Evolucionismo de las Ideas-Fuerzas, Alfred Fouillée

[Évolutionnisme des idées-forces]. Intento de síntesis filosófica publicada en 1890. El autor, tras una crítica de la filosofía de Herbert Spencer, busca en una ley de evo­lución, la explicación universal de las co­sas, suprimiendo lo trascendente y el dua­lismo entre lo físico y mental de Spencer, para llegar a un monismo riguroso, pero inmanente y experimental.

Y el secreto de su síntesis es la «idea-fuerza», entendiendo por idea, no sólo el fenómeno puramente «intelectual» o de conocimiento, sino todos los hechos internos, conscientes o que pue­den serlo. Contrario al irreductible dua­lismo a que había llegado Descartes, trata de fundir el pensamiento y el fenómeno físico en una realidad única: la idea, que no es «estática», sino que es fuerza «diná­mica», condición o causa de cambio en el sistema total de que forma parte. Cada es­tado de conciencia contiene en sí condi­ciones de cambio para otros estados de conciencia: no sólo es una fuerza psíquica, sino que es la única fuerza, fuera de la cual sólo hay movimientos y formas mate­máticas que expresan la sucesión de la fuerza. Eficacia, causalidad, acción, fuerza, sólo son concebibles como psiquicidad. A las «ideas reflejas» hay que oponer las «ideas fuerzas», factores no sólo de evolución men­tal, sino también física, junto a los sen­timientos-fuerza o a los apetitos-fuerza.

La conciencia no es un «epifenómeno» sin re­laciones reales con la naturaleza, como se venía creyendo, accesorio fuera de lo físico: es lo «físico mismo, su meollo interno, el principio dinámico de todas sus energías». Para comprenderlo, no se ha de partir de los actos intelectuales, que son la fase supe­rior de la evolución de lo indistinto a lo distinto, sino de lo que se halla en el sur­gir de la conciencia, en los elementos sub­conscientes. Todo, desde el mineral al hombre, ocurre por «apetición», que es el gran meollo psicológico; las leyes mecáni­cas no son sino leyes de relación mutua entre el apetito y su medio. El espíritu consciente, no puede sobreponerse a la ma­teria en movimiento; lo mental no puede hacer una brusca irrupción en lo físico, sino que lo físico mismo está impregnado de lo mental, meollo de la evolución universal. El «yo» es la «conciencia de la existencia universal, concentración en cierto punto del tiempo del pensamiento difundido por todo el universo». Y si el hombre no pue­de decir con certeza «Dios existe», y me­nos todavía «Dios no existe», él debe decir con la palabra, con el pensamiento y con la acción «Que Dios sea» («Fiat Deus»), es decir, crear con su voluntad el supremo ideal de la moralidad v del amor.

Monista, positivista, idealista con tintes de panteís­mo, es evidente que Fouillée ha experi­mentado la influencia de las doctrinas de Schopenhauer, que proclamó a la voluntad, la aspiración a la vida, «der Wille zum Leben», como impulso interno al que todo obedece, desde la piedra hasta el hombre, y como fondo de las cosas.

G. Pioli