Epístolas de Dante

Son trece cartas latinas, las únicas que han llegado a nos­otros de las muchas que Dante Alighieri (1265-1321) escribió durante los años de su expatriación, y que se perdieron en su mayoría, no quedándonos más que vagas y sumarias noticias de algunas de ellas.

Tales son las cartas a que se refieren Gio­vanni Villani y Leonardo Bruni, y que Dante dirigió al pueblo de Florencia y a algunos gobernantes, quejándose de su in­justo destierro y recordando sus servicios a la patria, entre los que se contaba su par­ticipación en la batalla de Campaldino. De contenido muy variado y de valor muy diferente, aunque uniformes en su lengua­je de gran tensión intelectual, compuesto según las rígidas normas del ritmo («cursus») y las fórmulas tradicionales del estilo epistolar en prosa, constituyen un docu­mento > significativo de la cultura de Dan­te: una cultura que, en los diversos aspectos en que se nos presenta, no vela ni deforma la imagen espiritual del autor, gentilhombre y literato, ciudadano y hombre de partido, pensador y poeta, siempre consciente de su dignidad y de su grandeza moral. La pri­mera cronológicamente entre las cartas que poseemos es la dirigida al cardenal Niccoló da Prato, legado de la Santa Sede en Toscana (1304). Dante la escribió en nom­bre del capitán Alessandro da Romena, de los condes de Guido y del consejo y la totalidad de la «Parte Bianca».

Con digna firmeza de propósitos e intenciones, expre­sa el reconocimiento de los blancos por la obra de pacificación promovida por el car­denal en su desdichada ciudad; ofrece su cooperación, protestando de que sólo toma­ron las armas para hacer cumplir las leyes de la vida civil y asegurar al pueblo flo­rentino la paz y la libertad. Del mismo año (1304), y antes de que Dante se separase de la liga de los blancos desterrados, es la carta de condolencia a los condes Oberto y Guido da Romena por la muerte de su tío Alessandro. Exaltando la gloriosa memoria del difunto, Dante, «expulsado de su patria y desterrado sin culpa», con­fiesa que había puesto en él todas sus espe­ranzas; se excusa de no haber podido in­tervenir en las exequias, por la «imprevista pobreza ocasionada por el destierro», sin posibilidad alguna de salir de tales estre­checes. — A motivos poéticos de arte y de vida, de pasión y de amor, se refieren dos cartas, una de ellas dirigida a Ciño da Pistoia, y la otra al marqués Moroello Malaspina.

En la primera, a petición de Ciño, Dante resuelve la cuestión de si el alma, cuando surge un nuevo amor, pueda entregarse de lleno a la nueva pasión; y para confirmar su afirmativa, envía a su amigo el soneto «lo sono stato con amor insieme». En la segunda carta, Dante cuenta que, habiendo partido de la corte de los Malaspina (1307) y llegado al Valdarno casen- tino, se enamoró locamente de una joven, presentando como testimonio de tal amor «despótico y tirano», la bella canción que con este motivo escribió: «Amor, da che convien pur ch’io mi doglia». — Pero entre las epístolas que se nos han conservado, destacan, por la conmovida elocuencia de su estilo bíblico y por el vigoroso impulso de su inspiración, las tres cartas escritas con motivo de la venida a Italia de Enri­que VII de Lützelbuigo. En ellas, la figura de Dante, en admirable armonía de pensa­miento y de acción, se destaca limpia y decidida en el fondo de los acontecimien­tos históricos, de los que él esperaba que surgiese un orden nuevo que salvara a Ita­lia y la vida cristiana católica.

