Discursos sobre la primera década de Tito Livio Maquiavelo [Niccoló Machiavelli]

[Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio]. Fue compuesta entre 1513 y 1519, no de una sola vez, sino por lo menos en dos fa­ses bien distintas. Los primeros fragmentos fueron, en efecto, escritos por Maquiavelo inmediatamente después de su retiro a San Casciano, en abril de 1513, al cabo del breve encarcelamiento sufrido a consecuencia de la llamada conjuración antimedicea de Pietro Paolo Boscoli, como encubridor de la cual se acusó al mismo Maquiavelo. Luego el escritor abandonó de repente su comen­tario a Livio y escribió, sin interrupción alguna, el Príncipe (v.); y sólo más tarde reanudó los Discursos, que al compás de su elaboración, fue leyendo a sus amigos de los «Orti Oricellari», es decir a los habitua­les de la casa Rucellai.

La obra apareció pos­tuma. La primera edición es de 1531 (Roma, por Antonio Blado); el mismo año, poste­rior, pero independientemente del texto de Blado, apareció también otra edición en Flo­rencia, impresa por Bernardo Giunta. La obra, dedicada a Zanobi Buondelmonti y a Cosimo Rucellai, está dividida en tres libros: el primero compuesto de 60 capítulos, el segundo de 33 y el tercero de 49. En con­junto el primer libro concierne al problema político «interno», es decir a la organiza­ción de la república, sus leyes, etc. (son las «…deliberaciones hechas por los romanos, pertinentes al interior de la ciudad»); el se­gundo, a la política exterior (las delibe­raciones «que el pueblo romano hizo, en orden al aumento de su imperio»); el ter­cero es de tema bastante más complejo, porque, tratando de demostrar «cómo las acciones de los particulares hicieron gran­de a Roma, y causaron en dicha ciudad mu­chos buenos efectos», trata indiferentemente cuestiones de política interna (por ejemplo el larguísimo capítulo III «De las conjuras»), de política externa y, sobre todo, de temas militares (cap. X «Que un capitán no pue­de eludir la batalla cuando el adversario quiere darla a todo trance»; capítulos XI y XII, etc.).

Pero hay que advertir que en los tres libros (y no sólo en el tercero) fal­ta la organización externa discursiva que caracteriza en cambio al Príncipe. Maquia­velo comenta a Livio, pero Livio — como es obvio — es sólo el punto de partida, el pretexto para que Maquiavelo desarrolle su propio pensamiento original, que sin la menor duda es profunda y rigurosamente orgánico y unitario. Pero el hecho de haber escogido, para exponer sus propias ideas, la forma de comentario del historiador clásico, es precisamente causa de que, en lo formal, el pensamiento maquiavélico no se explane en un discurso continuo, por su­cesión lógica, sino que se manifieste algo disperso, pudiera decirse que con vueltas y revueltas; el texto (narración histórica) de Livio que el autor quiere interpretar, transformar en un razonamiento político, impone algunas veces pasar de un argumen­to a otro, aunque estos no estén estrecha­mente ligados por un inmediato nexo ló­gico.

Así sucede que en el mismo libro I, por expresa declaración de Maquiavelo de­dicado a estudiar el «interior de la ciudad», se insertan capítulos que nada tienen que ver con los problemas relativos a la es­tructura política interna del Estado, sino que se relacionan con cuestiones milita­res, etc.; por ejemplo, al cap. XXII, que examina el caso de los tres Horacios y los tres Curiacios, sigue el cap. XXIII, donde se afirma que «no se debe hacer peligrar toda la fortuna ni todas las fuerzas, y por ello a menudo guardar los pasos es peli­groso». El relato de Livio del duelo entre los Horacios y Curiacios, ligado a la figura de Tulio Hostilio de quien trataban los ca­pítulos precedentes (XIX-XXI), hace que Maquiavelo pase del problema general de la organización militar del Estado al episo­dio, el cual, a su vez, le sugiere conside­raciones sobre el peligro que existe en tratar de resistir a un enemigo defendiendo un paso en la montaña, en lugar de enfrentarse con él en la llanura abierta. Es un desarrollo lógico del pensamiento para quien parte del texto de Livio; pero desde el punto de vista de la estructura formal y general de un razonamiento político, es un paréntesis introducido en el esquema de conjunto.

Por esta razón, no es posible exponer un esquema sistemático de la es­tructura de los Discursos, porque un mismo hecho se trata varias veces, en diversos pa­sajes. Mejor pueden indicarse los momen­tos salientes, es decir los capítulos donde el pensamiento de Maquiavelo alcanza su más alta y plena expresión. Son fundamen­tales, a este respecto, en el libro I, los capítulos III-IV, donde el escritor sostiene que la desunión de la plebe y del Senado en Roma no fue causa de mal, sino de bien, incluso fue la primera causa de la gran­deza de la República; los capítulos IX-X, que afirman la necesidad de la acción de un solo hombre, cuando se quiera «orde­nar de nuevo una república» o reformarla a fondo (concepto de la necesidad de una acción individual que se repite en los capí­tulos LIV del lib. I y I del lib. III); los ca­pítulos XI-XV, sobre la importancia decisiva de la religión para la vida política; el capí­tulo XXVII, donde se insinúa el motivo, tan ampliamente desarrollado en el Prín­cipe, sobre la incapacidad de los hombres de ser «completamente malos o comple­tamente buenos»; los capítulos XXXIV y XXXV, XXXVII y XL sobre la autoridad dictatorial, el decenvirato y la ley agra­ria en la Roma antigua; los capítulos XXIX y LVIII, donde Maquiavelo sostiene que el pueblo es menos ingrato y más sabio que el príncipe.

