El Estado Comercial Cerrado, Johann Gottlieb Fichte

[Der geschlossene Handelsstaat]. Obra publi­cada en 1800 en Tübingen, en la que el autor pone de manifiesto la actualidad de sus ideas jurídicas para una política fu­tura.

El primer derecho del hombre es el de poder vivir. Por ello todo Estado debe dar a cada uno lo «suyo» de modo que los hombres puedan vivir de la mejor manera posible. La actividad social se manifiesta al principio en la indagación de los produc­tos necesarios y en su elaboración. Dos son, por lo tanto, las clases principales: productores y artesanos, que deben llegar a un acuerdo para gozar de su trabajo, acuerdo facilitado por la clase de los comerciantes que se encargan de la circu­lación de la mercancía. De estas clases pueden nacer a su vez unas subclases y, por lo tanto, para que no se rompan los pactos, debe intervenir el Estado, vigilando sobre todo a fin de que ninguna clase domine a la otra, y que trabajo y ganancia resulten distribuidos con un justo criterio.

El Es­tado debe establecer el número de los obreros, para equilibrar la producción; debe fijar el número y disciplinar la actividad de los comerciantes, de manera que nun­ca el mercado carezca de mercancía y que ésta circule con precios justos, tomando como criterio base el precio del trigo. Es decir» que tanto el precio que paga el comerciante al productor, como el que paga el consumidor al comerciante, deben ser establecidos y estudiados por los orga­nismos competentes del Estado, que tam­bién debe dirigir el comercio exterior. Fich­te pasa luego a tratar de la «distribución del trabajo en un Estado racional», y exa­mina la propiedad como libre «derecho de uso» y no solamente como posesión de te­rreno. Un Estado que siga las normas del derecho debe cuidarse de que cada cual trabaje con gusto para vivir una vida de hombre. Sin embargo, en la división del trabajo debe haber también los que se ocupan de las leyes, de la instrucción, de la defensa, para mantener a los cuales el Estado puede y debe fijar impuestos, pero «sólo» a este fin y de manera que no per­judiquen los precios de las mercancías.

De­bido a la incertidumbre de la producción agrícola, el Estado debe prever los tiem­pos difíciles, constituyendo unas reservas; al igual que debe regular la moneda, de manera que siga siendo inalterable en su conjunto, garantizando la estabilidad de los precios. Fichte prevé las objeciones de los que consideran la propiedad como «posesión exclusiva de una cosa» y no como derecho de actividad sobre ella, y las re­futa, advirtiendo que la «tierra es de Dios: mientras del hombre es tan sólo la facultad de labrarla y utilizarla». Quien emplea de otra manera la «propiedad», también pue­de gozar de ella mediante «la fuerza»: pero ésta no es «derecho»; y el Estado puede y debe proteger solamente éste y no aquélla, para evitar el desorden y la anarquía. Des­pués de estudiar la relación entre un «es­tado de razón» y el efectivo, frente al de­recho, el segundo libro examina cómo en realidad se presenta el desarrollo histórico del Estado.

Europa es «una sola gran na­ción»; ya que los Estados individuales se formaron como diferenciación de aquel único Estado (Imperio) que diera forma jurídica y ordenada a las grandes masas de bárbaros. Por ello, a pesar de la distinción política, existen entre los estados europeos muchos vínculos, que hacen difícil su auto­nomía, posible solamente a expensas de los ciudadanos. De ello se derivan la con­fusión monetaria que causa muchas crisis, la lucha de competencias, que proporciona a los pueblos más miseria que prosperidad, y los desproporcionados impuestos que pueden provocar muchas y deletéreas con­secuencias. Y, cuando los impuestos perju­dican la riqueza nacional y la clase traba­jadora sufre del pago, los gobiernos toman remedios que suelen ser más nefastos que el mal que quieren evitar. La lucha por los mercados y la restricción del intercambio internacional aumentan las enemistades; de aquí nacen las guerras, causadas únicamente por el «choque de intereses comerciales» y sostenidas por las teorías expansionistas de «dominio de los mares», que alcanzan pre­cisamente el fin contrario que debe proponerse el Estado (la fecunda paz interior).

La aparente «libertad comercial» produce por tanto unas consecuencias desastrosas, y los conciudadanos sufren y consideran a sus propios gobiernos como infieles a su palabra, por incapaces de darles el prome­tido bienestar. De aquí las revoluciones y reacciones feroces. Frente a estos males de la realidad, Fichte, en su libro III, se pre­gunta de qué manera se puede cambiar ese estado de cosas, según una «constitución de la razón», y trata por tanto de la «políti­ca». Todo Estado tendría que pensar en cerrar su mercado, teniendo en cuenta los derechos preexistentes. Hoy los Estados se distinguen según criterios más militares que comerciales y, por tanto, cada uno de ellos «siente que carece de algo», y quiere expansionarse en perjuicio de los demás: he aquí el porqué de la inevitabilidad de las guerras en el presente estado de cosas. «Si se quiere eliminar la guerra, hay que suprimir sus causas»: asignar a cada Estado sus fronteras naturales, después de lo cual él mismo ya nada tiene que pedir a los demás; garantía que no puede dar si 110 tiene su economía cerrada y autártica. La moneda tendría que ser «nacional». Ade­más, el Gobierno debería adueñarse de todo el «comercio activo y pasivo con el extranjero», haciéndose con todos los cré­ditos extranjeros de los ciudadanos, con el preciso fin de «no pensar en su propio enriquecimiento» sino en el de los gober­nados y «con fines más altos», tratando de disminuir progresivamente la exportación y unir en un único espíritu a los ciuda­danos de todas las provincias, especialmen­te de las incorporadas según las fronteras naturales.

Las consecuencias previstas por Fichte son, por supuesto, magníficas: nadie sería pobre, los viajes al extranjero ten­drían que permitirse únicamente a los sa­bios y a los artistas: la nación ya no nece­sitaría de ejércitos, y las condiciones eco­nómicas serían tales que el Gobierno ya no precisaría del derecho criminal. La dificul­tad mayor, la ve Fichte en el hecho de que los hombres son más propensos a juzgar según su fantasía que según su razón, y, en su individualismo, creen que tal vez una reforma de este tipo resultaría perju­dicial para las libertades comunes: pero de esto no tienen que preocuparse los estudio­sos, quienes han de dar las líneas de la política según los principios de la razón. Solamente con tales principios se asegurará la paz del mundo, y la historia ya no será historia de guerra, sino de progresos cien­tíficos y civiles.

A. Poggi