Ética de Geulincx

[Ethica]. Obra fundamental del filósofo belga Arnold Geulincx (1624-1669), el más elevado represen­tante de la dirección filosófica cartesiana conocida con el nombre de ocasionalismo. Esta obra tiene una compleja historia bi­bliográfica.

Su núcleo primitivo se halla en una Disputatio ethica de virtute et primis eius proprietatibus, publicada en 1664, que después fue reelaborada y editada al año siguiente con el título: De virtute et primis eius proprietatibus, quae vulgo virtutes cardinales vocantur. Por fin, en 1765, se publicó postuma, con cinco nuevos tra­tados y adiciones tomadas de manuscritos, trabajo realizado por Cornelius Bontekoe (Philarethus). A. G. Ethica. En Geulincx, la ética está estrechamen­te ligada con la teoría del conocimiento y con la metafísica. Descartes había concebi­do alma y cuerpo como dos substancias absolutamente distintas y heterogéneas; esa concepción hacía difícil, por no decir imposible, concebir una relación recíproca entre ellas. El «influxus physicus» del alma sobre el cuerpo y del cuerpo sobre el alma, que había sido admitido por Descartes, con­tradecía entre otras cosas el principio de conservación de la cantidad del movimien­to.

Si debía descartarse esta hipótesis del influjo físico, no quedaba en el sistema cartesiano, para explicar la acción recípro­ca de ambas substancias, más remedio que recurrir a la acción de Dios. Esta dirección la habían tomado Clauberg, La Forge, Cordemoy; pero Geulincx procedió con radi­cal decisión. Excluye que el cuerpo sea la causa de las sensaciones del alma, y la voluntad de los movimientos del cuerpo. El estímulo corpóreo y la voluntad interna sólo son causas ocasionales de la sensa­ción y del movimiento, tales que Dios con ocasión de los unos produce los otros. Si de algunos de sus escritos primitivos pare­ce desprenderse que, para garantizar la per­sonalidad de Dios y la independencia, aun relativa, de las dos substancias, se renueva cada vez la intervención divina, en la Ethica prevalece la otra interpretación; es decir, que el mundo de los cuerpos y el mundo de las almas está dispuesto por la sabiduría divina desde el momento de la creación de modo que a determinadas modificaciones corporales corresponden de­terminadas modificaciones espirituales, sin que exista una influencia directa recíproca: «idque absque ulla causalitate qua alterum hoc in altero causat, sed propter meram dependentian qua utrumque ab eadem arte et simili industria constitutam est».

Como cada cuerpo, comprendido el nuestro, no es sino modificación del único cuerpo indivisible, elegido por las leyes naturales del movimiento, establecidas por Dios, así cada alma no es sino un modo diferente del único espíritu, y todo lo que en ella se nos presenta, no son sino reflejos del pensa­miento del espíritu divino. El hombre es, por lo tanto, el espectador absolutamente inactivo de un mundo, del que participa su corporeidad, y donde está regulado por las leyes de la naturaleza; teatro, en el inte­rior de su alma, del juego de imágenes, pensamientos y voluntad, establecido por la sabiduría divina que realiza también en el hombre la conciencia de la libertad. La ética de Geulincx tiene, pues, un carácter contemplativo, no activo. Su primer prin­cipio es el «nosce te ipsum», el reconoci­miento de la naturaleza humana: «inspectio et despectio sui Sum igitur nudus spectator huius machinae. Ita est, ita sit».

Fren­te al mundo de los cuerpos, frente a los bienes materiales, el alma debe reconocer su impotencia, afirmando su extrañeza: «ubi nil vales, ibi .nil velis». Pero frente a Dios, el alma debe purificarse a sí misma, liberándose de su propio principio de indi­viduación, debe realizar en sí la imagen de la sabiduría divina, de la razón eterna. Cuando el alma ha reconocido bien la va­nidad de toda realidad finita, se hace ne­cesariamente racional, y en este carácter aparece su verdadero ser, en él actúa su más alta virtud. La virtud consiste, por tanto, para Geulincx, en la victoria sobre el egoísmo, en la concepción racional del mundo, en la elevación del alma a la ver­dad y al amor de Dios, que no son sino as­pectos de una misma actualidad. La virtud no reside, por tanto, en la acción, sino en la disposición del ánimo, en la intención, en la voluntad. Ella lleva consigo su propio premio, ya que forma una sola cosa con la felicidad. Las virtudes fundamentales, a las que dedica cuidadoso análisis, son para Geulincx; la «diligentia» en el investigar los dictámenes de la razón, la «obedientia» para seguirlos, la «iustitia» para reali­zar el reino racional entre los hombres, la «humilitas» en el considerarse a sí mismo y a la propia naturaleza.

En Geulincx el dua­lismo cartesiano, mientras reafirma, con relación al mundo físico, su interpretación mecánico matemática, tiende a resolverse en una doctrina místico racional de las rela­ciones del alma con Dios; la razón, que en el primer campo, procede discursivamente, aparece aquí en su más profunda esencia como intuición de lo divino y en eso con­siste el principio de toda virtud moral.

A. Banfi