En el libro II destacan, por su importancia, el proemio, especie de pa­ralelo entre los tiempos antiguos ‘y moder­nos, concluido con la comprobación de que son más claros que el sol «la virtud que en­tonces reinaba y el vicio que reina ahora»; el cap. I, sobre si en la formación del Im­perio romano intervino más el valor de los mismos romanos o la fortuna (Maquiavelo responde: el valor); el cap. IV sobre los sistemas empleados por varios Estados «acer­ca de la ampliación»; los capítulos X, XVI-XVIII, XIX, sobre el problema mili­tar, resuelto por Maquiavelo, conforme a lo que había ya dicho en el Príncipe, con la afirmación de la necesidad de armas «pro­pias» y con la refutación del precepto co­mún que dice que el nervio de la guerra es el dinero («…el oro no es suficiente para encontrar buenos soldados, pero los bue­nos soldados son suficientes para encon­trar oro»). En el libro III es fundamental el cap. I sobre la necesidad, para hacer vivir largo tiempo a una república, de «llevarla a menudo hacia su principio», es decir, reformarla de manera que revivan los principios de los que había derivado la fuerza inicial del Estado (por. ej. el sentido religioso, el sentido de la justicia, etc.).

Los Discursos se presentan, pues, externa­mente, menos compactos y estrictos que el Príncipe. Y también estilísticamente son de tono menor; les falta la extraordinaria e incisiva nitidez de los períodos del Prín­cipe, que parece continuamente tendiendo hacia la precipitación del epílogo, mien­tras que ahora la curva es más amplia. Pero para quien busque el fondo de las cosas y, superada la aparente fragmentariedad, vea el desarrollo del pensamiento maquiavélico en la complejidad de los tres libros, los Discursos se le presentarán en­tonces como la obra de más alto aliento que Maquiavelo escribió. La vida del Es­tado, que en el Príncipe quedaba resumida exclusivamente en la figura del caudillo, del jefe, se amplía ahora y vigoriza gracias a la participación del «pueblo» en la vida política; gracias también a la importancia de primer plano que para la vida política adquieren las «ordenaciones», es decir, las leyes, la educación, la religión. En el Prín­cipe el Estado vivía exclusivamente por la «virtud» de su jefe, es decir, era un orga­nismo de carácter antropomórfico; en los Discursos, en cambio, es viable si sus «ór­denes» (leyes, etc.) son eficientes (y sólo pueden ser eficientes si hay mucha «virtud» en el pueblo), y al contrario si no se ob­servan ya las «órdenes».

El Estado aparece ahora como un «cuerpo mixto», como un organismo similar al creado por la natura­leza, que nace, crece, alcanza el pleno des­arrollo, se corrompe y muere; a menos que no se produzca una oportuna reducción a los «principios» (cap. I del libro III), es decir, a menos que no se consiga renovar, con una acción enérgica, la vitalidad inter­na de las ordenaciones del Estado. Cierta­mente, tampoco ahora Maquiavelo olvida nunca al individuo, la capacidad de acción del particular, la necesidad, especialmente en algunos momentos, de un jefe; tanto es así que también ahora proclama la necesi­dad de ser «solo», la necesidad de la «vir­tud» de un ciudadano para ordenar «ex novo» una república y para hacer «vivas» las «ordenaciones» de un Estado (cap. IX del libro I y I del libro III). Pero, aún con este pleno reconocimiento del valor del individuo, de la personalidad política, los Discursos tienen un tono bastante dis­tinto y más amplio que el Príncipe. Sería sin embargo un error oponer el Maquiave­lo de los Discursos al del Príncipe, como un demócrata republicano en antítesis a un absolutista monárquico. Semejante contraposición se ha emprendido varias veces, y se ha encontrado entonces enfrentada al grave problema de poner de acuerdo a los dos distintos Maquiavelos que se agitan fuera de ambas obras.

Pero la contraposi­ción no existe. Pues en verdad, tanto en los Discursos como antes en el Príncipe, Ma­quiavelo contempla siempre la vida política, no desde el punto de vista de los diversos partidos o grupos de individuos, sino des­de el punto de vista general del Estado: el interés del Estado, no el de los particu­lares ni de los grupos, constituye siempre el punto de partida del pensamiento ma­quiavélico. Así por ejemplo, el autor aprue­ba las luchas entre patricios y plebeyos en la antigua Roma no porque considere justo y pertinente que se deje a cada cual expresar sus propias opiniones, sino por­que juzga que dichas luchas fueron la pri­mera causa de la libertad y grandeza de la república, valorándolas así por su efecto benéfico para el Estado, y no a base de un principio de derecho individual.

F. Chabod

La divinidad había descendido del cielo a la tierra, se llamaba la patria y no era menos terrible. Su voluntad e interés eran suprema ley. (De Sanctis)