Epístolas de Petrarca

[Epistolae]. Do­cumento literario de fundamental impor­tancia para la historia de la cultura euro­pea son las Epístolas latinas de Francesco Petrarca (1304-1374), divididas en varias colecciones: Familiares, Sin nombre, Métri­cas, A la posteridad, Seniles, Varias. La pri­mera [Rerum familiarium libri, comúnmen­te Familiares] es, con mucho, la más amplia e importante; sobre todo después de la edición crítica hecha por Vittorio Rossi (Florencia 1934-1942, el último volumen póstumo, en colaboración con Umberto Bosco), se comprende su gran valor litera­rio, debido a su composición en tres redac­ciones y la continua preocupación de la ar­monía del estilo. Pensadas primero en 1349 como un Líber epistolarum mearum ad di­versos, sobre el modelo de las cartas de Ci­cerón, y reunidas luego en veinte libros (1359-1360), aumentadas en 1363-64 y defi­nitivamente completadas en 1366, las Fami­liares se dividen en veinticuatro libros.

Al recoger sus propias cartas, el escritor las transforma, a fuerza de correcciones y modificaciones, en una verdadera obra lite­raria, en la que la sinceridad psicológica y biográfica está continuamente subordina­da a las necesidades del estilo y a la cons­trucción total. Al construir idealmente su propia personalidad de artista y de hombre, Petrarca no pierde de vista los modelos clásicos; así, pues, en este trabajo exqui­sitamente literario, el documento humano, notable en sí por lo que tiene de confesión, está modificado con vistas a un conjunto armónico y, a veces, incluso deformado del todo; así es como el poeta construye ideal­mente su figura de escritor, proporcionándonos el documento más importante para comprender el Cancionero (v.) y otras de sus obras, en una rebusca única de digni­dad y de belleza. Testimonio de vida espi­ritual, las epístolas de Petrarca, y especial­mente las Familiares, ofrecen la prueba más segura de un estilo y una disciplina clásica: por la manera como el artista mo­dela su propio imagen y a veces la de los propios corresponsales, que en la redacción definitiva van encubiertos bajo nombres simbólicos, en un motivo de discurso pura­mente ornamental.

Confesión literaria que ya es en sí la superación de una inquietud interior, dirige a buen fin, envolviéndoles con la majestuosidad de la lengua latina, los varios y desiguales materiales de la ex­periencia humana: así, al desahogo, a la palabra amiga, a la cólera, se oponen la cla­rificación de los problemas y la serenidad de la conciencia. Las pasiones y los afectos se purifican con un nuevo equilibrio; las diversas cuestiones doctrinales y los des­acuerdos entre la religión y la filosofía se recogen en una certidumbre que es ya par­tícipe de la verdad. Entre las cartas más importantes — aunque todas entran ideal­mente en la historia de la formación de Pe­trarca— figuran la dirigida al padre Dioni­sio de Borgo San Sepolcro, con la famosa ascensión al monte Ventoux (1335), y la di­rigida a Marco Barbato de Sulmona sobre una peligrosa caída de caballo, sufrida una noche al salir de la asediada Parma (1345).

Notables ideológicamente son las veinte epístolas Sin nombre [Sine nomine], esto es, sin indicación de destinatario, a causa de su carácter áspero y polémico; escritas entre 1342 y 1358, han sido publicadas con notas críticas por Paul Piur, en Halle, en 1925. Luchando contra la intromisión del rey de Francia en la política de la corte de Aviñón y contra la corrupción del papado y del alto clero, el escritor no vela su disgusto, igual que en los célebres sonetos del Cancionero. De este modo muestra cómo han sido defraudadas las esperanzas que había puesto en la autoridad imperial y, con mayor razón, su amor por la patria italiana. Sin anticipar en estas afirmaciones nuevos ideales políticos y mucho menos el espíritu de la Reforma protestante, como se afirmó en el ardor de las polémicas del siglo XVI, observase, en las Sin nombre, un decidido impulso hacia una nueva espi­ritualidad, tal como era concebida por los hombres mejores del siglo XIV, entre el eco del franciscanismo y el de las profe­cías joaquinitas y los ideales de un hu­manismo erudito y crítico.

