Efusiones del corazón de un monje enamorado del arte, Heinrich Wilhelm Wackenroder

[Herzensergiessungen eines kunstliebenden Klosterbruders]. Opúsculo que, publicado anónimamente en Berlín en 1797, constitu­ye, junto con las Fantasías sobre el arte (v.), toda la obra de este escritor alemán. Espiritualmente y cronológicamente, Wac­kenroder pertenece al primer grupo román­tico del llamado «cenáculo de Jena», con Federico y Augusto Guillermo Schlegel, Novalis y Ludwig Tieck. Pero, en realidad, Wackenroder vivió casi aislado; el único lazo con los demás fue Tieck, de quien Wackenroder fue muy amigo y con el cual existe un interesante Epistolario (1792-1793). Ya en el epistolario, y quizás en típico contraste con Tieck, el lector asiste a la formación de una alma delicada, sensibilí­sima a las variaciones de lo exterior, a las simpatías de la época, pero también tímida, desconfiada ante las complicaciones y las exageraciones, ardiente en su deseo de hacer, de instruirse, de crear artísticamente y, al mismo tiempo, temerosa de dejarse desviar, presintiendo la salvación solamente en la sensibilidad de su temperamento.

De esta sensibilidad nacen, claras y precisas, a pesar de una tan gran timidez y de su alma atormentada, las dos principales afir­maciones de las Efusiones del corazón, que adquirirían después su importancia histó­rica: la afirmación, en el campo teórico, del arte como milagro inaccesible a la ra­zón y la indicación, que en su tiempo fue un descubrimiento o por lo menos una re­valorización importante, del arte medieval alemán, especialmente de Durero. Sin duda, en la primera afirmación influyeron mu­chas de las teorías que, más que contem­poráneas de Wackenroder, puede decirse que le precedieron de algunos años: espe­cialmente el irracionalismo de Hamann. Pero las raíces hay que buscarlas en un temperamento genuinamente religioso, en la posición personal de Wackenroder que sen­tía el arte como un fulgor divino, al cual desesperaba de poder llegar. Afirmación in­genua que, de hecho, negaba la posibilidad de toda crítica, pero que, como expresión de la época y como contraste con el intelectualismo que por otros conductos iba formándose, resume claramente uno de los aspectos del Romanticismo: el del senti­miento o, mejor dicho, de la sensibilidad por el arte.

B. Tecchi