El Amigo de los Hombres o Tratado de la población, Víctor Riquetti de Mirabeau

[L’Ami des hommes, ou Traité de la population]. Obra del mar­qués Víctor Riquetti de Mirabeau (1715- 1789), padre del famoso orador revolucio­nario, publicada en París en 1755. Amigo de Fr. Quesnay, fundador de la escuela fisiocrática o, como se decía entonces, «de los economistas», Mirabeau expone en este tratado las doctrinas de la escuela de modo brillante aunque un tanto impreciso. Parte de la afirmación de que en el hombre exis­ten dos tendencias principales: la sociabi­lidad, que impulsa al hombre a reunirse con sus semejantes, y la codicia, que le mueve a procurarse riquezas. Ambos ins­tintos son opuestos: del primero nacen to­das las virtudes y del segundo todos los vicios. La codicia nunca es rica, porque, en la escala de lo necesario-abundante-superfluo siempre le falta adquirir algún bien, mientras la sociabilidad se contenta con la simple presencia de otros seres humanos. Por lo cual el verdadero primer bien so­cial es la población, y hay que preguntarse cómo hay que hacer para aumentarla. Aquí Mirabeau establece que el aumento de la población depende de la agricultura; y también el principió recíproco, que el pro­greso de la agricultura depende de la po­blación; sosteniendo la tesis fundamental de los fisiócratas, según la cual la agricul­tura es el origen de la riqueza de las na­ciones.

La decadencia de la agricultura, debida al aumento del latifundio y del ur­banismo, que sustrae brazos a la tierra y la grava con impuestos, es la primera causa de la decadencia de los Estados. Lo que en cambio promueve la agricultura, no es la fertilidad del suelo sino la libertad, vaga­mente entendida en el sentido de libertad económica, de libre iniciativa en el disfrute de las tierras, en contraste con la industria y el comercio que, en tiempos de Mira­beau, estaban limitados por mil reglamen­tos y formas corporativas, consideradas en­tonces inseparables del ejercicio de los ofi­cios. Pero Mirabeau combate sobre todo la idea de que el oro constituye riqueza: cuando por el contrario produce despro­porción entre las fortunas individuales, y en consecuencia desórdenes en el Estado. La verdadera riqueza estriba en la agricul­tura y por ende en el «trabajo», que es función subsidiaria, como perfeccionamien­to de las materias primas. Todas estas ideas están dominadas, en la mente de Mirabeau, por el espíritu de clase: como miembro de la pequeña nobleza coloca la agricultura por encima de todo, porque la tierra y la nobleza se relacionaban estrechamente, se­gún la concepción feudal, y defiende la exis­tencia de una nobleza, basándose en un concepto clásico de la sociedad. Combate el «lujo» que deriva de la abundancia de oro, contrastándolo con el «fausto» que le pa­rece útil como gasto «jerárquico», es decir, destinado a mantener las distinciones entre las clases sociales. Mirabeau insiste, sin em­bargo, en la importancia de la circulación de la riqueza en un Estado: el oro es para él sólo un medio con el cual el gobierno atrae (con los impuestos) las fuerzas vivas del campo: pero, al modo de las bombas, debe­ría devolverlas luego al mismo campo.

Así entiende la «circulación» que debe acompañarse con la «vivificación», es decir, con la manera de hacer fácil y rápida esa cir­culación. Lo cual le parece difícil de al­canzar en Francia, debido a la existencia de un capital demasiado grande que em­pantana la riqueza de la nación. Sobre todo porque el exceso de oro, o sea de dinero, lleva a un exceso de consumo individual y por consiguiente disminuye la población, arruinando así a la agricultura. Por ello, Mirabeau propugna una disminución del interés y la abolición de la deuda pública. Y desea la abolición de las barreras adua­neras, porque el comercio exterior sirve para «vivificar» la circulación interna.

M. M. Rossi