Epistolario de Goethe con una niña, Bettina Brentano

[Goethes Briefwechsel mit cinem Kinde). Es la primera de las tres novelas epis­tolares que la autora escribió después de la muerte de su ma­rido, el poeta Achim von Arnim, para «embalsamar en el arte los recuerdos de su vida».

Publicada en 1835, Bettina la dedi­có al príncipe Hermann Pueckler-Muskau, como muestra de amistad y la dirigió a los «buenos», no a los «malvados» incapaces de interpretarla en su justo sentido. Esta co­rrespondencia, que puede llamarse «nove­la del amor» de Bettina, hace revivir su gen­til idilio y se halla inserta entre una «Co­rrespondencia con la madre de Goethe» en gran parte imaginaria y el «diario» como apéndice, que le sirven de corona y com­plemento. Las cartas originales manuscri­tas, de Goethe a Bettina y viceversa, ha­lladas en parte alrededor de 1880 por Loeper y otros y ordenadas por Steig hacia el 1922, fueron publicadas aquel año y sir­vieron en gran parte para rehabilitar el recuerdo de Bettina, acusada ya de false­dad, cuando se había considerado muy in­segura la autenticidad de los epistolarios.

El Epistolario refunde este núcleo de cartas (67, más otras cinco dudosas y sin fecha) y aun manteniéndose sustancialmente fiel a la realidad, lo transfigura poéticamente con ampliaciones, adiciones, breves juntu­ras, fusiones de varias cartas en una sola, supresiones de elementos ocasionales y de noticias extrañas e inútiles. Pero muchas de las expresiones más atrevidas o de los apelativos más acariciadores, el tuteo con­fidencial, el tono amigable y en algún mo­mento casi inconveniente, se encuentran en las cartas originales. Bettina forja libre­mente un Goethe según la imagen que de él había ido formando durante los breves encuentros — dos en 1807 y uno, de cuatro semanas, en 1811 — y las escasas horas de coloquio: aparece como un ídolo dotado de todas las cualidades (fuerza sublime y gentil afectuosidad; trascendencia de lo real y, sin embargo, firme confianza en sí mis­mo; fuerza de dominio y capacidad de ab­negación) hacia las cuales se siente atraída en un ímpetu de simpatía y de afinidad electiva. La base lírica del Epistolario es precisamente la exaltación, mejor dicho, la adoración del poeta, cuyo espíritu libre, inexpugnable para Bettina, ha sabido elevarse por encima de toda «miseria huma­na».

Brillan con «luz inmortal», además de la figura de Goethe, la de su madre y la de Beethoven: incluso, en las páginas dedicadas al compositor, Bettina parece al­canzar el «summum» de sus posibilidades artísticas. Junto a éstas, aparecen vivas y palpitantes las figuras menores del Prín­cipe heredero de Baviera, de los románticos Tieck y Jacobi, de las hermanastras de este último, de Andrés Hofer, de Ruhmor, del obispo primado, representadas a me­nudo con ingenua malicia. El predominio de la fantasía desenvuelta sobre el senti­miento, la viveza y alegría, una vena de humorismo que alguna vez recuerda la ca­ricatura y que, en general hace de contra­peso al estilo más bien hiperbólico en que la prosa está escrita, la caprichosa sensibi­lidad, son las características del estilo y del arte de Bettina. A menudo es verda­deramente original, como en el episodio de la recepción de Mme. Staél en casa de Bethmann o en el de la Günderode (que se repetirá en la otra novela epistolar Gün­derode, v.) o en aquellos del claustro de Fritzlar. Episodios que adquieren especial valor por la compenetración de lo real y lo fantástico, por el fondo siempre presente de realidad, que la fantasía aclara, ilumi­na, interpreta, profundiza y algunas veces transfigura; tal vez esta mezcla de realidad, por tenue que sea, y de fantasía, es lo que imprime al Epistolario su huella más fran­camente romántica.

A Musa