Epistolario de Maragall

Las cartas que el gran poeta y escritor catalán Joan Maragall i Gorina (1860-1911) dirigió a sus amigos han sido publicadas en los vo­lúmenes IV (1930), IX (1931) y XXIII (1936) de la edición de las Obres Com­pletes. El primer volumen lo ocupa ínte­gramente la correspondencia con su compa­ñero de estudios, Antoni Roure. Se trata de un documento particular e íntimo de gran interés para el conocimiento no sólo de la personalidad del poeta, sino tam­bién de su obra. La amistad con Roure, iniciada en los claustros de la Universidad, fue continuada después epistolarmente des­de 1866-7 hasta 1909 (Roure murió en 1910). «Excesivamente espontáneas para ser sinceras» — afirma Caries Soldevila, en el prólogo del volumen —, en ellas nos aparece el poeta al desnudo, tanto en las crisis extremas de su juventud como en los días serenos de su madurez.

Pero por encima de las crisis y turbaciones del espí­ritu, Maragall mantiene viva la afirmación que era principio de su vida y de su ética: «la indefinida elevación y depuración de nuestro espíritu». He ahí al Maragall joven, con su actitud casi idólatra ante la belle­za : «Me consagré en absoluto al culto y adoración del Dios Belleza, uno y trino, porque es Naturaleza, Arte y Amor». Su palabra tiene a veces un tono de escepti­cismo y de ironía: «Si cuando ya no tenga ilusiones, el malestar arrecia, mi primer esfuerzo consistirá en probar de vencer el instinto de conservación. «Per l’altra vita non mi turba pensier». Las cartas a Roure de la juventud de Maragall ofrecen un gran paralelismo con la primera parte de sus Notas autobiográficas (v.), pero como ad­vierte Riba — en un estudio en Per Comprendre — > ambos textos tienen un tono libresco juvenil, si bien aquéllas se carac­terizan por un cierto cinismo espectacular. Maragall veía que la vida aventurera y espiritualmente desequilibrada de su amigo Roure hubiera podido ser la suya propia, y quizás por esto mantuvo hasta el fin la correspondencia con el amigo que, a poco tiempo de iniciada, se hallaba espiritual­mente muy lejos de él.

En las cartas Mara­gall pone al amigo en conocimiento de sus actividades, de los acontecimientos de Bar- lona, de las sesiones musicales y literarias, de su entrada en el «Diario de Barcelona», de las más diversas celebraciones de carác­ter político y social etc. Maragall manten­drá vivo dentro de sí, a lo largo de su vida, una aspiración a la revolución espiritual. La turbulencia de los años juveniles, el que escribiera en 1896 «revoluciones, guerras de ideal», el artículo «L’Església cremada» [«La Iglesia quemada»], la defensa de Ferrer i Guardia, obedecen a una misma actitud de su espíritu. En las cartas juveniles a Roure hay, además, una misteriosa presen­cia : «The fairy» — como la llama el poe­ta — que les comunica un encanto espe­cial. Toda la vida de Maragall se halla reflejada en estas cartas. Comunica a su amigo su noviazgo, el nacimiento de sus hijos, etc. A los 32 años afirma: «presiento en mí una juventud eterna».

Y aunque las cartas vayan adquiriendo paulatinamente una gran serenidad, la inquietud del poe­ta toma otros caminos, se dirige a otros fines que tan decisivos habían de ser para la cultura catalana. El segundo volumen lo ocupan cartas a: 1) Joaquim Freixes —otro compañero suyo. La correspondencia con Freixes es semejante a la de Roure, pero en tono menor. 2) Lluís i Lluís. 3) Soler i Miquel — que se distinguen por una gran cordialidad y tratan temas particulares y li­terarios. 4) Felip Pedrell — sobre música y el Comte Arnau. 5) Caries Rahola. 6) Torras i Bages, el gran obispo de Vic — con quien le unió una sincera y respetuosa amistad. 7) Pere Coromines — que tratan especial­mente problemas políticos.

