Epistolario de Leopardi

Se ha dicho que pocas autobiografías tienen el interés del Epistolario de Giacomo Leopardi (1798- 1837) y que no existe ninguna otra corres­pondencia de tan fácil y límpida elegan­cia y de tanto interés. La palabra úni­ca que todo parece informarlo es «amor», tan continua y ardientemente se expresa en estas páginas el ansia de sentirse junto a otro corazón. Hasta cuando los largos r su­frimientos y la fatigosa reflexión filosófica podrían hacernos creer que su corazón está casi seco, el autor asegura que «ama a su padre, tanto y tan tiernamente como ja­más le ha sido posible amar a hijo algu­no». De 883 cartas de Leopardi constaban las anteriores ediciones de este maravilloso epistolario, que el cuidado de Francesco Moroncini ha completado en siete volúme­nes (1934-41), publicando también todas las respuestas de los corresponsales que se han conservado. El número de cartas es ahora 1968, de las cuales casi la mitad son del poeta. Las cartas de los años juveniles, re­velan la indefinida ansia de Leopardi por ser alguien, por combatir por un noble ideal, por hacerse digno de Italia «por la cual ardo en amor, agradeciendo al cielo el que me haya hecho italiano». En ellas, encontramos también su natural ingenui­dad, su temperamento amante de la verdad a toda costa, confiado y magnánimo, la hu­mildad y modestia que en las conversacio­nes le hacían ocultar su vasta erudición y su elevado ingenio.

Dotes que compensan con usura las frecuentes recriminaciones so­bre lo desgraciado de los tiempos, sobre sus enfermedades, sobre la incomodidad de los viajes y sobre la nostalgia de sus forzados alejamientos. En estas cartas, suena a me­nudo también el elogio sincero de su tierra, del lenguaje de las Marcas, de los admira­bles panoramas de Hecanati, que con fre­cuencia su lírica desconoció. Vibra otras veces toda la dignidad del poeta, siempre ansioso de bastarse a sí mismo; se habla de las lecciones privadas que dio en Bolonia, de los asiduos trabajos editoriales, y en fin, de las ayudas que su salud maltrecha le obligaba a suplicar de su padre. Importan­cia singular tienen estas cartas en lo re­ferente a sus estudios predilectos, a sus escritos y a muchos de sus propósitos lite­rarios. Las versiones juveniles de los clá­sicos antiguos, las investigaciones filológi­cas, los juicios sobre escritores italianos de los siglos anteriores, las sinceras alabanzas para las obras ilustres de los contemporá­neos, la comprensión humana para los es­critores modestos, la honestidad crítica de los juicios, hallan a menudo en las cartas la más sencilla, íntima y confidencial ma­nifestación. Aquí también, con una fre­cuencia que nos recuerda al Zibaldone (v.), aparecen agudos juicios sobre la len­gua y el estilo, del que el poeta es atento y seguro juez: son pequeñas observaciones lexicográficas, notas de puntuación y dis­tinción sobre el uso de letras o signos vo­cálicos, y no es pedantería, ya que todo proviene de un sentido amplio de la noble­za profundamente musical de la lengua italiana.

El Epistolario de Leopardi, es la crítica viva de su actividad literaria, ya que nos va ofreciendo noticias sobre muchos proyectos de obras, no siempre realizadas, de sus relaciones con varios editores, y de los cuidados que proporcionan a sus edicio­nes. Naturalmente, las cartas hablan, sobre todo, de sus obras doctas, de sus edicio­nes de clásicos, de sus Crestomatías, y de trabajos profesionales, porque éstos, más que los Cantos (v.), necesitaban consultas, intercambio de opiniones, relaciones a dis­tancia con todo género de personas. De su arte más noble, habla pocas veces, como si una púdica reserva se lo hiciera guar­dar para sí con celosa intimidad. Se habla también de la «Historia de un alma» que sustancialmente está constituida por las con­fesiones del Zibaldone y por las efusiones de las Cartas, y de un proyectado, pero no realizado, «paralelo de cinco lenguas cul­tas»; proyecto que, al escribir a Colletta, llamaba «castillos en el aire» o «chanzas». En las cartas se revela no sólo el intelec­tual, el literato, el filósofo, sino también el observador agudo de los hombres, de los países y de las cosas. En ellas encon­tramos muchos retratos vivos (del Ab. Cancellieri, de Mai, de Manzoni, de Ranieri, y de otros muchos intelectuales, polí­ticos y conocidos casuales), muchas des­cripciones y síntesis de las costumbres y del espíritu de varias ciudades (de Roma, de Bolonia, de Milán, de Florencia, de Pisa, de Nápoles), numerosas representa­ciones del paisaje toscano y especialmente del napolitano, ensombrecido por la grave­dad de sus condiciones físicas en el decli­nar de su brevísima vida.

Las cartas se agrupan naturalmente según otros tantos diálogos espirituales, que a veces duraban largos años. Un continuo coloquio, de to­nos muy variados, tiene lugar entre el poe­ta y su padre, entre él, su hermano Carlos y su hermana Paulina (sus máximos con­fidentes); con Pietro Giordani, primero y valioso amigo que le impuso a la aten­ción de los literatos de la época; con Gianpietro Vieusseux, fundador y director de la «Antología» (v.); con Pietro Colletta, que le dio consejos y le ayudó en sus revisio­nes literarias; con Gino Capponi, autori­zado juez sobre cuestiones y problemas con­temporáneos; con Pietro Brighenti y con Antonio Stella a propósito de réplicas y diversas ediciones de obras; con Angelo Mai, en el período más intenso de sus estudios filológicos; con algunas mujeres literatas o cándidas admiradoras, y con otras va­rias personas. Aislando cada uno de estos grupos de cartas, puede reconstruirse un án­gulo de historia literaria, más o menos variada y más o menos profunda, pero siempre interesante y viva. Tanto es así, que muchos de estos aspectos fueron a pro­pósito estudiados y aclarados con ayuda de otros elementos y documentos, pero par­tiendo sobre todo de los datos, seguros y sinceros, del Epistolario del poeta. Gra­cias a él se ha podido reconstruir feliz­mente su vida, que, si es relativamente pobre en acontecimientos externos, es al contrario riquísima en acontecimientos in­ternos de íntima dramaticidad.

Precisa­mente por esto, la clara y límpida confe­sión de estas cartas (conservadas por el propio poeta, en sus archivos, y por sus familiares y corresponsales con tanto cui­dado, que hace suponer que seguramente no se ha perdido ninguna), constituye la novela espistolar y psicológica más fina que jamás se haya escrito. De Sanctis dice: «Hombres malignos y sin corazón, nos fin­gieron un Leopardi misántropo, fiero, ene­migo del género humano. Si hay alguno entre ellos que sea capaz de amar, que lea estas cartas y amará a nuestro Giacomo».

G. Gervasoni

Entre tanta materia dolorosa hay algo muy sereno en estas Cartas, en las que cuanto mayor es el dolor, tanto más alto se muestra el hombre, mucho mayor que la propia fortuna.(De Sanctis)

Incluso las cartas que Leopardi escribió con tranquilo y sencillo estilo, deben ser consideradas a menudo como monumentos artísticos de la confesión del poeta. (F. Flora)