Doctrina del estado, Johann Gottlieb Fichte

[Staatslehre]. Obra publicada postuma, en 1820, por su hijo Emmanuel Hermann. Se trata de una co­lección de conferencias dadas por Fichte en la Universidad de Berlín durante el cur­so de verano de 1813. Se inspiran en la concepción acerca de las relaciones entre derecho y moral que Fichte había ido ela­borando después de la publicación del Es­tado comercial cerrado (v.) y que había expresado en el Sistema de la doctrina del Derecho de 1812. Aquí Fichte ve el derecho como un momento preparatorio de la mora­lidad, por ésta superado, debido a que pone las condiciones y la incolumidad del individuo en la vida coasociada.

Principio fundamental de la obra es la afirmación de la libertad moral como única realidad en el mundo sensible; por lo tanto, es ne­cesario establecer cuáles son las condiciones extrínsecas que hacen posible su cele­bración. Puesto que la libertad se realiza en los individuos, cuyo gran número tiene por consecuencia la interferencia de uno en la esfera de acción del otro, se precisa una ley que obligue al recíproco respeto, con la amenaza de sanciones penales; sur­ge de este modo el mundo del derecho. Pero la ordenación jurídica que se ins­taura mediante la coacción se encuentra entonces en contradicción con el fin de la libertad, respecto al cual tiene función de medio. Dicha antítesis se resuelve tan sólo si la acción constructiva en el mundo del derecho se transforma lentamente en una llamada a la razón; es preciso, pues, que el orden social se pueda alcanzar sin re­currir a la fuerza.

Esto se puede realizar solamente mediante la educación y por lo tanto se sigue que el Estado, es decir, el or­ganismo en que el derecho se realiza con­cretamente, tiene que llegar a ser, de mera­mente policíaco, Estado educador, superando poco a poco el momento coactivo inicial. Dado que de esta manera la obra educa­tiva constituye la mediación entre el Es­tado policíaco y coercitivo y el Estado de razón, Fichte afirma que el problema del poder político se identifica con el de la cultura. El soberano puede dominar y valerse, cuando haga falta, de los medios coercitivos con vistas al progresivo instaurarse de la razón, sólo a trueque de poseer los requisitos necesarios para asumir la res­ponsabilidad moral de los mismos. Estos se concentran en la cultura; tiene derecho a ejercer el poder sólo quien puede ser edu­cador.

Una alta y madura inteligencia es la condición necesaria que Fichte exige en el soberano, para que éste pueda interpre­tar las exigencias y los destinos de su pueblo y gobernarlo como una comunidad de espíritus libres. Basándose en este prin­cipio, Fichte concibe la historia del género humano como una ascensión progresiva ha­cia una meta ideal constituida por un Es­tado de justicia completa en que la coacción ya no tenga razón de ser, es decir, el reino de la razón. Este procedimiento ascensional se inicia con la obra de un educador origi­nario, que Fichte identifica en un pueblo, en una raza que tiene la tarea de educar a las demás gentes; la historia de la forma­ción moral del género humano se pre­senta de esta manera como la perenne sín­tesis dinámica de un pueblo que educa con otro pueblo que es educado. En ella Fichte distingue tres épocas. La primera, cuyo tipo es representado por las monarquías aristocrático religiosas de la Grecia arcai­ca, está caracterizada por la aceptación de la autoridad, por lo que el Estado es con­siderado divino y resulta de ello una ili­mitada sumisión a los soberanos represen­tados como dioses. La segunda pasa de la extrema desigualdad jurídica de la edad anterior a formas democráticas de orde­nación civil.

Ello es obra del intelecto, que quiebra los vínculos de la fe absoluta substituyéndola con el criterio individual; Sócrates es su exponente. Pero la antítesis de la época de la autoridad lleva a la afir­mación de la utilidad del individuo como principio fundamental y por consiguiente al triunfo del egoísmo, rebajando el Estado a instrumento de éste. Nace por lo tanto la indiferencia por el bien de la comunidad, la ambición y el deseo inmoderado de gloria individual (Temístocles). La tercera fase está caracterizada por el Cristianismo, que indica como único fin de la humanidad la instauración del reino de la libertad moral como reino de Dios. De esta manera se llega a la afirmación de una ley que supera y resuelve la antítesis entre autoridad y al­bedrío individual, siendo la misma verdad que el intelecto espontáneamente recono­ce. Con el Cristianismo surge en el mun­do humano el principio de la libertad, de la igualdad de los hombres como tales, en cuanto hijos de Dios, prescindiendo de su pertenencia a uno o a otro Estado, y de la hermandad.

El reino de Dios, que el Cris­tianismo quiere realizar en su progresiva afirmación, es precisamente el reino de la razón, una ordenación de los pueblos en que se supera el Estado coactivo sustitu­yendo la sanción exterior con la celebra­ción de la conciencia moral. Con esta obrita, que constituye el término del desarro­llo de su pensamiento político, Fichte lleva a cabo su máximo esfuerzo para resolver el derecho en la moral, pero no consigue superar la antítesis planteada en los Fun­damentos del derecho natural (v.), del 1796, puesto que el momento de la síntesis, que él indica en el reino de la razón, no se ve­rifica realmente en la esfera del derecho que, en cuanto exterior y coactiva, queda siempre esencialmente extraña a la inte­rioridad moral. La superación que señala es, en efecto, una anulación de esta esfera como tal, y no una moralización de la misma.

E. Condignola