Diálogos de Tasso

[Dialoghi]. Son veintiséis, y si consideramos obras distin­tas las diferentes redacciones que de más de uno nos ha dejado Torquato Tasso (1544-1595), alguno de ellos también con diverso título, son treinta y uno. Pocos, seguramente cuatro, son anteriores a la reclusión del poeta; la mayor parte (vein­tidós) fueron compuestos en el hospital de Santa Ana, y los restantes, después de la liberación, en los años del «ignorado y turbio decaer»; el último, el Porcio, es del 1594; fueron recogidos por Cesáreo Guasti en los Diálogos (Florencia, 1858-59). No es rara en su tiempo la forma dialogada, que se consideró como la más apropiada para tratar de cualquier materia; justamente Tasso se refirió más directa y abiertamente a los diálogos platónicos, celebrados por él como modelos del género, en el Discur­so sobre el arte del diálogo.

Del Fedro (v.) deriva, por ejemplo, la trama del diálogo El Nifo o sea del Placer, cambiando las orillas del Iliso por los jardines de un gen­tilhombre napolitano, y la oración de Li­sias, que da motivo a la intervención de Sócrates y de Fedro, por los dos discursos de Martelli y de Bernardo Tasso, alrededor las cuales discuten los dos interlocutores; del Fedro proviene también la cuestión de si la persona amada debe ser más cortés que quien ama o con quien no ama, motivo del que Tasso hizo el argumento del diálogo El caballero amante y la dama amada, transportando la discusión a un ambiente cortesano y dándole, como pretexto-a negativa de una dama a la petición de un baile.

También los títulos, de ordi­nario dobles, porque se toman del nom­bre de uno de los interlocutores y del argumento, quieren recordar a los platónicos (La Molza o del Amor, El Minturno de la Belleza, El Manso o de la Amistad, etc.); como Sócrates en alguno de los diálogos de Platón aparece con el nombre de Forastero Ateniense, así Tasso aparece en muchos de los suyos con el nombre de Forastero Napolitano».

La imitación no se agota en estos elementos exteriores; Tasso quiere hacer suyo el método socrá­tico y hacernos asistir al descubrimiento de la verdad merced a una serie de pre­guntas que su ensayo propone a los igno­rantes, y merced a consideraciones obvias en apariencia, pero susceptibles de profundo desarrollo. Pero su procedimiento sólo demuestra un artificio literario, con apa­rato socráticoplatónico, introducido única­mente por espíritu de imitación; así es que lejos de servir este artificio de impul­so para el pensamiento del autor, nos revela su intima estaticidad y la incapacidad de Tasso, que quisiera oponer tesis a tesis, encamándolas en los diferentes personajes y desenvolver dialécticamente el argumento rué se propone tratar. No es que a la men­te del poeta de la Jerusalén le fuesen ex­traños los intereses filosóficos: en su ju­ventud conoció también el ardor de la especulación y se propuso cuestiones, que debían más tarde suscitar en él el temor de haber incurrido en pecado de herejía, pero aquella experiencia se resolvió en poesía. en el ambiente de meditación que envuelve a los personajes de la Jerusalén Libertada, y de ella le quedó el hábito del raciocinio, que con frecuencia degeneraba en el gusto por sutilezas y sofismas; y una erudición vasta y variada, añadida a la amplísima erudición literaria y que el autor se complacía en acrecer.

Los Diálogos tra­tan precisamente de recoger esta vasta erudición: lo muestra mejor que nada el láalpigio segundo o el huir de la multi­tud, en el que el autor, para demostrar que también después de refugiarse en el puer­to de la filosofía se puede hallar la paz en la multitud de opiniones contrarias, ex­pone una serie interminable de doctrinas físicas y metafísicas, no ya con el fin de llegar a una conclusión escéptica o mística (el misticismo de los últimos párrafos es cosa obligada y extraña al resto del diálo­go), sino únicamente para probar su virtuo­sidad literaria y deleitarse con las imá­genes que pueden suscitar aquellas doctri­nas.