Es ya signi­ficativo el hecho de que, aun recono­ciendo en el pontífice la máxima autoridad espiritual, el poeta excluya a la Iglesia de la acción política, tomando la actitud de un juez y profeta de una nueva sociedad. Las Métricas [Epistolae metricae] fueron escri­tas en hexámetros entre 1331 y 1361, y divididas en tres libros: están dedicadas a su amigo Barbato. A falta de una edición crítica, pueden verse en el texto publicado por D. Rossetti (Milán, 1829-1834). Aunque algunas tratan de la política de su tiempo (así las del papa Benedicto XII y las de Clemente VI), en su mayor parte intere­san por las alusiones personales, por confe­siones y meditaciones. Pequeños y grandes acontecimientos de su propia vida — el elo­gio de un perro que le regalaron, el re­cuerdo de su coronación en Roma, un temporal en Valchiusa, el amor de Lau­ra— se mezclan pensativamente, con refi­nada aunque fría elegancia. Ilustres son, en esta variedad de actitudes y de reflexio­nes, el saludo a la tierra patria desde el alto de Monginevra, versos que Carducci vertió en una prosa nítida y solemne, y, como comentario a situaciones del Cancio­nero, los versos «A sí mismo» [«Ad se ipsum»], que tratan del desengaño de su propio drama interior.

Para la primera lec­tura de las Familiares y de las Varias, puede prestar ayuda la selección hecha por G. Fracassetti, en Florencia, 1859-1863; del mismo autor y también útil es la traduc­ción posterior (id., 1863-1867). Un lugar aparte ocupan las Seniles, en diecisiete li­bros, dedicadas a Francesco Nelli. (También éstas fueron traducidas por Francassetti, en Florencia, en 1869-1870.) En el cuadro ya límpido y sereno de la existencia del poe­ta, la colección forma un todo orgánico: la propia gravedad humanística del título indica una reconsideración de los azares de toda su vida, bajo el signo de una sabidu­ría ya conquistada para siempre. Ejemplar también bajo este punto de vista ideal, es la carta (1373) a Boccaccio, en la que Pe­trarca evoca sus propios estudios literarios: «Nosco ipse vires meas: non sum idoneus ad reliquos labores, ut soleo; legere hoc meum et scribere, quod laxari iubes, levis est labor, immo dulcís est requiesque laborum gravium parit oblivionem». Índice elocuente de una imagen ideal, que Pe­trarca fue formando durante toda su vida, es la epístola A la posteridad [Posteritati], que recapitula los acontecimientos de una vida excepcional: el poeta recoge en ella lo que puede interesar a los venideros, según el modelo espiritual que constante­mente persiguió en el curso de toda su actividad literaria, desde las primeras me­ditaciones hasta la coronación en el Capi­tolio, durante toda una existencia dedicada a la búsqueda de la verdad y de la belleza.

Otras cartas, que quedaron inéditas y no se publicaron en la colección definitiva, junto a otras que quedaron en su redacción ori­ginal, sin haber sufrido una elaboración posterior, fueron unidas más tarde a las Varias [Variae] por obra de admiradores y de intelectuales. Estas diversas coleccio­nes, desde las primeras impresiones en el siglo XVI en Venecia (1501-1503), Basilea (1496) y Lyon (1601), que recogieron no es­casa parte de las cartas, forman juntas una nueva obra literaria, en la que las obras en lengua vulgar y las latinas hallan un sustrato ideal y en las que el sueño de una nueva sabiduría se transfigura en un mo­delo de confesión literaria y artística.

C. Cordié

Las epístolas seniles están llenas de sen­timiento y de sabiduría, de pedantería y de elocuencia, de abnegación cristiana y de pueril complacencia de sí mismo; en ellas chocan de continuo su natural franqueza y la cautela senil. (Foscolo)