenino), que no siempre tienen la misma grandeza ni la misma sutileza; por eso entre los hombres los hay buenos y malos, inteligentes y estú­pidos, y así sucesivamente. Tal diferencia es comparable a la siembra: las mismas se­millas, lanzadas en campos distintos, dan frutos diversos, buenos o malos. Wang no niega todo valor a la educación; pero cuan­do se trata del destino parece afirmar que la sutileza del «Ch’i» es casi absoluta, es decir, inmutable; en este caso hay poca esperanza en la educación. El destino de ser rico o pobre, noble o vil, de larga vida o de muerte prematura, está determinado en el momento en que los dos «Ch’i» de los padres se unen, y los hombres no pueden cambiar nada. El mismo filósofo mitiga más tarde este fatalismo con una distinción, y propone tres especies de destino en la vida: quien ha nacido con el «destino superior», tiene una naturaleza afortunada y «huesos felices» (ya que, por la forma de los hue­sos, puede conocerse el destino de las per­sonas), y la felicidad va al encuentro del mismo sin que él la busque por medio de la voluntad; quien ha nacido con el «destino mediocre» obtiene la felicidad sólo cuando practica la virtud, de otro modo le alcanza la desgracia; quien ha nacido con el «des­tino inferior», se encuentra por todos lados con la desdicha, aunque practique la vir­tud.

Así incluso él Estado o el reino posee su destino, que no tiene la menor relación con la virtud ni con la capacidad del gober­nante. La obra, llena de curiosos detalles polémicos y teóricos, original, aunque no carente de contradicciones, es famosa sobre todo por sus citas históricas (que son fuentes excelentes para la historia de la anti­gua religión), así como por un estilo bri­llante y gratísimo. Cfr. A. Forke, Lung-heng, «Mitteil d. Seminars f. Orient. Sprachen» (Berlín, 1906-1908). Trad. inglesa de A. Forke, Lung-heng, Philosophical Essays of Wang Ch’ung, traslated from the Chínese and annotated, dos volúmenes (Leipzig, Londres y Shanghai, 1907-1911).

P. Siao Sci-Yí