Poco antes de que el esperado emperador descendie­se de los Alpes (septiembre-octubre 1310), Dante sintió la necesidad de anunciar a todos («rey, senadores, duques, marqueses, condes y pueblo de Italia») los próximos días de consuelo y de paz. Enrique VII, «Divo y Augusto y César», venía a liberar a Italia de los impíos; misericordioso y jus­to con quienes confiaban en él, duro e implacable contra los rebeldes. Dante ex­hortaba a los lombardos a que le acogieran con devoción, reconociendo en él a la autoridad que procede de Dios y contra la cual es vano oponerse. Consolaba a los que habían sufrido por amor a la justicia, aconsejándoles el perdón, para hacerse dig­nos de los que les habían conservado fide­lidad y afecto. Animaba a todos los italia­nos a que saliesen al encuentro del nuevo rey, considerándosele sometidos no sólo como emperador, sino también como su go­bernador directo («Evigilate igitur omnes et assurgite regi vestro, incolae Latíales, nom solum sibi ad imperium, sed, ut liberi, ad repimen reservati»).

Todos, desde los Alpes al mar, deberían reconocerlo como a su señor, pues su jurisdicción sería la misma del imperio de Roma, predestinado por Dios al gobierno del mundo y reconfirmado en él por la palabra de Cristo. — Al contacto con la realidad histórica, el pensamiento político que Dante había teo­rizado en el Convivio (v.) se concreta en la imagen lírica de una humanidad civil­mente ordenada «ad unum» y estrechamen­te ligada por un amor común y por una defensa también común de la libertad y de la justicia. Esta imagen lírica, de la que el imperio romano, por voluntad divina, había sido la realización histórica más vasta y compleja, orienta su ferviente actividad y lo hace estallar en amenazas y maldicio­nes contra todo el que se oponga al nuevo emperador. No otro es el motivo poético que anima a la carta fechada en los con­fines de la Toscana, junto a las fuentes del Amo, el 31 de marzo de 1311, y dirigida por el «desterrado sin culpa» a los «per­versísimos florentinos» que se hallan den­tro de la ciudad. El imperio de Roma, dice en ella, fue querido por la providencia di­vina para asegurar en el mundo la paz, y con la paz el desenvolvimiento de la vida civil.

Esta verdad, confirmada por la fe y por la razón, está probada por el hecho de que, faltando el imperio, todo el mundo vacila: la Iglesia está inactiva, y la mísera Italia, a merced de señores privados, se halla agitada y descompuesta, como nave en tempestad. Los florentinos concul­can las leyes divinas y humanas, oponiéndose a la voluntad del emperador romano, cuyos derechos no pueden prescribir y cu­yas leyes están ordenadas al bien general. Que teman, por tanto, la venganza de Dios, ya que no la del César, que sin duda llevará a su ciudad el terror y la desolación, la destrucción y todos los estragos. Obceca­dos por la codicia, niegan obediencia a las leyes imperiales que, por estar fundadas en la justicia natural, aseguran a quienes las observan la libertad perfecta. Que rectifi­quen, antes de un arrepentimiento inútil y tardío, pensando en que Enrique se ha puesto en camino por el bien de todos, no por su propia utilidad, «sosteniendo nues­tras enfermedades, y cargando con el peso de nuestros dolores». Entre tanto, Enri­que VII se detiene por el valle del Po, sin preocuparse de la Toscana; desde ésta, jun­to a las fuentes del Arno, el 18 de abril de 1311, Dante le escribe una carta, exhortándole, en su nombre y en el de todos los desterrados, a pasar los Apeninos.

El ansia de la paz, soñada en el amor de Dios y del prójimo, y el recuerdo de las espe­ranzas concebidas con la primera llegada de Enrique en Italia, constituyen los mo­tivos poéticos de esta carta, dictada ante el temor de una desilusión amarga. «¿Eres Tú, quien debe venir o bien esperamos a otro?» pregunta Dante a Enrique: y como los desterrados creen y esperan en él, reconociéndole como a ministro de Dios, hijo de la Iglesia y defensor de las glorias de Roma, junto con ellos le invita Dante a ir a Toscana, para atacar y abatir a Flo­rencia, la oveja apestada que contamina al rebaño. Así podrán ellos volver por fin a la patria y gozar como ciudadanos de la verdadera paz que es el patrimonio de Cristo. — De escaso interés son las tres cartas de cortesía, escritas (1311) en nom­bre de la condesa Gherardesca de Battifolle y dirigidas a Margarita de Brabante, con­sorte de Enrique VII. Entra en cambio en el número de las políticas la carta envia­da, tras la muerte de Clemente V (mayo o junio de 1314), a los cardenales italianos, para que se pusieran de acuerdo en elegir un pontífice que devolviese a Roma la sede papal.

