Estadios en el Camino de la Vida, Soren Aabye Kierkegaard

[Stadier paa Livets Vei]. Obra del filósofo danés publicada en 1845. En el sub­título los Estadios son llamados: Estudios de varios, editados por Hilario el Encua­dernador. Recalcando la estructura de Aut- Aut (v.) y de Repetición (v.) esta obra quiere representar los momentos del ritmo ideal que la experiencia debe seguir para alcanzar en sí misma el significado verda­dero de la existencia humana.

El primer estadio es el estético, que tiene por asilo el ansia de disfrutar de la vida y conduce a la desesperación. El segundo estadio es el ético: aquí el hombre supera aquella desesperación mediante la energía moral, y es conducido al umbral de la revelación de lo divino a través de la experiencia de la «angustia» religiosa, es decir, el sentimien­to del pecado. El tercer estadio es el reli­gioso: el hombre que toma sobre sus hom­bros, humildemente, su limitación, y que acepta el deber y la renuncia de todo lo mundano, se eleva a una participación de lo divino y de lo eterno, entendida por Kierkegaard en modo absolutamente sobrerracional: el mismo fracaso de los va­lores lógicos favorece en él el salto apa­sionado de la fe hacia su místico objeto.

Resalta, entre las partes, la primera (edita­da a menudo suelta con el título In vino veritas), que es una narración, atribuida a William Afham, de un banquete al final del cual cada uno de los cinco convidados, que son Juan el Seductor, Víctor el Ermi­taño, Constantino Constantius, el Jovencito y el Mercader de Modas, ha de hablar del amor. El primero que toma la palabra es el Jovencito, que advierte en el amor en seguida una contradicción: quien ama, no sabe precisamente lo que ama: lo amable es lo inexplicable. El contraste se hace evi­dente incluso en las manifestaciones del amor: se ansia la unión por toda la eterni­dad y se expresa dicha aspiración con un beso. Los amantes quieren vivir el uno para el otro, y la consecuencia, en cambio, del amor, es el nacimiento de un nuevo ser. El amor encierra, pues, algo tremendo, como la paternidad, ese acto «por el cual se decide un ser por la eternidad».

Por dichas razones el Jovencito no ha querido amar hasta ahora. Se levanta para hablar Constantino (protagonista de Repetición). Para él la mujer es «juego» y como tal ha de ser tratada si se quieren evitar graves daños. La mujer es graciosa en su genia­lidad, es divertida del principio al fin, pero, considerarla éticamente, «realmente sería llevar el juego demasiado lejos». Inmedia­tamente habla Víctor el Ermitaño, pseudo- autor de Aut-Aut: para él la mujer es distinta del hombre; es concebida según categorías artísticas: por ejemplo, es trata­da con galantería, consolación que ella acepta sin darse cuenta que es una com­pensación de su natural inferioridad. La existencia de la mujer es completamente fantástica: «primero, emperatriz del amplio pasto del amor y reina honoraria de todas las exageraciones de la locura, luego co­madre Petersen en la esquina de Badstuestraede».

Con la mujer entra el idealismo en el mundo, por ella el hombre se hace genio, héroe, poeta, santo: pero, sólo en razón negativa, la mujer hace al hombre capaz de idealismo, el más alto de los cuales es la conciencia de la inmortalidad. Víctor termina el discurso dando gracias a los dioses de no estar casado. Ahora habla el Mercader de Modas que se burla de las «charlas teóricas» de los demás oradores: la mujer sólo piensa y sólo vive para la moda, a lo que lo reduce todo; por eso él quiere tratarla como se merece, imponiéndole las modas más absurdas y ridiculas. Exhorta a sus compañeros a renunciar al amor, que no existe. Pero Juan el Seduc­tor (personaje de Aut-Aut), que es el úl­timo en ponerse a hablar con el ímpetu del amante afortunado, se opone a los tristes discursos de sus compañeros, cuya tristeza deriva, según él, del amor desgraciado. Por otra parte, Juan no pronunciará un discur­so: sólo hablaría en presencia de una mu­jer, pues sólo de ella es posible aprender algo verdadero sobre ella misma, que es cualquier cosa menos una idea del cerebro del hombre.

Pero Juan hablará en forma de mito: en la inspiración de una fervo­rosa y brillante improvisación, él, por el origen fabuloso que atribuye a la mujer, la reconoce como el ser más maravilloso de todo lo creado: ser que sólo se revela a los hombres excepcionales. Los convida­dos, en este momento, vacían sus copas y abandonan la sala del banquete. A las pri­meras luces del alba, sin ser vistos, sor­prenden en un jardín a dos esposos feli­ces, y escuchan su diálogo. Si la estruc­tura ideal y el fondo entre místico y bio­gráfico de los Estadios son semejantes a los de otras obras, es originalísimo su con­tenido concreto. Fantasía y dialéctica, humorismo y misticismo se hallan en esta obra, pero no confundidos ni sencillamente yuxtapuestos, sino articulados en viva uni­dad, donde se refleja y se sublima la dra­mática existencia de Kierkegaard.

G. Alliney

Aun con su inteligencia brillante y mul­tiforme, Kierkegaard no era un filósofo ni un teólogo profesional. Era un hombre inquieto y dolorosamente atraído por el mundo y atormentado por el deseo de la santidad… Algunas páginas escritas por él sobre las tinieblas espirituales del alma que busca a Dios, atestiguan con acento que no engaña una experiencia mística profunda. (J. Maritain)