Ensayo sobre los Meteoros Cósmicos, Giovanni Virginio Schiaparelli

[Entwurf einer astronomischen Theorie der Sternschnuppen]. Obra publicada primero en la traducción alemana de G. von Boguslawski, en Stettino, en 1871; más tarde, en la redacción original italiana, en Obras de G. V. Schiaparelli, tomo IV (Milán, 1932). La periodicidad del fenómeno de los meteoros cósmicos y su pertenencia a sistemas que tienen en el cielo uno o más puntos de radiación había atraí­do la atención de los astrónomos, y entre éstos, la de Schiaparelli, que observó dili­gentemente los grupos de meteoros en las noches del 9, 10 y 11 de agosto de 1866. En este Ensayo recoge, en forma clara y racional, el contenido de diversas memorias que había escrito sobre dicho tema, ampliándolas y completándolas con nuevas re­flexiones y observaciones. El Ensayo está dividido en nueve capítulos y ocho notas, en los que se trata del movimiento de las estrellas que caen en la atmósfera terres­tre y de sus características.

Suponiendo que se mueven en órbitas bien definidas, Schia­parelli estudia los efectos de la atracción terrestre, el movimiento de los meteoritos visibilidad y abundancia de las lluvias me- teóricas. Remontándose al probable ori­gen de los cometas meteóricos, establece una relación indudable entre los cometas, las estrellas fugaces y los meteoritos. En las notas están recogidas las operaciones ma­temáticas y los cálculos hechos para deter­minar la resistencia de la atmósfera te­rrestre, el movimiento de los meteoritos cósmicos, el calor desarrollado por los aero­litos con la compresión del aire, la distri­bución -de las órbitas de los cometas en el espacio y, finalmente, la teoría geométrica de las variaciones diarias y anuales de la frecuencia de las estrellas fugaces. Cuando Schiaparelli empezó a ocuparse de este tema no era una idea nueva la de suponer que existe una íntima relación entre los co­metas y los meteoros, pues era natural imaginar que las estrellas meteóricas, que llegan a nosotros reunidas en enjambres, se encuentran ya reunidas en sistemas, o provienen de cuerpos en disgregación en la profundidad del espacio.

El gran mérito de Schiaparelli consistió en buscar qué transformaciones ha de sufrir dicha masa cuando entra en la esfera de la influencia del sol y en poder demostrar que para cada nube muy enrarecida de materia, sea con­tinua o discontinua, la ley de la atracción determina sucesivamente la transformación de dicha masa incoherente en una corriente sutil y larguísima, que sigue una curva y que, en la proximidad de la tierra, difiere poco de una parábola y, en general, se apro­xima a una sección cónica muy alargada. El número de dichas corrientes o enjambres puede ser muy grande. Las partículas es­tán tan separadas que sus órbitas pueden entrecruzarse sin interrupciones y cambiar de ruta como los lechos de un río. El co­meta, después de su paso por el perihelio se hace cada vez más difuso y, cuando pasa cerca de un planeta, puede quedar tan in­fluenciado que se separe y rompa; algunas partículas, además, pueden asumir una nue­va órbita y convertirse en meteoros inde­pendientes.

Para probar dicha teoría Schia­parelli calcula, de la posición aparente del punto de radiación y de la velocidad del enjambre de meteoros llamado «Perseidas» — porque apareció en la constelación de Perseo en 1866 — los elementos de la órbita recorrida por ellos y comprueba una nota­bilísima e indudable coincidencia con los elementos del tercer cometa de 1862, que tiene un período revolutivo de 121 años. También de las «Leónidas», de las que en noviembre de 1866 se había producido una magnífica lluvia de estrellas fugaces, Schia­parelli calcula los elementos de la órbita y encuentra que coinciden con los del pri­mer cometa de 1866 descubierto por Tempel, que había pasado el perihelio en ene­ro y que tiene un período revolutivo de 32 años. Este nuevo descubrimiento desva­necía toda posible duda sobre la conexión existente entre los cometas y las estrellas meteóricas y sobre la naturaleza de las órbitas que éstas describen en el espacio. Los cometas observados, y calculados con precisión, pueden, pues, y menudo, bajo el poder disolvente de algún cuerpo del sistema solar, perder y abandonar a lo lar­go de su órbita algunas partes. El desdo­blamiento y la sucesiva desaparición del cometa de Biela se hicieron menos enigmá­ticos y quedaron espléndidamente compro­bados e ilustrados con las maravillosas llu­vias de fuego de 1872 y 1885.

G. Abetti