Epistolario de Cola di Rienzo

Lector apasionado de los clásicos y ferviente evocador de las glorias de Roma, con un estilo propio, robusto e imaginativo, formado en el ejercicio del arte notarial, en las embajadas, en las proclamas, en los decretos, Cola di Rienzo (Nicola di Loren­zo Gabrini, 1313-1354), en sus cartas (pu­blicadas por K. Burdach y P. Piur en Ber­lín en 1912-1930), reviste con formas no­bles y grandilocuentes las exigencias y los presentimientos de una época que anuncia el renacimiento.

Convertido en “tribuno augusto”, clama por la “salute e la pace dell´intiera sacra Italia” [“la salud y la paz de toda la sagrada Italia”]; anuncia e intima a próximos y lejanos el mensaje de Roma, capital del mundo y fundamento de la fe cristiana, de la libertad romana restituida a todas las ciudades y pueblos de Italia; reclama para el pueblo romano y toda la “sacra Italia” la elección imperial y la jurisdicción de todo el imperio; veda a los poderosos la entrada en Italia con gentes armadas, sin permiso del Papa o del pueblo romano; condena el uso de los nombres de “güelfos y gibelinos”; invita a las ciudades y a los poderosos de Italia a renovar la antigua unión con Roma y proceder a la elección de un emperador italiano; expone su programa de un régimen bondadoso y pacífico; declara que el viaje a Roma se ha hecho seguro y pide que se envíen delegados competentes para tratar en el Sínodo Romano de los problemas concernientes al “buen estado”; y exhorta y conforta a todos para que tengan buen ánimo y den gracias a Dios por el gran beneficio de “un estado pacífico y justo”.

Perdido el favor de la Iglesia, procesado en Praga, el abad de Sant´Angelo en Roma, al canciller de Roma; conforta a amigos y parientes, dirige su pensamiento a su mujer y a sus hijos y dicta sus últimas voluntades; condena su pasada vanidad pero defiende su obra y su ortodoxia; lanza invectivas contra la Iglesia y exalta la misión imperial, con tono y estilo, ya oscuramente proféticos y doctrinales, ya revestidos de brillantes adornos humanistas. El epistolario nos conserva la polícroma figura del tribuno, del desterrado, del prisionero, del senador, a quien Petrarca rindió el gran homenaje de us versos, a más de una rica correspondencia; e ilumina, sobre un fondo turbio de ambición personal, de vanidad, de intemperancia y de irresolución, una conciencia mística, que aspiraba a la paz en la justicia, a la exaltación de la «sa­grada Italia» a través de una renovación de la vida comunal con las instituciones de­mocráticas. Es una visión que, más allá de las reformas locales y contingentes, se amplía a una concepción imperial y cató­lica: fermenta en ella el Renacimiento con todas sus intemperancias y fantasías, hacia un nuevo equilibrio de pensamiento y de vida.

G. Pioli