Epístolas de Epicuro

Del filósofo griego Epicuro (342-270 a. de C.) tenemos tres «epístolas» (a Meneceo, a Heródoto y a Litocles) en las que revive, más que en las Máximas capitales (v.), la figura severa y sobria del maestro.

Sobresale por su va­lor literario la «Epístola a Meneceo», ador­nada, armoniosa, persuasiva, dirigida a un público más vasto que el de sus escritos técnicos o de escuela. La doctrina es la mis­ma de las Máximas.

Pero la exposición es aquí más diáfana y de mayor relieve artís­tico: toda la carta está impregnada de los conocidos preceptos del epicureismo en el sentido de enseñar el arte de bien vivir y bien morir. «La muerte no es nada para nosotros: todo bien y todo mal está en los sentidos, y la muerte es la privación de los sentidos…; ella nos permite gozar de esta vida mortal… y nos quita el deseo de la inmortalidad* «Poco juicio tiene quien exhorta al joven a una bella vida, y al vie­jo a una bella muerte…; una misma es la meditación y el arte de bien vivir y de bien morir… Peor es todavía el que dice: qué hermoso no haber nacido…; si está conven­cido de ello, ¿por qué no se va de la vida?» «Cuando decimos que el fin. es el placer, no entendemos por placer el de los disolu­tos y amantes del placer, según creen algu­nos que nos comprenden mal, sino que el placer consiste en no ser turbados en el al­ma, aunque suframos en el cuerpo La «Epístola a Heródoto» es por su parte la fuente más preciosa para el conocimiento de la física de Epicuro; pero es también la más difícil, dado el carácter del escrito, dirigido a los iniciados con un lenguaje técnico poco claro y hasta a veces descuidado y lleno de lagunas.

Trata en diez párrafos los prin­cipios fundamentales de la doctrina física, del universo y de los elementos que lo componen (importante es en ella la teoría de la composición atómica de todos los cuer­pos, con la variante, característica de Epi­curo, de la declinación «espontánea» de la línea recta en el movimiento de los áto­mos). De los simulacros (pequeñas imáge­nes) que destacándose de los cuerpos, producen la visión; del oído y el olfato (pro­ducidos por partículas sólidas emitidas por los objetos) se pasa a tratar de los átomos y de sus propiedades, partes y movimientos, del alma y de su naturaleza: compuesta de átomos más sutiles, semejantes a un fluido, esta última es la causa principal de la sensación; no es incorpórea, porque enton­ces no sería ni activa ni pasiva. A propó­sito de lo que existe por sí y de sus con­secuencias, Epicuro introduce por primera vez la importante distinción entre propie­dades contingentes y separables (por ejem­plo movimiento y quietud) y las insepa­rables del cuerpo (peso, forma y tamaño).

De los mundos que se originan de los áto­mos, del desenvolvimiento de la civiliza­ción, de la formación del lenguaje y de los fenómenos celestes (no producidos por seres superiores, sino «comprendidos desde el principio en el origen del mundo»), se desprende que toda la doctrina sobre la naturaleza no tiene otro fin que conseguir una vida serena, «eliminando todo motivo de perturbación y de temor». La tercera epístola, a Pitocles, trata de las teorías me­teorológicas, sobre las que Epicuro no tenía ideas propias que fueran fruto de obser­vaciones o experimentos personales, limitándose por tanto a expresar las opiniones más probables y combatiendo el dogmatis­mo. Los que niegan su autenticidad, afirman sin embargo que es un resumen de su obra mejor, los libros De la Naturaleza.

La epís­tola habla del origen atómico del Mundo, «porción circunscrita de cielo que contiene los astros y la Tierra… separado del infini­to»; del origen de los astros, su tamaño, movimientos, fenómenos; de las nubes, de la lluvia, de los truenos y relámpagos; de los ciclones, borrascas, trombas marinas, terremotos, vientos, granizo, nieve, escar­cha, bruma, niebla, arco iris; de los come­tas, estrellas fugaces, movimientos de las estrellas, pronósticos del tiempo. La carta es interesante desde el punto de vista de la metodología filosófica, por haber que­rido «evitar los errores de los mitos», sustituyéndolos por una mentalidad científica, y proclamando la capacidad del intelecto humano para interpretar y conocer la natu­raleza. Trad. italiana de Ettore Bignone (Bari, 1920).

G. Pioli