Una serie de extrañas y admirables imágenes, tomadas de las fuentes más va­riadas,» nos ofrece el diálogo, El Mensaje­ro, que expone la doctrina neoplatónica de los seres intermedios entre Dios y el hom­bre. No se puede afirmar con exactitud si todo cuanto dice era para él ficción poé­tica o era realidad creída; pero desde luego está también aquí ausente todo deseo de investigación filosófica. Valor propiamente especulativo tienen en sus diálogos sólo las afirmaciones que se leen en el Porcio sobre la dignidad intrínseca de la ciencia («Las ciencias deben estudiarse por sí mismas, sin consideraciones accesorias de otra clase; no es necesario buscar en su estudio otra gracia, ni otro goce, ni otro placer, ni otra gloria»); o el elogio a la tolerancia que se encuentra en el Gonzaga o del Placer honesto y que se halla también, atenuado, en la segunda redacción titulada El Nifo o sea del Placer; y las referencias a la here­jía filosófica distinta de la herejía religiosa.

Fuertemente razonada y nutrida de sentido realista político y de humanidad, está en estos dos últimos diálogos la discusión so­bre la inoportunidad de establecer en Nápoles la inquisición española. Pero en ge­neral, falta en los diálogos el efectivo inte­rés especulativo. El Tasso, que en el men­cionado Discurso define el diálogo como «imitación del razonamiento», en sus diálogos atiende, más que al «razonamiento», a la «imitación», de suerte que se nos aparece, no sólo como él quería, «casi a medias entre poeta y dialéctico», sino como bastante más cerca al poeta que al dialéctico, en los mo­mentos mejores; y como más próximo al erudito y al sofista, en los peores.

Materia más apropiada para su razonamiento era la poesía, de la que aparece más de una muestra en todos los diálogos y a la que está dedicada La Cavaletta o de la poesía- Toscana, discusión técnica sobre la canción y sobre el soneto; y, con la poesía, de que sin embargo mejor que en los Diálogos pudo discutir en los Discursos acerca del poema heroico (v.), la prudencia mundana, de la que se revela fino conocedor en los diálogos El Malpigio o de la Corte, un apén­dice, se podría decir, del Cortesano (v.) de Castiglione, y en la segunda parte del Men­sajero, que trata de las cualidades exigidas a un embajador.

Pero los Diálogos, —y en esto reside su propio valor — ofrecieron al poeta la posibilidad de transferir al plano de la literatura y de la poesía, superando los peligros de una inmediata confesión, el gusto por la vida cortesana y, aun más, su doliente y trágica experiencia: una es­cena admirable de alta comedia, es el diá­logo ya mencionado El caballero amante y la dama amada; una completa represen­tación del amor melancólico y recogido de un cortesano, nos ofrece el diálogo, lleno de citas petrarquistas, Los Baños o de la Piedad (entiéndase de la «piedad» amoro­sa, que la amada debe al amante).

El Tasso de la locura y de los tristes vagabundeos, aparece en más de una página con acentos inolvidables, bien disertando sobre la pasión de amor en un momento de lucidez delante de gentiles damas (La Molza o del Amor), bien discurriendo de máscaras y mascara­das con quien viene a invitarle a salir un poco de su clausura para mezclarse enmas­carado a la muchedumbre carnavalesca y para que evoque a Ferrara como le apare­ció por primera vez en un carnaval lejano. («Me pareció como si toda la ciudad fuese una maravillosa y nunca vista escena pin­tada y luminosa, llena de mil formas y de mil apariencias…»). Tanto más preciosos eran para él estos diálogos, cuanto le su­mergían en el estudio de una representa­ción objetiva y en el mismo propósito de renovar motivos y maneras platónicas y liberarse de la obsesión de la locura, cuando más necesaria y vital era para él semejan­te liberación.

Es entre todos el mejor, se­gún el consenso unánime, el diálogo El Padre de familia, compuesto en el primero y más tétrico año de la reclusión en Santa Ana, en el que le fue dado evocar, apacible y nostálgicamente, un episodio de su no lejana fuga de Ferrara, la hospitalidad re­cibida de un gentilhombre en su casa de campo cerca de Vercelli, un idilio grave y severo, en el que el autor se detiene largo tiempo antes de tratar lo que es propia­mente argumento del diálogo: la exposición de normas para el buen gobierno de la fa­milia, lo que constituye, en realidad, la razón de ser de la obra.

M. Fubini

Cuando el Tasso especula, se siente fuera de la vida, rodeado de cuestiones abstrac­tas y formales. Es éste un libro que vo­luntariamente está cerrado y és el libro de la libre investigación.(De Sanctis)

Enc. Montaner