Del Saber o sobre la Doctrina Didascálica, Hugo de San Víctor

[Didascalion o Eruditionis didascalicae libri septem]. Obra del teólogo y mís­tico Hugo de San Víctor (Hugues de Saint- Victor, 1097 aprox.-1141), oriundo tal vez de Flandes o de Lorena, monje y después prior y director de estudios en la abadía de San Víctor, de París; fue escrita, posi­blemente, antes de 1137.

Tres libros están consagrados al estudio de las artes libe­rales y otros tres al de la Escritura y de la Teología: forman un compendio del saber sagrado y profano del siglo XII. El séptimo libro es como un tratado aparte sobre la meditación de las cosas visibles, para elevarse desde ellas hasta las invisibles y di­vinas. Hugo muestra una elevada estimación del saber profano: «Todo enseña: y además hallaréis que nada es superfluo», y coor­dina todo en síntesis, de acuerdo con la tendencia sintética que entonces prevale­cía. Divide las ciencias en teóricas (las ciencias del «cuadrivio», la teología y la física); prácticas (ética, economía y po­lítica); mecánicas (artes y oficios); y de cada una trata separadamente. La lógica es considerada aparte, como preámbulo de todo el saber, teniendo por objeto no las cosas, sino el intelecto mismo: comprende la gramática y la dialéctica. La filosofía es el vestíbulo de todas las ciencias supe­riores y la preparación en la filosofía exige el estudio de todas las artes liberales. Para afrontar el saber se exigen sobre todo cua­lidades morales: pureza en las acciones, parsimonia, moderación en los deseos, há­bito de desvalorizar las cosas visibles y transitorias.

«Delicado es aquel para quien es grata la patria; fuerte aquel para el cual todo suelo es patria; perfecto, si todo es para él tierra de exilio: el filósofo, en rigor, en todo el mundo es un desterrado». En cuanto a las pruebas de la existencia de Dios, renuncia Hugo a los argumentos «a priori» de San Anselmo, y se basa exclusi­vamente en la experiencia y, sobre todo, en la interna. De la existencia de un «yo» que no siempre es conocido, deduce la existencia de un ser que le ha dado principio y al que todo Ser debe la existencia.-<La correspon­dencia entre los instintos y los apetitos ani­males y su satisfacción, ofrecida por la na­turaleza, demuestra que «una providencia ha precedido cuya sabiduría cuidó de que no faltase el necesario auxilio al que lo precisa. Ofrece incremento a las cosas que crecen y principio a las no existentes». En el terreno de la gnoseología distingue ne­tamente la sensación y la imaginación, del pensamiento abstracto y general que aísla todos los elementos esenciales de la cosa deseada, y considera aparte «inconfusamente» lo que en la realidad aparece mezclado, «confusamente». Aplica este análisis a la matemática, que considera la línea abstracta en la superficie de la que siempre forma parte.

También el físico, por abstracción, dirige su mirada sobre uno de los cuatro elementos que entran en la composición de los cuerpos; la abstracción surge por ilu­minación racional que circunscribe el con­tenido. Sobre las distintas artes y oficios, de la lana, de la mecánica, la plástica, la caza, navegación, agricultura, medicina y ciencia teatral, hace curiosas observaciones y da interesantes noticias. Del juego dice que «puede incluirse entre las acciones le­gítimas» porque «con el movimiento moderado, el calor natural es alimentado por el cuerpo y renovado su sentido de felici­dad». El Didascalion intentó ponerse al ser­vicio del siglo XII, basándose en San Agus­tín, Boecio, Casiodoro, San Isidoro, la obra de iniciación en la filosofía y la teología llevada a cabo en el siglo VI por Casiodoro con las Instituciones de las letras divinas y humanas (v.), en el siglo VII por San Isi­doro en las Etimologías (v.) y en el si­glo IX por Rábano Mauro en la Instrucción del clero (v.): ello da testimonio del ca­rácter enciclopédico de la sabiduría de Hu­go, a pesar de las inevitables lagunas y de­fectos de su tiempo. Entre un conservadu­rismo hostil a toda novedad y un raciona­lismo que arrastraba a novedades temera­rias, Hugo de San Víctor supo abrirse paso y trazar un itinerario bien definido que debía seguir posteriormente la Escolástica (v.) medieval.

G. Pioli