Como Jeremías lloraba sobre las ruinas de Jerusalén, así llora Dante sobre el mísero estado de Roma, «viuda y aban­donada, tras de las pompas de tantos triun­fos, después que Cristo de palabra y de obra la confirmó en el imperio del mundo, después que Pedro y Pablo la confirmaron sede apostólica con su propia sangre». Cau­sa de tal ruina ha sido la negligencia de los príncipes de la Iglesia y su venalidad, generadora de impiedad y de injusticia: y contra ellos se lamenta Dante, «última de las ovejas de Cristo», uniendo su voz a la de todo el pueblo cristiano, por amor de la verdad y por santo celo del nombre de Dios. Los cardenales italianos, y sobre todo Napoleone Orsini y Francesco Caetani, deben dolerse de este estado de cosas, pensando en Roma, «principio común de nuestra civilización» y ahora privada de sus dos luminares; avergüéncense de ello, opon­gan un frente común contra el oprobio de los gascones y combatan por la «Esposa de Cristo, por la sede de la Esposa que es Roma, por nuestra Italia, y también por todo el conjunto de los cristianos pere­grinos de la tierra». De este modo la fun­ción histórica y providencial de Roma, im­perial y cristiana, reencendía en Dante su fe de creyente y su pasión de italiano. — La carta al «Amigo Florentino», con la que tras cerca de quince años de destierro, Dante rechaza (mayo 1315) la posibilidad de volver a la patria, mediante la oferta a San Giovanni, es un testimonio luminoso de su magnífica arrogancia.

Desterrado sin culpa, se exalta en su propia inocencia, sin­tiendo que no debe humillar su dignidad de hombre «pregonero de la justicia». Si en Florencia no se puede entrar por un cami­no que no mancille la fama y el honor, él renuncia a volver a su ciudad. «¿Acaso no podré yo contemplar las esferas del sol y las estrellas? ¿No podré yo meditar las dulcísimas verdades bajo cualquier cie­lo, sin necesidad de volver antes a Floren­cia no sólo sin gloria, sino cubierto de ignominia a los ojos de mis conciuda­danos? Seguramente que un trozo de pan no me faltará» — última en el orden del tiempo, es la carta a Can Grande della Scala, con la que Dante le dedica el Paraí­so y le envía algunos cantos. Para conside­rar la tercera parte en sí misma y en rela­ción con las otras, declara la materia, la forma y el título de la Divina Comedia (v.) y por consiguiente, su fin último y el género de filosofía (ética) en que la obra se inspira. Comenta después el prólogo del Paraíso y expone su contenido, explicando en qué consiste la felicidad, que es la vi­sión sobrenatural de Dios. Sobre la auten­ticidad de esta carta, se ha discutido mu­cho tiempo y se discutirá todavía, hasta que no hayamos echado a un lado los prejuicios tradicionales y las exigencias subjetivas de una crítica puntualizadora, que se com­place en sí misma y en sus construcciones lógicas.

Cierto es que en la epístola a Can Grande se presentan fijadas por primera vez, y dentro de una firme contextura de pensamiento, las líneas maestras de una interpretación global de la Divina Comedia, en la que puede seguirse, a través de la experiencia poética de Dante, la naturaleza humana en sus condiciones de existencia y de vida y en su fin último, que es el cono­cimiento experimental de Dios («in sentiendo veritatis principium»). El seguro dominio de la materia, en las relaciones recíprocas de las partes particulares con el todo, y la lúcida exposición de concep­tos, que en el sacro poema se resuelven todos, gracias al arte, en representaciones cargadas de contenido espiritual (v. Divina Comedia), están en todo conformes con la doctrina personal de Dante y con el pensa­miento escolástico de su tiempo.

M. Casella