Epístolas de Cicerón

[Epistulae]. Son en conjunto 864 cartas, unas noventa de las cuales pertenecen a varios correspon­sales, e ilustran el último período de la vida de Cicerón (106-43 a. J. C.) desde el año 68 hasta su muerte. Muchas se perdie­ron; las que se han conservado se dividen en cuatro compilaciones: «cartas a Ático» («epistulae ad Atticum») en 16 libros, desde el año 68 al 44; «cartas a los amigos» («epis­tulae ad familiares»), en 16 libros, desde el 62 al 43; «cartas a su hermano Quinto» («epistulae ad Quintum fratrem»), en 3 li­bros, desde el 60 al 54; «cartas a Bruto» («epistulae ad Brutum») del año 43.

La pri­mera recopilación fue publicada por el pro­pio Ático, rico capitalista, que era en la Roma de la época una especie de editor; un gran número de expertos copistas, adies­trados por él mismo, transcribían libros raros y buscados, que luego vendía a alto precio. Entre los más buscados figuraban los de Cicerón, de modo que la amistad personal de Ático con éste fue tanto una fuente de satisfacciones espirituales como de lucro nada despreciable. Ático tuvo la modestia de no incluir en el epistolario ni una sola de las cartas escritas por él, pero en cambio, conociendo su importancia y el interés que despertaban, añadió algu­nas de Pompeyo y de César; amigo de todos, sin pronunciarse jamás en favor de uno ni de otro, inspiraba su política en un’ absentismo epicúreo. Cicerón, que pre­cisamente había regulado su vida de un modo antitético, sufría el hechizo de este hombre y le abría su alma, poniéndole al corriente de sus más íntimos secretos, incertidumbres, crisis y desengaños.

Las otras tres compilaciones fueron publicadas por el secretario y liberto de Cicerón, Tirón, quien siguió el criterio sugerido por el au­tor, de agruparlas según el nombre de los corresponsales. Por esto no siguen un orden cronológico, sino que se suceden divididas generalmente por corresponsales y por te­mas, y sacadas de las copias que existían en los archivos de la casa de Cicerón. De los dieciséis libros de las epístolas a los familiares algunos tienen unidad propia: así el XIII recoge billetes de presentación, pequeñas molestias que un hombre público no puede evitar: el XIV casi exclusivamente las cartas a su esposa Terencia, en general breves y escritas en tono llano, como con­viene a la conversación familiar: el XVI son las cartas dirigidas al mismo Tirón, compilador del epistolario, el cual era a la vez el alma organizadora de la casa y de la biblioteca de Cicerón; el VIII son las cartas de M. Celio Rufo, joven galante y aficionado a las aventuras, que había caído en las redes de Clodia, la Lesbia de Catulo.

En cambio otros libros recogen cartas de correspondencia variada: personajes políti­cos en ejercicio o en misión e incluso en exilio, a los cuales Cicerón escribía y de quienes recibía noticias de Roma, ya de ca­rácter sensacional e interés público, ya pri­vadas, íntimas y aun escandalosas. De las cartas a su hermano Quinto, agrupadas en tres libros, tiene particular importancia la primera, acerca de la administración pro­vincial en Asia Menor. El cuarto de los epistolarios recoge la correspondencia con Bruto, el hombre que después de la muerte de César había asumido a los ojos de Cice­rón la dignidad de un libertador y un ven­gador de la república; como antes César, ahora Cicerón se equivocaba al concederle su confianza, al esperar gran cosa de aquel joven pálido y flaco, que predicaba ideales de moral estoica pero que no sabía unir a una valentía varonil la habilidad del po­lítico ni la sagacidad del estratega.

Las cartas de Cicerón tuvieron a menudo el carácter de noticias periodísticas, y, debi­do a su valor informativo, pasaron de mano en mano; leídas, comentadas y co­piadas, sirvieron de apología a la obra del hombre político, el cual se proponía formar a su alrededor una opinión favorable: ver­daderos «libros blancos», compilados para uso de los partidos, estas cartas cautiva­ban la benevolencia del lector por su tono de franqueza a que el orador no estaba acostumbrado cuando hablaba en el Sena­do o ante el pueblo. El estilo poco cuidado pero desenvuelto, la cultura de la que no se hace ostentación, pero que se presupone, han creado páginas inolvidables, nacidas durante las sesiones del Senado o en pa­seos por el jardín, o en los viajes a lo largo de las interminables carreteras romanas, o en medio de los banquetes. Afuera aguardan impacientes los correos, en traje de viaje, ya que la red de los servicios postales no tolera demoras.

Escritas o dictadas, estas cartas a veces no fueron ni siquiera releí­das; a menudo no es fácil para el destina­tario descifrarlas y leer entre líneas lo que dicen y lo que callan. Pero precisamente redactadas así, puede decirse que fotogra­fían en aquel instante de espontaneidad al escritor y arrancan a quien las lee la excla­mación «te he visto por entero en tu car­ta», «me ha parecido oírte hablar», «he creído estar junto a ti cuando escribías». El epistolario de Cicerón, de primera impor­tancia como documentación histórica y so­cial, figura a la cabeza de toda una litera­tura epistolar, antigua y moderna, escrita sin duda para los íntimos, pero destinada al público. F. Della Corte

En las cartas de Cicerón sus admiradores, al igual que sus detractores, encuentran las pruebas que confirman sus elogios y sus censuras. (Voltaire)

Son la obra maestra de gente unida por un dolor común y de un siglo en que la cortesía fingida no había todavía mancha­do de falsedad a todos. (Montesquieu)

Las cartas de Cicerón, en otro género de escritura, son la más recóndita e íntima fuente de la historia de aquellos tiempos. (Leopardi)

El epistolario de Cicerón, por su vastedad y su importancia histórica y estilística, es un singular documento de la prosa latina; revela no sólo la personalidad, sino también la incesante actividad de este escritor que no tuvo tregua en confiar a la palabra toda su existencia. (C. Marchesi)