El tercer vo­lumen — con prólogo de Eugeni d’Ors, donde el glosador contrasta las teorías de Maragall con las suyas propias, poniendo de relieve la significación de ambas en la historia espiritual de Cataluña y apuntando el origen spinoziano de algunas teorías de Maragall— contiene la correspondencia con Josep Pijoan, Miguel de Unamuno, Eugeni d’Ors y Francesc Pujols. El núcleo más importante lo constituyen las cartas diri­gidas a Josep Pijoan. Maragall sentía gran entusiasmo por la persona de quien empe­zó siendo discípulo suyo en poesía y des­pués gran historiador del arte. Se trata de una correspondencia muy rica de contenido. Maragall expone en ella toda su concep­ción de la naturaleza y del arte — camino por donde le había seguido en poesía Pi­joan. Maragall recuerda la conversación con el amigo en la montaña, estando éste con­valeciente: «Aquel encanto del atardecer allá en las altas llanuras… ¡Ay, altas sole­dades, cuán dulces sois…! …y a mi lado, el amigo divino que habla en la quietud de la hora baja con la voz velada por la fiebre».

Las cartas van acompañando a Pi­joan en sus viajes por Europa, en sus estu­dios y visitas a museos. Si la correspon­dencia con Roure nos muestra un Maragall íntimo, pero parcial, la de Pijoan nos lo muestra total, en una plenitud perfecta de hombre y de artista. Las cartas a Eugeni d’Ors y a Francesc Pujols son reducidas, no por falta de comunicación entre éstos y el poeta, sino porque no ha sido posible re­cuperar la totalidad de la correspondencia. Lo mismo ocurre con las cartas dirigidas a Unamuno que se hallan en este volumen. Pero en 1951 se ha publicado en Barcelona el Epistolario entre Miguel de Unamuno y Juan Maragall, con escritos complementa­rios, que recoge, con muy pocas lagunas, la correspondencia entre ambos autores.

El gran tema de España y su destino, que, en aquella hora trágica no preocupaba menos a Maragall (v. Artículos) que a los escri­tores del 98, se convierte en tema central de este epistolario. Maragall ratifica en él la posición tantas veces expuesta en sus artículos, frente a la situación social y po­lítica del país. La primera carta del libro es de Unamuno, fechada el 6-VI-1900, con­testando a una que le envió Maragall acer­ca de la publicación de «Tres ensayos» («¡Adentro!», «La ideocracia», «La fe»). En ella da noticia a Maragall de su soledad física y espiritual: «Porque aunque conser­vo fresco el manantial de mi tenaz cons­tancia vasca, vivo tan aislado —voluntaria­mente— en este viejo ciudadón de la austera tierra castellana, que como voces del mundo en que sueño me llegan voces como las de usted. Predico: adentro, pero tal vez sea mi mal «adentrarme» en exce­so. Y gracias que a cada momento me sube mi infancia a flor de alma cantándome re­cuerdos.» Y más adelante: «nos hemos hecho amigos me escribe usted… Yo lo era de usted tiempo hace…».

Hablan de sus tra­bajos literarios, de su vida doméstica, de las impresiones de Barcelona, etc. Cuando Unamuno notifica a su amigo la confección de un Tratado del Amor de Dios (que de­bía convertirse después en Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, v.), éste le dice: «Su anuncio… me asusta. ¡Por Dios, que no sea un amor tormentoso, nacido de aquella angustia me­tafísica que dice V. con acuidad terrible!». Maragall, el hombre mediterráneo, enamo­rado de la luz y de la plasticidad, compren­dió profundamente al duro y ascético vas­co-castellano. Así cuando Unamuno habla de la paz de su hogar, Maragall le contes­ta: «es quizá la paz de la tienda de cam­paña que es necesaria a todo caudillo de la buena guerra». «Hombre a hombre nos sentimos ya unidos» — afirma el poeta ca­talán. Unidos ambos en un idéntico amor y en una idéntica sinceridad, pero a la vez también por una misma intransigencia por todo lo que no fuera puro y sincero.

A. Comas

¿Lo oís, lectores? Oírlo. Oírlo y no sólo leerlo; ¿lo oís? ¿Oís esas palabras del glo­rioso y puro autor del elogio a la palabra, a la palabra y no a la letra? (Miguel de Unamuno)